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La historia reserva sorpresas que al paso del tiempo se revelan en su más asombrosa naturaleza. Por ello no es anatema expresar que los más grandes hombres que escribieron sobre la epopeya cubana (desde Antonio Valdés, Ramiro Guerra, hasta Fernando Portuondo, por mencionar algunos), refieran que el obispado de nuestra isla nació sufragáneo a la Metropolitana de Santo Domingo, de ahí que en los ensayos sobre el tema Iglesia Católica–Cuba esta información está presente. Sin embargo, existen textos y evidencias que demuestran que tal afirmación no es cierta.
El análisis sobre el siglo XVI cubano arroja datos de interés que permiten reflexionar sobre el papel desempeñado por la iglesia católica en las avanzadas evangelizadoras del Nuevo Mundo. No hay que recordar que América es un continente deslumbrante y el Caribe un ensueño, pero en el período de referencia, el rey Fernando V de Aragón
no se interesó por la parte firme de estas tierras, entre otros factores, por desconocer sus riquezas. No sucedió igual con las islas caribeñas, de importancia para el monarca, por la falsa idea de que en ellas abundaba el oro.
Las iglesias creadas en el Caribe, no obstante, estuvieron abandonadas hasta l50l, cuando la bula Eximiae devotionis sinceritas, de l6 de noviembre de ese año, concedió a Fernando V el diezmo de las iglesias de estas tierras. Es ese el momento en que se pensó organizar la iglesia, tal como impuso la bula.
Por ser la isla La Española el asentamiento inicial de los peninsulares en América, la historia del episcopado del Nuevo Mundo comenzó por ella, según disposición de la bula Illius fulciti praesedio, de l5 de noviembre de l504, del Papa Julio II (l503-l5l3), donde se crean las tres primeras sedes y obispos en la isla. Suárez de Deza fue nombrado para la Metropolitana de Yaguata (Santo Domingo), en l504 y para Concepción de la Vega en l5ll; García Padilla para la sede Bayuense (en Concepción de la Vega), en l504 y en l5ll en Santo Domingo; por último, Alonso Manso para Maguense (Concepción de la Vega) y luego en San Juan de Puerto Rico.
A la Metropolitana de Yaguata se le asignan: Ceni, Ayucube, Cuayagua, Zua, Higuanama, Higüey, Nicao, Aramana, Aycagua, Magarem, Conobocoa, Comuti, Elbonao y Elmaine. Cuba no aparece refrendada en tales disposiciones porque entonces no había sido aún conquistada ni colonizada.
El Papa Julio II le dio un vuelco a la historia del episcopado hispanoamericano al ceder a las presiones de Fernando V y emitir la bula Romanus pontifex illius, de 8-13 de agosto de 1511, donde se elimina a Santo Domingo como Metropolitana y se crean tres diócesis, dos en Santo Domingo y una en Puerto Rico. Relato el siguiente fragmento de dicha bula:
(...) erigimos é instituimos las iglesias catedrales en dicha isla (La Española): La Hyaguatense Metropolitana, la Bayustense y la Magustense, pedido por los dichos Rey (Fernando) y Reina (Isabel) y concedidas por consejo de nuestros venerables hermanos... Empero constándonos que dichas islas y lugares para la permanencia de dichas Iglesias son incómodos, así por su situación como por dificultad de conseguir las cosas necesarias, y que fuera de ellas se halla otra isla llamada San Juan en el mismo mar Océano, sujeta a la misma jurisdicción..., y suplicándonos también lo mismo nuestros amados hijos Pedro Hiagustense, García Bayustense, y Alonso Magustense, electos en la administración y gobierno de dichas iglesias... (Acto seguido las suprime y continúa) y para exaltación, alabanza de Dios Omnipotente y de la militante Iglesia, señalamos y damos título de ciudades a las tierras y lugares de Santo Domingo, de la Concepción y de San Juan; y erigidas en ciudades se llamen iglesias catedrales... Y dichas iglesias erigimos, creamos y constituimos para siempre a saber: La de Santo Domingo, la de Concepción y de San Juan.
En el párrafo 1ro de este importante documento para la historia del obispado cubano se suprimen las diócesis erigidas; en el 2do se crean las nuevas y en el 14 se hacen sufragáneas de la Metropolitana de Sevilla, eliminando a Santo Domingo de esta categoría. Esta Bula costó al Embajador de España, Jerónimo de Vich, 2 240 florines de oro, equivalentes a 593 mil maravedíes, pagados el 4 de mayo de l5l2.
Por una errada política real, los obispados creados se hicieron sufráganos de la hispalense sevillana, la que restó importancia a los obispados de esta parte del mundo. Bajo Derecho Canónico las sedes estaban legalizadas, pero debía tenerse en cuenta el Derecho Civil. Para ello Fernando V citó a la ciudad de Burgos a los obispos nombrados, naciendo la llamada Capitulación de Burgos, de 8 de mayo de 1512, donde el soberano hace saber su potestad absoluta sobre la iglesia americana y da a conocer el arzobispado de Sevilla como Metropolitana de las iglesias y obispados creados. Refiere:
Los cuales diezmos es voluntad de sus altezas que se repartan por los dichos obispos, iglesias, clerecías (...), que las dignidades, canonjías, raciones y otros beneficios (...) sean a presentación de sus altezas como cosa del patronazgo Real. Que el arçobispado de Sevilla como Metropolitano de las iglesias e obispados de las dichas islas o su fiscal puedan estar y residir en qualquier de los dichos obispados (...)”.(continúa...) >>
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