| 01. | Esperar, a mí que me desespera... Entrevista al cantautor Erick Sánchez por Reinaldo Escobar |
| 02. | Riesgo por cuenta propia Ana López |
| 03. | Por qué ha dejado de entusiasmarme el “arte contemporáneo” Orlando Hernández |
| 04. | A casi cien años de Bohemia Dimas Castellanos |
| 05. | Enmendando un error histórico Maybell Padilla Pérez |
| 06. | Retrato de una involución permanente Miriam Celaya |
| 07. | La unidad de la oposición: una asignatura pendiente
Lucía Morera |
| 08. | La Nación, el Campamento
Yoani Sánchez |
| 09. | Figuras y hechos cardinales. Arrate: entre lo peninsular y lo criollo Gerardo Martí |
| 10. | Textos imborrables Carta de José Martí a Máximo Gómez |
| 11. | Humor Carlitos |
| Descargar Versión sólo texto Revista Digital Consenso Número 5 de 2007 |
|
| Descargar Versión PDF con imágenes Revista Digital Consenso Número 5 de 2007 |
Erick Sánchez es uno de esos trovadores cubanos que compone, arregla e interpreta sus propias canciones. Guitarra en mano y en ocasiones acompañado de otros músicos puede llenar la sala de un teatro donde su público conoce de memoria las letras y le pide a gritos los títulos de las más gustadas. Eso ocurre a pesar de no haber grabado nunca un disco y de tener una relativamente baja presencia en la radio o la televisión.
¿Cómo empezó tu vínculo con la música, especialmente con la trova?
Nací en junio de 1969, año que se llamó “del esfuerzo decisivo” y ya en ese momento Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Noel Nicola y Vicente Feliú empezaban a ser conocidos. Recuerdo que a mi madre le encantaba escuchar a estos músicos, y así fue que empecé a oírlos. Quizás con la ilusión de que un día yo fuera tan famoso como ellos, mi madre me regaló mi primera guitarra, aunque a mi padre no le gustaba tanto la idea. Mi padre, debo aclarar, es una persona muy importante en mi vida. Él quería que yo fuera militar, pues era un oficial totalmente entregado a ese trabajo. El día que nací, él estaba movilizado y le hicieron creer que mi madre había tenido una niña. Cuando me conoció le dio una inmensa alegría saber que yo era varón, porque así podría ser como él. Hoy me parezco mucho a mi padre, especialmente en lo físico, en otras cosas somos diferentes, por ejemplo no me gusta en lo más mínimo la vida militar. De hecho la detesto, pero cuando yo estaba en el círculo infantil y me preguntaban lo que quería ser cuando fuera grande siempre respondía que yo quería ser piloto militar para matar a Pinochet.
En cuanto me hice un adolescente y aprendí los primeros acordes de la guitarra comprendí que eso de ser “el tipo que canta” me traía muchas ventajas. Podía socializarme mejor y siempre me invitaban a las fiestas; no a esas donde sólo se baila y la grabadora es la protagonista de la noche, sino a las otras que me gustaban más, donde la gente conversa, hace chistes, escucha atentamente una canción y, por qué no, también bailan. Mantener ese status me hizo estudiar música y empecé a componer. Luego en el servicio militar llevé conmigo la guitarra. Allí aprendí muchas cosas, porque no me gusta, como ya te dije, pero le debo mucho a esa experiencia. Fui secretario del Presidente de un Tribunal Militar y pude aprender algo sobre los derechos y las leyes. Cosas que me han servido de mucho y que me acompañarán siempre. Pero la primera canción la hice antes, se llamaba María y la hice pensando en una vecina
¿Empezaste con una canción de amor?
No exactamente, María era una vecina que se dedicaba a la prostitución y yo quise hacer una canción sobre ese asunto que tiene tantas aristas y que más recientemente volví a tocar en Anita la pinareña. Muchas canciones mías llevan el nombre de una mujer y casi todas se refieren a una vivencia personal. También le canto a lo que busco y no he encontrado y muchas veces a lo que me he perdido. Creo que fue Balzac el que dijo aquello de “Cada mujer con la que me acuesto es una novela que no escribo”. Parafraseándolo yo podría decir que “cada mujer con la que no me acuesto es una canción que podría hacer”.
Pero también habrás compuesto algo con el deliberado propósito de conquistar. ¿Lo has logrado?
Algunas veces, pero nunca he mentido, ni prometido nada falso con ese propósito. Me gusta que me acepten como soy y lo que más me molesta es ser rechazado por lo que no soy. A veces en alguna canción dejo un mensaje sin una dirección determinada, sólo con el propósito de lanzar esa señal, como cuando un náufrago arroja una botella al mar. Como es sabido la proporción de botellas de ese tipo encontradas resulta mínimo y el número de náufragos rescatados por ese sistema es realmente insignificante.
¿Cómo fue tu formación musical?
Aprendí con los amigos, recuerdo especialmente a Javier Martínez, Ernesto García y Carlos Santos, pero lo académico vino cuando matriculé en el Instituto Pedagógico, en la especialidad de Enseñanza Artística. Allí tuve un magnífico profesor, Ignacio Díaz, autor de un libro imprescindible sobre la armonía en la música popular. Aprendí solfeo, melodía, historia de la música, literatura y tuve contacto con otros que tenían las mismas inquietudes. Cada vez que podía hacía mis incursiones a la Escuela Nacional de Arte donde había gente que sabía tocar guitarra de verdad, y así poco a poco pude dominar la técnica, pero todavía estoy aprendiendo. Eso nunca termina.
¿Ejerciste como profesor de música?
Sólo como alumno ayudante, porque cuando después de graduado obtuve la plaza de profesor en el propio Instituto Pedagógico, encontré obstáculos muy fuertes de parte de la dirección de la Facultad de Humanidades que recientemente se había creado para unificar varias facultades. El decano me advirtió que no me daría un chance para llevar mi vida artística paralelamente a mi actividad como profesor. Ese señor tenía un carácter difícil, recuerdo que una vez mató a tubazos a un perro que se ponía a ladrar cuando los estudiantes formaban en el patio para el matutino. Fue por esa época que tomé una decisión de la que nunca me he arrepentido. Renuncié a mi plaza de maestro y obtuve un espacio en el Centro Musical Adolfo Guzmán. (continúa...) >>
Versión imprimible