Revista Digital Consenso
Número 5 de 2007


Por qué ha dejado de entusiasmarme el “arte contemporáneo”
Orlando Hernández


No digo que haya dejado de interesarme del todo, pero lo cierto es que el “arte contemporáneo” poco a poco ha ido dejando de ilusionarme, de reportarme verdadero placer, verdaderos sentimientos, verdaderas emociones. Sólo de vez en cuando –y cada vez con menos frecuencia— la presencia de alguna que otra obra me provoca opiniones, reflexiones, ideas (y desde luego palabras, demasiadas palabras) pero en modo alguno puedo hablar ya de entusiasmo, de conmoción, de asombro. En lo que a mí respecta, no me resulta suficiente la relación intelectual que puedo establecer con las obras de arte. Ni desde luego, puedo conformarme con el placer sensorial. Necesito algo más. Como a un fantasma al que se le han caído las sábanas, las ampulosas gesticulaciones y muecas de buena parte del “arte contemporáneo” apenas logran ya impresionarme. O lo hacen sólo de manera superficial y transitoria. Muchos de sus mensajes me resultan artificiales, construidos, falsos, y en la mayoría de los casos demasiado predecibles como para demorar mucho mi atención. No es una situación que me satisfaga, pero tampoco es algo que me aflija del todo ni me quite el sueño.

Debo reconocer que esta especie de aburrimiento, de fastidio no ha sido sólo el resultado de los aspectos negativos que he encontrado en el sistema del arte “culto”, “educado”, “de museos”, (en especial en el llamado arte de la mainstream) sino también la consecuencia lógica de mi prolongada vocación por el estudio de las culturas populares. Durante años me he interesado por los más variados productos de la creatividad visual de los sectores subalternos, donde incluyo no sólo la creación propiamente artística de los pintores y escultores mal llamados “ingenuos”, “primitivos”, “intuitivos”, sino también las extraordinarias creaciones estéticas de las culturas indígenas y afroamericanas, muchas de ellas vinculadas al ritual religioso, al trabajo, a las fiestas, a la vida cotidiana. Mi acercamiento a culturas estéticamente tan ricas y complejas como la de los shipibo-conibo y otros grupos indígenas de la Amazonía peruana, o a la de los practicantes del vodú haitiano o de nuestros familiares sistemas religiosos de Ocha, Ifá, Palo Monte, Espiritismo o Abakuá en Cuba, han terminado por deslumbrarme y desviarme poco a poco de mis ocupaciones como crítico de “arte contemporáneo”. Estoy convencido de la existencia e importancia de un arte santero, de un arte de Ifá, de un arte palero, de un arte vodú, de un arte shipibo, y de otros muchas formas de “arte” hasta ahora drásticamente segregadas, marginadas, mal interpretadas, las cuales forman parte igualmente de nuestra contemporaneidad artística. A este amplísimo espectro tendría que agregar mi interés por otras muchas prácticas visuales de dudoso prestigio estético, catalogadas generalmente como productos kitsch o “de mal gusto”, (que corresponden más bien a “otro gusto”) y que sumadas a las anteriores –con las diferencias del caso– componen un atractivo y heterogéneo universo que me ha servido como fuerte elemento comparativo, de contraste y me ha incentivado a tomar distancia crítica con relación a ese sistema que llamamos un poco abusivamente “arte” y en especial “arte contemporáneo” , el cual se lleva siempre, creo que inmerecidamente, todos los elogios y aplausos. ¿Debemos seguir aceptando de brazos cruzados, con superficial indolencia estas ideas de “artisticidad” y de “contemporaneidad” que han sido elaboradas y trasmitidas por la mentalidad hegemónica occidental y heredada luego por sus representantes coloniales (y postcoloniales) en nuestros países? ¿No se halla esta mentalidad inevitablemente repleta de posturas eurocéntricas, elitistas, clasistas, racistas? ¿Acaso esta visión de lo que debe ser contemporáneo no oculta o disimula parte considerable de la realidad cultural y estética (también contemporánea) que produce y consume la gran mayoría de la población de las sociedades cubanas, americanas, caribeñas? Creo que tal y como actualmente se nos presenta, el “arte contemporáneo” de nuestros países debe ser visto como una versión inexacta, provisional, ilegítima de lo que debiera realmente ser, hasta tanto no incluya estas otras “artisticidades” y “contemporaneidades” populares, indígenas y afroamericanas.

Hasta aquí creo haber hecho explícito que mi descreimiento o mi desilusión con relación al “arte contemporáneo” –desilusión que muy bien puedo hacer extensiva al arte todo como institución— tiene más que nada una raíz moral y en cierto sentido política. Se trata de un profundo escrúpulo o reserva que ha ido madurando e incrementándose en los últimos años y del que ya no puedo desentenderme con facilidad. Es como si algo dentro de mi se negara a seguir participando en un negocio turbio, engañoso, en una especie de truco, de complot o algo así, donde mucha gente sale estafada, perjudicada, y con una visión parcial y equivocada de los valores de su propia realidad cultural. No puedo aceptar con resignación el excesivo protagonismo que ha llegado a alcanzar este reducido sector de la cultura visual contemporánea que ha terminado por convertir al resto de los productos visuales en simple material de segunda. Ni siquiera estoy seguro de que el “Arte” deba seguir siendo concebido como un producto privilegiado, situado en una posición mucho más elevada que el resto de los productos culturales y estéticos de la sociedad. Este tratamiento preferencial y ultra-selectivo es el resultado de una larga historia de operaciones ideológicas llevadas a cabo dentro del sector hegemónico de la cultura europea que alcanzó su mayor coherencia con el establecimiento de la disciplina Estética en el siglo XVIII. La práctica colonial terminó por difundir e instaurar urbi et orbi un concepto de arte que en modo alguno ha podido ajustarse a las realidades culturales de pueblos con tradiciones estéticas diferentes. Estas tradiciones estéticas no- occidentales (y aquellas otras surgidas dentro de los sectores subalternos de cada sociedad) fueron en consecuencia discriminadas, segregadas y pasaron a ser estudiadas por disciplinas como la Etnografía, la Antropología o el Folklore. De manera que el concepto de arte que habitualmente todos manejamos ha sido siempre un concepto eurocéntrico de marcado carácter hegemónico que los intelectuales de nuestros países tenemos derecho a cuestionar, a contestar, o al menos a interrogar críticamente.

No basta descubrir la aparición esporádica y casi siempre incompleta, adulterada de algunas de estas tradiciones populares, indígenas y afroamericanas en las reelaboraciones, citas y apropiaciones de obras artísticas provenientes de las culturas de la élite como ha venido sucediendo, sino que es necesario también reconocerlas y valorarlas por ellas mismas, sin imponerles de antemano patrones de valor que siempre les resultarán ajenos, inapropiados. Cuando logremos estudiar y entender desprejuiciadamente las diferentes estéticas que informan a estas tradiciones quizás nos demos cuenta de que sus productos también pertenecen, aunque de manera distinta, desventajosa, a la Historia del Arte de nuestros países.

La falsa idea del carácter tradicional, intemporal, estático de muchos de estos productos, sus vínculos con lo utilitario, con lo funcional, o el hecho de hallarse “contaminados” con formas de pensamiento religioso, mágico, mítico, no tendría por que descalificar como “arte” a muchas de esas prácticas, ni excluirlas de los debates sobre nuestra contemporaneidad.

Pero me he extendido demasiado en los preámbulos y al parecer ya he dicho lo fundamental, de manera que sólo voy a anotar de forma rápida algunos malestares y desavenencias concretas referidas al sistema del arte contemporáneo, lo cual incluye no sólo a los artistas y a sus obras, sino a los críticos, curadores, instituciones, etc. Pudiera parecer que he sido demasiado agresivo e injusto, pero no lo creo. Es sólo un listado incompleto y en el cual no he seguido ningún orden. Estoy seguro de haber olvidado muchos reparos y reproches importantes:


1. No me entusiasma el arte contemporáneo por el creciente conformismo y maleabilidad de muchos artistas frente a los dictados y expectativas de la curaduría, la crítica y el mercado, cuya seductora invasión ha logrado penetrar sus conciencias, modificar sus motivaciones reales, alterar sus habituales mecanismos de creación e incluso confundir el rumbo natural de su sensibilidad.

2. Me molesta la supuesta “creatividad” y el desmedido protagonismo de la curaduría en el arte contemporáneo, que ostenta prerrogativas paralelas a las del creador. La curaduría funciona muchas veces como un simple aparato constructor de versiones artificiales, falsas de la realidad histórico-artística, y se halla en ocasiones demasiado atenta a los guiños del mercado, cuando no a los más frívolos de la moda, o al desarrollo de algunas ideas y conceptos llamativos provenientes de la crítica.

3. No me entusiasma la exacerbada vanidad y el vedettismo de algunos artistas contemporáneos que parece como si consagraran todo lo que tocan o piensan, y que contrasta notablemente con la modestia de otros muchos creadores de talla superior, y sobre todo con la gran mayoría de los creadores populares e indígenas, muchas veces totalmente desinteresados por hacer notar su autoría. Creo, no obstante, que en última instancia esta actitud vanidosa, engreída, debe verse como una de las consecuencias del inclemente sistema competitivo que los obliga a ello.

4. Me molesta la jerga tecnicista y el bizantinismo en que tan a menudo se enfrasca la crítica de arte, su exceso de conceptualización, de teorización, de generalizaciones, y su poca confianza en la sencillez de expresión y en el sentido común, que oculta a menudo un vergonzoso vacío de criterios propios, de inteligencia, de sensibilidad real. Este lenguaje de capilla, retórico, falsamente teórico y escasamente sensible, constituye -por su ilegibilidad-- un obstáculo para el acercamiento del público al fenómeno artístico y para la comprensión de sus mensajes. En otro sentido, muchas de sus elevadas preocupaciones filosóficas, metodológicas, terminológicas, semánticas, etc, se me presentan como una elegante forma de evasión y descompromiso con relación a los problemas concretos, particulares que enfrentan sus respectivas sociedades.

5. Me molesta el referencialismo superficial, el vínculo aparente y oportunista de muchos artistas no sólo con sus entornos socio-culturales de origen sino sobre todo con los agudos conflictos sociales, políticos, étnicos, religiosos presentes en dichos entornos, los cuales han pasado a ser simples elementos argumentales, temáticos o decorativos en sus obras y de ningún modo respuestas cívicas, de carácter cuestionador, contestatario, o cuando menos posturas analíticas o documentales, testimoniales de dichas situaciones. Esto es aún más reprochable en aquellos países donde estos conflictos alcanzan un rango más o menos dramático. El inmovilismo, la negligencia, el conformismo, el cinismo, la frivolidad han llegado a alcanzar niveles realmente grotescos en el arte contemporáneo. El reconocimiento social, la fama y el dinero parecen haberse instaurado como valores más seguros.

6. Me molesta la presencia cada vez más obsesiva y golosa de los mecanismos del mercado en el arte, y el grado de inmunidad con que ejercita sus funciones con el auspicio de muchas instituciones y especialistas presuntamente responsables de la conservación, investigación y difusión no comercial del arte. Esta situación es aun más lamentable cuando compromete a instituciones estatales responsabilizadas con la política cultural de sus respectivos países. Entre otras cosas, este mercantilismo ha logrando que gran parte del público no especializado (y desgraciadamente también del público especializado) haya terminado por confundir valor y precio. La insistente presión que el mercado ejerce sobre la mentalidad de los artistas afecta profundamente todas sus decisiones creativas y hace cada vez más difícil entender con claridad el complejo fenómeno de la creatividad individual, dificultad que se ve incrementada por la gigantesca polución de artistas falsos, promocionados escandalosamente por los medios de difusión.

7. Me molesta y me irrita el empleo desproporcionado de recursos financieros, técnicos y humanos dedicados a la realización de eventos de “arte contemporáneo” que, dada la complejidad actual de sus formulaciones y mensajes, muy pocas veces llegan a tener un impacto real en el desarrollo cultural y estético de la mayoría de la población, sobre todo por el desinterés de los organizadores en el aspecto divulgativo y didáctico de la cuestión. Este horror al didactismo, a la divulgación explícita de esas complejidades dirigida a las mayorías funciona en realidad como una demostración pública del más reprochable elitismo cultural y de clase. A mi juicio este intelectualismo hegemónico constituye la reedición de las antiguas “torres de marfil” desde las cuales aún se sigue mirando con mal disimulado desprecio el sensualismo “vulgar” de los sectores subalternos.

8. Me molesta la tecnolatría, el uso exagerado e indiscriminado de los sofisticados medios tecnológicos, electrónicos y cibernéticos contemporáneos en la creación artística, sobre todo en creadores cuyas sociedades presentan un desarrollo técnico y científico insuficiente o de escasa presencia pública. Esta avalancha tecnológica injustificada parece funcionar muchas veces como un recurso enmascarador de debilidades y carencias intelectuales y sensibles en muchos artistas que esperan prestigiarse con la supuesta modernidad absoluta que contienen estos medios y revela el desprecio o la poca confianza en las técnicas y recursos tradicionales de su entorno socio-cultural y también en las posibilidades expresivas y recursos propios del cuerpo humano.

9. Me molesta el ingenuo afán de universalismo o globalismo que es asumido con beneplácito por muchos artistas, curadores, críticos e instituciones relacionadas con el arte como si se tratara de una situación inevitable y que tiende cada vez más a la monótona estandarización de la producción cultural y artística mundial. La consiguiente sub-valoración y desprecio por la conservación de las diferencias e identidades locales, nacionales resulta mucho menos justificable en aquellos países que aun se encuentran sumidos en la condición colonial o postcolonial y donde por lo tanto la verdadera potencialidad de sus culturas se encuentra aún por descubrir o por definir. Tal ausencia de “resistencia cultural” –término ya pasado de moda en muchos círculos intelectuales-- parece ser un síntoma claro de aceptación del nuevo coloniaje, o cualquiera que sea el nombre que quiera dársele.

10. Me molesta y me indigna el constante saqueo y la apropiación llevada a cabo por artistas y curadores contemporáneos en el seno de las culturas populares, indígenas y afroamericanas con el fin de llenar el vacío simbólico, espiritual de las culturas de élite, sobre todo cuando no se pagan los debidos créditos y reconocimientos a dichos creadores saqueados y expropiados. Porque es un hecho que gran parte de la presunta “originalidad” de muchos artistas contemporáneos es fruto directo de estas expropiaciones.

11. Me molesta el gigantismo escenográfico, la magnificación de lo exterior y el reduccionismo y la vacuidad de lo interior en un gran número de obras de arte contemporáneo, sentimiento que es promovido y exacerbado por las decisiones enfáticas, ampulosas de muchos curadores y museógrafos convertidos en verdaderos decoradores, escenógrafos y organizadores de espectáculos feriales, circenses. La consagración de lo grandilocuente, de lo retórico, de lo pomposo, de lo sorprendente, de lo llamativo ha ido desplazando a un nivel cada vez más ínfimo la comunicación y el diálogo sencillo y natural entre el espectador y la obra.

12. Me molesta el descuido del ojo, de las funciones más finas y selectivas de la visualidad humana y la celebración de lo panorámico, de las visiones de conjunto a que obliga cada vez más la moda de las instalaciones y otras obras espaciales, con el consiguiente descrédito de la pintura y de otras manifestaciones de rango más discreto tenidas por tradicionales. El recurso de la instalación como uno de los lenguajes canónicos de la contemporaneidad se ha convertido en un confiable ábrete sésamo para las imposturas y los facilismos en el arte.

13. Me molesta el reinado de la inventiva, de la ingeniosidad, de la ocurrencia, del artificio, que ha ido convirtiendo a buena parte del arte contemporáneo en un sofisticado rompecabezas, en un lujoso e intrascendente puzzle cuya solución constituye el principal entretenimiento de una minoría de iniciados.

Y hasta aquí es suficiente. Quizás –de habérmelo propuesto– hubiera podido hacer un listado igualmente largo de aspectos que todavía me entusiasman del arte contemporáneo. Aunque no estoy seguro que me decida a hacerlo.


Publicado en La Gaceta de Cuba, La Habana, no 3, mayo-junio del 2004, pp. 29-31

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Orlando Hernández (San Antonio de los Baños, 1953)
Historiador, crítico de arte, poeta e investigador. Ha publicado numerosos textos sobre artes visuales en catálogos, libros y revistas en Cuba y el extranjero. Ha realizado varios "libros de artista" junto a creadores como Julio Girona, José Bedia, Gustavo Acosta, Carlos Garaicoa, Ibrahim Miranda y Lázaro Savedra. Es un interesado en las culturas "populares", especialmente de su país, del Caribe y de Latinoámerica. Reside en el Cerro, La Habana, Cuba.
Email: orlandohp@cubarte.cult.cu


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