
El método más socorrido por el gobierno cubano en los últimos 48 años para intentar solucionar algún problema especialmente crítico ha sido el de convocar de forma masiva y temporal grupos humanos organizados en forma semi-militarizada. El primer ejemplo apareció en 1961, cuando para realizar la campaña de alfabetización se convocó a más de 100 mil jóvenes a las Brigadas Conrado Benítez; luego en 1962 los estudiantes secundarios fueron movilizados para recoger el café en las montañas de la región oriental de la isla. A partir de aquí comenzaron las permanentes movilizaciones a las “zafras del pueblo” en las que miles de personas de todo el país se trasladaban a otras provincias para cortar caña.
Para resolver el problema de la vivienda se creó el Movimiento de Microbrigadas y para otros objetivos, como la construcción de Escuelas en el Campo, la atención a cultivos y otras tareas priorizadas, se formaron en diferentes fechas y con distinta duración grupos como “los Seguidores de Camilo y Che”, las Brigadas Agropecuarias, la Columna Juvenil del Centenario, el Contingente Pedagógico Manuel Ascunce, Los Makarencos, etcétera. Cada una de estas movilizaciones masivas ha estado acompañada de todo un enorme aparato propagandístico que hace ver en “la tarea encargada” aquello que dará solución al más importante problema y a los participantes de la tarea como los indiscutibles héroes de una epopeya.
La nueva escalada ideológica que trajo la Batalla de Ideas comenzada en 1999, con el caso del niño Elián González, intentó rescatar por vía del adoctrinamiento intenso la adhesión que se había perdido a consecuencia de los problemas traídos por la caída del Muro de Berlín. Se necesitaba entonces de una fuerza al estilo de los “contingentes”, semi-militar, sin estructuras sindicales ni subordinación al reglamento laboral existente, que llevara a la práctica muchos de los programas que se anunciaban. Otra vez los jóvenes fueron el grupo social seleccionado y espacialmente aquellos que no tenían un vínculo laboral o docente.
En julio del año 2000 Fidel Castro mencionó en un discurso, la idea de convocar a jóvenes sin vínculos laborales ni escolares para formar parte de un grupo de Trabajo Social. En septiembre de ese mismo año se reabrió, después de cinco meses y medios de un intenso maratón para remodelarla, la Escuela de Trabajadores Sociales de Cojímar que albergó en su primer curso a más de 500 jóvenes, egresados de los Preuniversitarios y captados por los Cuadros de la UJC para formarlos como Trabajadores Sociales.
Entre los dos objetivos fundamentales para la creación de los llamados Trabajadores Sociales están:
Las Escuelas Formadoras de Trabajadores Sociales (EFTS) se autodenominan como “la materialización más fiel de la Batalla de Ideas”. La más grande de estas escuelas es la de Cojímar y acoge a jóvenes de la región occidental del país (Pinar del Río, La Habana, Ciudad de La Habana, Matanzas y el Municipio Especial de la Isla de la Juventud). Al abrir su matrícula en septiembre del año 2000 los cursos contaban con una duración de sólo seis meses, lo que hacía que al pasar a la vida laboral, la celeridad de la formación, dejara mucho que desear de su actuación social.
A partir del 2003 comenzó a exigirse para entrar a las diferentes escuelas de Trabajadores Sociales, contar al menos con 11no grado, lo cual no había sido un requisito en los cursos anteriores. Esto último había traído como consecuencia que jóvenes con deficiente nivel escolar entraran a formar parte de un grupo que se considera “la vanguardia de la sociedad”.
También se hicieron reajustes en la cantidad de años que debían prestar sus servicios una vez graduados de estos cursos. En los dos primeros años de puesta en práctica la formación de los Trabajadores Sociales, ellos debían cumplir con un servicio social de cinco años lo cual resultaba ya comparativamente mayor a los dos años reglamentados para los graduados en cursos regulares de la Universidad. Sin embargo, esto cambió notablemente en el 2003, cuando se instauró como compromiso extender el servicio social a 10 años.
Si tenemos en cuenta que la mayoría de estos jóvenes entran a formarse como trabajadores sociales con edades que comprenden entre 17 y 21 años, tenemos que, con la nueva duración del servicio social, ellos funcionarán como “fuerza disponible” hasta haber cumplido alrededor de 30 años de edad.
En octubre del 2003 Fidel Castro expuso la necesidad de modificar el modelo de formación de estas escuelas de modo tal que los alumnos pudieran, paralelamente, estudiar y participar de forma activa en la atención a las necesidades emergentes del Trabajo Social durante su etapa de preparación.
En ese mismo año, urgidos por dotar a los trabajadores sociales de un respaldo ético y moral que evacuara las críticas que ya habían comenzado a recibir por parte de amplios sectores de la sociedad, se publicó el Código de Ética de los Trabajadores Sociales. Desde su primer párrafo se evidencia el carácter eminentemente ideológico de este grupo, ya que se le exige:
“Compromiso con la Revolución, con el Partido y con Fidel: Actuar siempre con fidelidad a la Patria en correspondencia con sus raíces históricas, enalteciendo sus mejores tradiciones revolucionarias. Cuidar y defender la obra de la Revolución y las conquistas del Socialismo.”
Y también su subordinación a la causa política, cuando se estipula que:
“Contribuya de modo consciente, mediante su actitud moral, política, ideológica y profesional al logro de los altos objetivos a él encomendados”
A principios del 2007 la cifra de graduados en la especialidad de Trabajo Social era de 34 562 con lo cual se superaba incluso el estimado inicial de graduar más de 7 mil estudiantes cada año, sin contar, el curso inicial del año 2000 donde sólo se graduaron 500 trabajadores sociales en la escuela de Cojímar.
Resulta significativo que de este total de graduados 25 139 son miembros de la Unión de Jóvenes Comunistas (esto representa más del 73 %), condición que la mayoría ha alcanzado con posterioridad a su entrada a la escuela de formadores de trabajadores sociales.
Una vez concluido el año de formación como trabajadores sociales, los jóvenes pueden optar por una carrera universitaria, siempre dentro del marco de las especialidades de letras. Por ejemplo carreras como Comunicación Social, Historia del Arte, Sociología y Psicología, son las más comunes en su selección. Estas especialidades las hacen bajo el concepto de municipalización de la enseñanza, que consiste en sedes universitarias alternativas que sesionan en los propios municipios de los estudiantes. Este sistema de estudio permite que los trabajadores sociales puedan dedicar una buena parte de su tiempo a las tareas de la Batalla de Ideas, ya que sólo deben asistir a la docencia algunas veces por semana.
Muchos jóvenes que han concluido la formación como trabajadores sociales y están estudiando en la universidad bajo este régimen mixto de estudio trabajo, se quejan de que el tiempo que pueden dedicar al estudio es demasiado poco. La improvisación marca a un buen número de las tareas extracurriculares que se les asignan y las continuas interrupciones, que incluyen viajes a otras provincias del país, complican el tiempo para estudiar. Así que para muchos se dilata su estadía en la universidad al sólo poder cursar las asignaturas de un curso en el tiempo correspondiente a tres.
A su vez los profesores que imparten clases a los trabajadores sociales en la municipalización de la enseñanza se quejan de no poder aplicar todo el rigor evaluativo necesario. Suspender a uno de estos jóvenes en un examen puede considerarse un ataque al concepto mismo de la Batalla de Ideas.
Entre las tareas que realizan, de forma paralela a las actividades docentes, se pueden reconocer cuatro grandes grupos: organización y control social; participación en la Revolución energética; prevención social y lucha contra las tendencias corruptas.
Para participar en estas actividades muchos de los trabajadores sociales han tenido que viajar desde sus provincias de origen hacia otras. Por ejemplo durante la puesta en práctica de la “Operación Gasolina” (en los puntos de distribución de combustible) jóvenes del Oriente del país se hospedaron en hoteles habaneros dedicados al turismo internacional. Para muchos fue la oportunidad de salirse del control familiar, vivir nuevas experiencias y conocer la capital. Sin embargo otros lo vivieron con las incomodidades de la lejanía y la separación de sus seres queridos.
La labor de prevención y asistencia social que hacen los trabajadores sociales ha quedado en un segundo plano en los últimos cuatro años, cuando las tareas de la Batalla de Ideas han desplazado su atención. Muchos discapacitados, ancianos solitarios y demás personas con necesidad de atención social han visto frustrarse sus expectativas de encontrar en estos jóvenes apoyo material y atención especializada.
Muchos ven en los trabajadores sociales una fuerza de control y vigilancia con poderes que están por encima de las instituciones legales. Al principio de su labor se extendió entre la población la idea de su “intocabilidad”, pues aparecieron numerosos ejemplos de personas que recibieron multas, llamados a contar y advertencias policiales por comentar contra su labor. La frase “los niños del Comandante” viene a la mente de muchos cuando piensan en los trabajadores sociales.
Las quejas por la atención preferencial que reciben en los centros de estudio y trabajo donde realizan su labor, son muy intensas. Por ejemplo, alumnos y profesores de diferentes centros escolares cuentan que los trabajadores sociales reciben meriendas y comidas diferenciadas y un apoyo especial en su transportación, que contrasta con la poca calidad de la comida y los deteriorados vehículos con los que cuentan los estudiantes y trabajadores de estos centros. El hecho de que reciban un salario, módulo de ropas y preferencias para comprar boletos en el transporte interprovincial, ha levantado la ira de muchas personas que se quejan abiertamente (o en voz baja) sobre ese tratamiento diferenciado.
Por otra parte en las informaciones que recogen de casa en casa aparecen datos tan inocentes como el tipo de bombillos que se usan, pero otros que despiertan la suspicacia, por ejemplo si la familia posee computadora o recibe remesas del extranjero, si ven la Mesa Redonda u otra programación y el número de efectos electrodomésticos que posee y cómo los usa. Muchas de sus investigaciones son tomadas como verdaderos ataques a la privacidad y como una fórmula del gobierno para obtener información sobre cada individuo.
Junto a los datos que los trabajadores sociales anuncian deben recoger para su trabajo, están otros que no se dicen públicamente, pero que forman parte de su lista. Entre ellos se encuentran si ven en las casas alguna instalación que pueda delatar que la familia recibe televisión satelital, si tienen un nivel de vida por encima de sus posibilidades salariales y si mantienen una actitud ideológicamente correcta.
A su vez los trabajadores sociales se quejan de que la población no confía en ellos y sólo les hablan de problemas muy generales, sin entrar a detallar los verdaderos conflictos que padecen. Ha ocurrido en barrios donde los trabajadores sociales han llegado sin avisar, que muchas familias se apresuran a evacuar de sus casas todo lo que evidencie que venden o trafican con mercancías del mercado negro. De esta manera la información que la población brinda a los trabajadores sociales está frecuentemente adulterada, falseada y edulcorada, por lo que no resulta confiable buena parte de los datos que ellos han procesado.
Desde comienzos del 2007 se percibe un decaimiento en la presencia e intensidad de la labor de los trabajadores sociales. Se les ve en los eventos públicos, en las congregaciones y tribunas políticas, pero su anterior “omnipresencia” en las calles y casas cubanas ha disminuido. Se especula que después de la proclama hecha pública el 31 de julio, donde Fidel Castro cedía temporalmente sus funciones, la alta dirección del gobierno ha dejado de otorgarles la misma importancia.
Estamos asistiendo al fenecer de otra de “las ideas del Comandante”. Una vez pasada la etapa del triunfalismo y comprobado que esta “fuerza de choque” no puede resolver, ni siquiera paliar, los profundos problemas y necesidades sociales; su efecto y presencia se desvanecen poco a poco. Correrá la misma suerte de los contingentes, las microbrigadas, el Plan Alimentario, la Revolución Energética y toda esa larga lista de prometedoras “soluciones salvadoras”.
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