| 01. | Entrevista a su Ilustrísima Obispo de la Iglesia Episcopal Nerva Cot Aguilera Eugenio Leal |
| 02. | A la caza de un espacio Yoani Sánchez |
| 03. | ¿Revolucionario, contrarrevolucionario? Reinaldo Escobar |
| 04. | Jesús: ¿humanista o revolucionario? Dimas Castellanos |
| 05. | Petróleo, etanol o biomasa Ana López |
| 06. | Trabajadores sociales: entre la prevención social y el control político Irene Hernández |
| 07. | Cuba: catástrofe agraria
Oscar Espinosa Chepe |
| 08. | ¿Una nueva oportunidad para la unidad?
Antonio Martínez |
| 09. | Textos imborrables Poemas de Heberto Padilla |
| 10. | Humor Carlitos |
La Iglesia Episcopal, que es heredera de la Iglesia Anglicana, se ha caracterizado por una gran apertura ecuménica. En esta Catedral de la Santísima Trinidad se han abierto las puertas para eventos religiosos a denominaciones africanas, árabes y ortodoxas. Hábleme de ese espíritu ecuménico y macro ecuménico que mora en la Iglesia Episcopal.
Nosotros tenemos un principio que marca la religiosidad como tal: la unidad en la diversidad. Consideramos que todas las expresiones religiosas tienen una parte de la verdad que es Jesucristo. A veces le llaman a Dios de diferentes formas, pero es el único Dios que se revela en todas las culturas y en todas las manifestaciones religiosas. Por lo tanto, consideramos que este mundo es como tal la casa de Dios. Esta casa está habitada por todas las diferentes culturas y manifestaciones religiosas y tienen un principio vital que nos une al Dios creador. En este sentido, el diálogo y la apertura son dignos de todo discípulo de Jesucristo. Esa es la voluntad del Padre y la voluntad de nuestro Señor que todos seamos uno en una sola familia. Ninguna denominación o secta puede arrogarse el derecho de considerarse superior ni la mejor o tener el monopolio de Dios, porque Dios está en cada uno de nosotros y en todas las cosas. Resulta bueno escuchar, conocernos, aprender de las distintas prácticas y tomar aquello como dice la máxima paulina: “examinarlo todo y retener lo bueno”. Tomar lo que es bueno para enriquecernos más, para prosperar más en nuestros conocimientos del otro ¿Cómo podemos hacerlo si no nos acercamos? Si mantenemos una actitud de atrincheramiento no podemos ser enriquecidos. La única manera en que podemos enriquecernos es a través del diálogo interreligioso para aprender de los demás también.
¿Cuáles son sus prioridades como Obispo y qué mensaje tiene para Cuba, el mundo y en particular para las mujeres?
En primer lugar, contribuir al proceso de sanación y restauración porque somos una diócesis que se ha enfermado. Restaurar las relaciones humanas en nuestro clero. Buscar armonía hacia el interior de nuestra iglesia que lleva años sin poder hacerse una elección por luchas internas.
Segundo, perdonarnos mutuamente, renunciar al rencor, al egoísmo individual y bendecirnos mutuamente. Vivir una vida plena en la alegría de trabajar como una familia grande donde todos y todas tenemos dones y talentos que son necesarios a la misión para llevarla adelante.
La única posibilidad de crecer esta en la unidad. Cómo vamos a expresar lo que decimos creer si no somos una familia bien llevada, bien unida. Realmente cómo vamos a ser transmisores de valores y la fe si entre nosotros hay discordia, rencillas, rechazo, condenas y enjuiciamiento. Si cerramos los espacios, si no les damos posibilidades de realización a las personas no podemos avanzar. Porque si yo sé que tú tienes una diferencia y que tienes un don, tienes un talento, tengo que propiciarte el espacio para que tú le des expresión a ese talento y habilidades. En la medida que tú desarrolles ese talento y le des expresión se engrandecen todos los demás, porque todos los demás disfrutamos de esa realidad que tienes como don tuyo. En la grandeza del otro todos nos beneficiamos, en tu grandeza está nuestra grandeza.
El modelo para ejercer la autoridad nos lo dio Cristo: yo he venido para servir y no para ser servido. Esa es la mejor manera de gobernar y no de imponer. No un poder para limitar. Yo tengo que utilizar el poder para empoderar. Para que se sientan felices, realizados como personas. Por ejemplo: en la familia considero que nuestro mayor logro ha sido darles a nuestras hijas e hijo la seguridad, la confianza, empoderarlos para que ellos crezcan y se realicen. No para tenerlos con un cordón umbilical amarraditos a mí, que digan y piensen lo que yo pienso y siento, no, ellos no pueden ser iguales. Ninguno de mis tres hijos piensa igual y ninguno piensa igual a nosotros tampoco. Cada uno tiene su personalidad. Pero dentro de esa personalidad hay algo que nos une en común y eso es lo principal.
Estoy conciente de que ser la primera mujer obispo para todo el tercer mundo entraña un privilegio y un desafío. Este momento tal vez sea el catalizador para que nuevos espacios de liderazgo se abran para la mujer. Allí donde sea posible con su capacidad, entrega y pasión la mujer debe llevar adelante la misión de la Iglesia. Esto pondrá de relieve de manera indiscutible los dones maravillosos que Dios nos ha dado como mujer. Esta capacidad que tiene la mujer de ser mediadora, solucionadora de conflictos, mensajera de paz, de comprensión. Ser afectiva y tierna para continuar anunciando y alentando la vida.
En medio de un mundo globalizado, que pugna por autodestruirse a través de los egoísmos de las grandes transnacionales y con sus divisiones tan antagónicas entre los seres humanos, las mujeres tenemos que ser todo lo contrario en cuanto a autoridad y liderazgo. Tratar de ser las proclamadoras de las buenas nuevas de paz, entendimiento y comprensión entre los seres humanos. Para que este mundo venga a ser, en verdad, una gran familia donde todos podamos contribuir con nuestros dones y capacidades a prolongar la vida que Dios nos ha dado.
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