| 01. | Entrevista a Rafael Alcides Reinaldo Escobar |
| 02. | Morúa y la matanza de 1912 Dimas Castellanos |
| 03. | Perfeccionarse o quedar en el intento Ana López |
| 04. | Lo dice una mariposa Miriam Celaya |
| 05. | Celebrar la vida Yoani Sánchez |
| 06. | Breve análisis sobre la historia del espiritismo Kardeciano en Cuba
Diasmel Gil Rimada |
| 07. | Refugiados 2007
José Prats Sariol |
| 08. | Textos imborrables Ignacio Agramonte |
| 09. | Reflexiones y comentarios sobre la licencia extrapenal Revaza |
| 10. | Mi calle Reinier Valdés |
| 11. | Humor Carlitos |
Los rostros son escalofriantes. Las estadísticas parecen una maldición. Cada año somos más los que no vivimos donde nacimos, y los que aun en sus espacios natales se sienten ajenos, preteridos, segregados. Los desplazamientos humanos constituyen un problema de magnitudes similares a la pérdida de la capa de ozono o a la continuación del odio y las guerras. Ningún analistas calificado, ninguna institución mundial respetable, minimiza la crisis, sea en el Estrecho de Gibraltar o en el de Florida, en la frontera México-Estados Unidos o en la turbulenta zona balcánica, en los marginados alrededores de París o en los de La Habana...
El tema alcanza con mayor fuerza a los filósofos sociales. El ensayista búlgaro-francés Tzvetan Todorov,
en El hombre desplazado, caló hondo en los sesgos de sentirse refugiado, cuando razones contextuales y no ontológicas son las principales causantes de la sensación abrumadora. Somos millones los que padecemos a diario una mezcla de desasosiego e incertidumbre, cuyas angustias decisivas provienen de una extrañeza diferente a la que experimentamos ─según el Buda─ ante la vejez, la enfermedad y la muerte.
El milenario ejercicio de la huida y su mítica idea del retorno ha calado hasta convertirse en costumbre. A casi nadie le espanta y apenas se convierte en noticia, sobre todo cuando altera la opulencia norteña. Huir no ocupa titulares, no hay novedad en ese frente donde se mezclan tenazas económicas y políticas. Ni siquiera la globalización ─que debiera comenzar por el tráfico libre de seres humanos─ atiende el asunto, salvo cuando hace falta mano de obra barata o puede usarse como pliego geopolítico.
La tragedia casi parece consustancial a nuestro efímero paso por el planeta. En los mismos seis minutos en que leo estas dos cuartillas ─como sabemos y no pensamos─ la escasez de agua potable y comida, los fanatismos religiosos o tribales o ideológicos, están matando muchas, muchísimas más personas que las congregadas este lunes 2 de abril para conmemorar el cuarto aniversario de la Casa Refugio del Escritor en Puebla, de aquel generoso proyecto del que fui beneficiario.
Entre lo que vemos y no vemos, dentro de las multitudes desplazadas, hay un exiguo grupo de seres cuyo trabajo consiste en escribir, en dar cuenta de lo que ven dentro de ellos.
De cara inevitable a la comunidad, sin ilusorias burbujas ─ya ridiculizadas por Albert Camus─, los escritores ─y por supuesto que incluyo a los periodistas dentro del gremio─ tenemos la curiosa suerte de granjearnos una deliciosa relación con los poderes.
¿Hay que recordar las sabias, certeras reflexiones de Octavio Paz sobre los ogros filantrópicos que siempre tratan y casi siempre consiguen aplastar las formas de disidencias, sean contra la plusvalía o la pedofilia, la corrupción o la heroína, el caudillismo o la trata de mujeres, el nepotismo o los productos transgenésicos, el unipartidismo o el odio racial y religioso?
Junto a otras ilusiones planetarias, la libertad de expresión supone la existencia de un deseo pospuesto pero obtenible: un estado de derecho asentado en el respeto real a cada hombre. Aunque, como sabemos, una sociedad civil fuerte, con instituciones democráticas equitativas, no es precisamente lo que más abunda. Y condenar las barbaries tampoco son paseos dominicales por el zócalo.
Hace unos pocos meses, el primer turco en obtener el premio Nobel de Literatura, Orhan Pamuk, tuvo que abandonar su querida Estambul tras el asesinato de su mejor amigo y la amenaza de que él también sería liquidado por europeizante, por libre pensador, por denunciar masacres y represiones fundamentalistas... Cientos de escritores en todo el mundo, la mayoría sin recursos económicos, se ven obligados a desplazarse, sueñan con irse a un sitio donde puedan escribir sin miedo. Huyen a un refugio porque no les queda otro remedio.
Los poblanos deben enorgullecerse de su Casa Refugio, no permitir que agonice burocráticamente ─entre funcionarios insensibles y egoístas─ este sitio para desplazados que los dignifica como anfitriones en un mundo áspero, de perversidades y vetos. ¿Acaso no ha sido un complemento fértil de cursos y seminarios, de vida literaria, de presentaciones de libros y promoción de la lectura?
Aquella feliz inversión de hace cuatro años ─guiada por el novelista Pedro Ángel Palou─ merece que la sociedad civil de Puebla, encabezada por sus artistas e intelectuales, continúe honrándose a sí misma.
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