Consenso
Numero 4 de 2007 Numero 6 de 2007
ESPACIO DE REFLEXIÓN Y DEBATE DEL PENSAMIENTO PROGRESISTA CUBANO
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01. Esperar, a mí que me desespera...
Entrevista al cantautor Erick Sánchez por Reinaldo Escobar
02. Riesgo por cuenta propia
Ana López
03. Por qué ha dejado de entusiasmarme el “arte contemporáneo”
Orlando Hernández
04. A casi cien años de Bohemia
Dimas Castellanos
05. Enmendando un error histórico
Maybell Padilla Pérez
06. Retrato de una involución permanente
Miriam Celaya
07. La unidad de la oposición: una asignatura pendiente
Lucía Morera
08. La Nación, el Campamento
Yoani Sánchez
09. Figuras y hechos cardinales.
Arrate: entre lo peninsular y lo criollo

Gerardo Martí
10. Textos imborrables
Carta de José Martí a Máximo Gómez
11. Humor
Carlitos
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Revista Digital Consenso
Número 5 de 2007
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Revista Digital Consenso
Número 5 de 2007
Por qué ha dejado de entusiasmarme el “arte contemporáneo”


Orlando Hernández


No digo que haya dejado de interesarme del todo, pero lo cierto es que el “arte contemporáneo” poco a poco ha ido dejando de ilusionarme, de reportarme verdadero placer, verdaderos sentimientos, verdaderas emociones. Sólo de vez en cuando –y cada vez con menos frecuencia— la presencia de alguna que otra obra me provoca opiniones, reflexiones, ideas (y desde luego palabras, demasiadas palabras) pero en modo alguno puedo hablar ya de entusiasmo, de conmoción, de asombro. En lo que a mí respecta, no me resulta suficiente la relación intelectual que puedo establecer con las obras de arte. Ni desde luego, puedo conformarme con el placer sensorial. Necesito algo más. Como a un fantasma al que se le han caído las sábanas, las ampulosas gesticulaciones y muecas de buena parte del “arte contemporáneo” apenas logran ya impresionarme. O lo hacen sólo de manera superficial y transitoria. Muchos de sus mensajes me resultan artificiales, construidos, falsos, y en la mayoría de los casos demasiado predecibles como para demorar mucho mi atención. No es una situación que me satisfaga, pero tampoco es algo que me aflija del todo ni me quite el sueño.

Debo reconocer que esta especie de aburrimiento, de fastidio no ha sido sólo el resultado de los aspectos negativos que he encontrado en el sistema del arte “culto”, “educado”, “de museos”, (en especial en el llamado arte de la mainstream) sino también la consecuencia lógica de mi prolongada vocación por el estudio de las culturas populares. Durante años me he interesado por los más variados productos de la creatividad visual de los sectores subalternos, donde incluyo no sólo la creación propiamente artística de los pintores y escultores mal llamados “ingenuos”, “primitivos”, “intuitivos”, sino también las extraordinarias creaciones estéticas de las culturas indígenas y afroamericanas, muchas de ellas vinculadas al ritual religioso, al trabajo, a las fiestas, a la vida cotidiana. Mi acercamiento a culturas estéticamente tan ricas y complejas como la de los shipibo-conibo y otros grupos indígenas de la Amazonía peruana, o a la de los practicantes del vodú haitiano o de nuestros familiares sistemas religiosos de Ocha, Ifá, Palo Monte, Espiritismo o Abakuá en Cuba, han terminado por deslumbrarme y desviarme poco a poco de mis ocupaciones como crítico de “arte contemporáneo”. Estoy convencido de la existencia e importancia de un arte santero, de un arte de Ifá, de un arte palero, de un arte vodú, de un arte shipibo, y de otros muchas formas de “arte” hasta ahora drásticamente segregadas, marginadas, mal interpretadas, las cuales forman parte igualmente de nuestra contemporaneidad artística. A este amplísimo espectro tendría que agregar mi interés por otras muchas prácticas visuales de dudoso prestigio estético, catalogadas generalmente como productos kitsch o “de mal gusto”, (que corresponden más bien a “otro gusto”) y que sumadas a las anteriores –con las diferencias del caso– componen un atractivo y heterogéneo universo que me ha servido como fuerte elemento comparativo, de contraste y me ha incentivado a tomar distancia crítica con relación a ese sistema que llamamos un poco abusivamente “arte” y en especial “arte contemporáneo” , el cual se lleva siempre, creo que inmerecidamente, todos los elogios y aplausos. ¿Debemos seguir aceptando de brazos cruzados, con superficial indolencia estas ideas de “artisticidad” y de “contemporaneidad” que han sido elaboradas y trasmitidas por la mentalidad hegemónica occidental y heredada luego por sus representantes coloniales (y postcoloniales) en nuestros países? ¿No se halla esta mentalidad inevitablemente repleta de posturas eurocéntricas, elitistas, clasistas, racistas? ¿Acaso esta visión de lo que debe ser contemporáneo no oculta o disimula parte considerable de la realidad cultural y estética (también contemporánea) que produce y consume la gran mayoría de la población de las sociedades cubanas, americanas, caribeñas? Creo que tal y como actualmente se nos presenta, el “arte contemporáneo” de nuestros países debe ser visto como una versión inexacta, provisional, ilegítima de lo que debiera realmente ser, hasta tanto no incluya estas otras “artisticidades” y “contemporaneidades” populares, indígenas y afroamericanas.

Hasta aquí creo haber hecho explícito que mi descreimiento o mi desilusión con relación al “arte contemporáneo” –desilusión que muy bien puedo hacer extensiva al arte todo como institución— tiene más que nada una raíz moral y en cierto sentido política. Se trata de un profundo escrúpulo o reserva que ha ido madurando e incrementándose en los últimos años y del que ya no puedo desentenderme con facilidad. Es como si algo dentro de mi se negara a seguir participando en un negocio turbio, engañoso, en una especie de truco, de complot o algo así, donde mucha gente sale estafada, perjudicada, y con una visión parcial y equivocada de los valores de su propia realidad cultural. No puedo aceptar con resignación el excesivo protagonismo que ha llegado a alcanzar este reducido sector de la cultura visual contemporánea que ha terminado por convertir al resto de los productos visuales en simple material de segunda. Ni siquiera estoy seguro de que el “Arte” deba seguir siendo concebido como un producto privilegiado, situado en una posición mucho más elevada que el resto de los productos culturales y estéticos de la sociedad. Este tratamiento preferencial y ultra-selectivo es el resultado de una larga historia de operaciones ideológicas llevadas a cabo dentro del sector hegemónico de la cultura europea que alcanzó su mayor coherencia con el establecimiento de la disciplina Estética en el siglo XVIII. La práctica colonial terminó por difundir e instaurar urbi et orbi un concepto de arte que en modo alguno ha podido ajustarse a las realidades culturales de pueblos con tradiciones estéticas diferentes. Estas tradiciones estéticas no- occidentales (y aquellas otras surgidas dentro de los sectores subalternos de cada sociedad) fueron en consecuencia discriminadas, segregadas y pasaron a ser estudiadas por disciplinas como la Etnografía, la Antropología o el Folklore. De manera que el concepto de arte que habitualmente todos manejamos ha sido siempre un concepto eurocéntrico de marcado carácter hegemónico que los intelectuales de nuestros países tenemos derecho a cuestionar, a contestar, o al menos a interrogar críticamente.

No basta descubrir la aparición esporádica y casi siempre incompleta, adulterada de algunas de estas tradiciones populares, indígenas y afroamericanas en las reelaboraciones, citas y apropiaciones de obras artísticas provenientes de las culturas de la élite como ha venido sucediendo, sino que es necesario también reconocerlas y valorarlas por ellas mismas, sin imponerles de antemano patrones de valor que siempre les resultarán ajenos, inapropiados. Cuando logremos estudiar y entender desprejuiciadamente las diferentes estéticas que informan a estas tradiciones quizás nos demos cuenta de que sus productos también pertenecen, aunque de manera distinta, desventajosa, a la Historia del Arte de nuestros países.(continúa...) >>


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*Publicado en La Gaceta de Cuba, La Habana, no 3, mayo-junio del 2004, pp. 29-31
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