Revista Digital Consenso
Número 3 de 2007


Celebrar la vida
Yoani Sánchez


Yaquelín murió a finales de marzo antes de cumplir los 17 años; Jan Marcos sufre ahora una nueva recaída; mientras que Yaneisi camina sobre su nueva prótesis y se mantiene en remisión . Todos ellos son víctimas del cáncer. Los une el dolor, los estragos de la quimioterapia, las limitaciones físicas, y también, porque no, la alegría de poder vivir un día más.

En medio de esos momentos, quizás los últimos, hay dos personas que se han propuesto aliviarlos y apoyarlos. Para ello no disponen de moderna tecnología, ni de elevados conocimientos médicos, ni siquiera de medicamentos sofisticados, sino de sentimientos invaluables que ningún laboratorio puede elaborar. Ellos poseen una enorme dosis de solidaridad que ambos perciben les ha sido concedida por Dios a través de la Madre Teresa de Calcuta.

Carmen Vallejo Witowska y su esposo Rey Febles no han engendrado hijos, pero desde hace casi 20 años numerosos niños cubanos víctimas del cáncer han encontrado en ellos esa dosis de amor que solo se espera de los padres. Y no sólo ese amor que mueve emociones sino el otro que genera entrega, paciencia, trabajo, acciones concretas para solucionar problemas.

Esa entrega se hace efectiva de muchas maneras, pero tiene su expresión más constante en los encuentros que cada sábado tienen Carmen y Rey con los niños en la Biblioteca de la Iglesia del Sagrado Corazón, en el capitalino barrio del Vedado. Allí coinciden católicos y santeros, testigos de Jehová y agnósticos; todos conviviendo con una enfermedad, que muchos de sus padres todavía no se atreven a llamar por su nombre.

Al principio fue…

En las dos últimas visitas que la Madre Teresa de Calcuta hizo a Cuba, en 1988 y 1989, Carmen le sirvió como traductora y compartió con ella en la Capilla de Jesús Obrero. Llegaba a ese encuentro después de padecer siete años de rechazo y marginación. Todo había comenzado en 1981, al frustrarse un intento de Carmen de acogerse al asilo político en Suecia. A su regreso de la Unión Soviética donde iba a ser operada de la vista, hizo escala en territorio sueco, donde su solicitud no sólo fue negada sino que la pusieron en manos de la parte cubana, que la trasladó de regreso a la isla.

Después de este suceso Carmen y Rey perdieron su trabajo como profesores de francés. También, María Witowska la madre de Carmen de origen polaco-ucraniano, se vio obligada a abandonar su puesto como traductora en el Consejo de Estado y murió en el año 1990 todavía afectada por esa marginación.

La sombra protectora del padre de Carmen, René Vallejo –médico y ayudante personal de Fidel Castro, hasta su temprana muerte en 1969- no ayudó esta vez a la familia, que se vio atacada por una especie de “lepra social”. Durante quince años le fue negada a Carmen la posibilidad de salir fuera de Cuba para tratarse de una dolencia de la vista. Junto a su esposo Rey tuvo que padecer el ostracismo y la privación de no poder ejercer su profesión. Ambos encontraron en la fe católica una puerta abierta que contrastaba con el aislamiento que los rodeaba. A decir de la propia Carmen, sus ruegos durante aquellos años iban encaminados en una dirección: “encontrar algo que le diera sentido y utilidad a sus vidas”.

La llegada de la Madre Teresa de Calcuta fue para Carmen y Rey el comienzo de una obra hermosa y útil. Gracias a la ascendencia de la religiosa se logró abrir en el Hospital Oncológico un espacio para que las misioneras de La Caridad pudieran prestar su apoyo y ayuda a los niños enfermos. La Madre Teresa encomendó personalmente a Carmen y Rey seguir con un proyecto para auxiliar y apoyar a niños con cáncer y a sus familiares. La religiosa les obsequió una máxima que les ha acompañado en todos estos años: “la vida, a menos que se viva para otros, no vale la pena vivirla”.

La primera vez que Carmen entró a la Sala de Oncopediatría la impresión fue muy fuerte, sin embargo, logró superar este shock inicial y desde ese entonces las salas de numerosas instituciones hospitalarias son parte constante de su vida. Convertir la compasión inicial en una labor palpable de ayuda ha sido una verdadera lección para todos aquellos, que imbuidos de la labor de Carmen y Rey, han decidido apoyarlos.

Las anécdotas de estos casi veinte años son muchas. Pero ellos prefieren contar las más sencillas, por aquello de la “fuerza de lo pequeño” en lo que tanto insiste su amigo y apasionado promotor Dagoberto Valdés. Así que uno puede acercarse a la historia de Alexis que murió hace ya dieciséis años y que en la Noche Vieja de 1990 se sentía solo en la sala infantil del Hospital Oncológico de La Habana. La llegada de Carmen y Rey lo reanimó, entre otras cosas porque ellos lo ayudaron a leer los subtítulos del filme que esa noche ponían en la televisión nacional. El adolescente no sabía leer fluidamente, pues los largos períodos de tratamiento que le exigía la enfermedad, no le habían permitido asistir con frecuencia a la escuela.

Otros niños, pacientes de la sala de Oncopediatría esperan los diagnósticos. La institución hospitalaria y sus médicos -en medio de las infinitas limitaciones materiales- hacen un esfuerzo por salvarles la vida, o al menos por prolongárselas. Para eso están los citostáticos, las radiaciones, la quimioterapia. Pero nada alivia el dolor, nada calma la indescriptible angustia de los padres que preferirían padecer ellos mismos la enfermedad y los estragos de la curación.

Justo en ese punto entran Carmen y Rey para mostrar que del cáncer se puede salir, o al menos se puede llevar una vida feliz a la vez que se lucha contra él. Ellos ayudan a convencer a los niños de que la quimioterapia no es una enemiga sino una aliada, que por momentos es difícil de sobrellevar, pero que puede salvarlos de la enfermedad. Para apoyar esta tesis están los jóvenes y adolescentes que cariñosamente se llaman “el grupo de apoyo” entre los que sobresalen Dulce y Damara. Son los que ahora están en remisión, pero que alguna vez padecieron el cáncer. Algunos llevan prótesis y la mayoría todavía tiene que hacerse chequeos regularmente. Ellos son una de las fuerzas principales de aliento y apoyo a los que están enfermos.

En ese grupo está Yaneisi, que tiene la fuerza de quince y el entusiasmo de una docena. Ha estado ocho veces en un salón de operaciones y a finales del 2006 viajó a Estados Unidos para que le colocaran su nueva prótesis, gracias a una gestión hecha a través de Carmen y Rey. A ella se le debe una de las anécdotas que Rey narra con más orgullo, cuando cuenta que un desconocido le preguntó en tono de burla a Yaneisi, cuando ésta tenía 15 años y estaba recién amputada a causa de un cáncer en el tejido óseo: “Niña ¿dónde dejaste la pierna?” y ella con tono casi burlón le respondió: “La guardé en una maleta”. Esa historia la cuenta frente a otros niños, algunos no saben todavía que también serán amputados, pero ya comienzan a comprender que se puede vivir, ser feliz, mantener el humor y llevar adelante proyectos, incluso sin un miembro.

En la Biblioteca

Las tardes comienzan con la presentación de los que llegan por primera vez. Se sabe quiénes son pues apenas si hablan, un tanto tímidos y todavía no familiarizados con la dinámica del encuentro. Carmen lee un testimonio de alguien que logró vencer al cáncer gracias a su fuerza y a su fe, mientras Rey ayuda a los más pequeños a dibujar sobre la solemne mesa de caoba. En un momento el padre dominico Antonio Bendito entra y saluda personalmente a cada niño.

Los que han venido muchas veces parecen estar unidos por vínculos de familiaridad y hablan de temas que, para un visitante, pueden parecer sorprendentemente alegres y cotidianos, sin excesiva solemnidad ni gravedad. Se pueden ver algunos que han unido su vida sentimental y ahora constituyen una pareja.

Carmen afirma que los encuentros son alegres y tratan de aprovechar el tiempo juntos en actividades que los hagan sonreír y disfrutar. Los niños pueden así olvidar sus dolores y dedicarse a jugar, colorear, bañarse en alguna piscina o disfrazarse. Si se mira el álbum de fotos de los últimos meses, está lleno de risas y juegos. Celebran el día de los enamorados, las navidades, la noche de brujas, en fin, cualquier motivo es bueno para olvidar por un momento los pinchazos y el hospital. También se aprovecha el tiempo en repasar y estudiar -pues muchos de estos niños pierden numerosas clases durante el tratamiento y la quimioterapia- y vuelcan su entusiasmo en un taller de cerámica y en pequeñas representaciones teatrales.

Muchos de ellos tienen problemas para relacionarse con otros niños, sin embargo dentro de este grupo las amistades nacen rápidamente y las afinidades y simpatías encuentran buena respuesta. Cada uno sabe que el otro puede comprenderlo, pues comparten experiencias similares. Delante del nuevo amigo, no hay que taparse la cabeza con la gorra, para que no se burle de su cabeza calva, ni esconder el catete para que no sepa que está enfermo. Incluso pueden hablar de cómo va el tratamiento y hasta pavonearse de su valor por aceptar sin llorar las inyecciones.

En la sala hay niños de diferentes provincias. Vienen aquí, fundamentalmente con sus madres, aunque también algunos padres los acompañan. Las madres que ya conocen de estos encuentros sabatinos, se lo cuentan a otras que no lo saben y así se establece una cadena de información que ha logrado, a veces, repletar la sala de la Biblioteca y obligado a buscar más sillas en la parroquia. No cuentan con ningún otro medio para anunciarse, sin embargo, siempre acuden a la cita.

Los amigos

Al final hay un momento para distribuir las donaciones y regalos de amigos y personas que apoyan este proyecto. Son muchos los que ayudan, no sólo con objetos materiales, sino con su tiempo. Además de aquellos que han llegado al grupo vinculados directamente por la enfermedad hay instituciones y personas privadas que también ofrecen sus aportes.

Ellos cuentan con la generosa colaboración del equipo de la revista Vitral, de la diócesis de Pinar del Río, la Nunciatura Apostólica, los sacerdotes dominicos, la Comunidad del Perpetuo Socorro, las Madres Carmelitas Descalzas, CARITAS y numerosos extranjeros residentes y visitantes, entre quienes se destacan diplomáticos alemanes, holandeses, ingleses, japoneses y norteamericanos, así como las mujeres de la Asociación de Esposas de Jefes de Misión en Cuba.

Pero no se necesita ser acaudalado para colaborar con los niños de Carmen y Rey. Un libro, una modesta caja de lápices de colores, un globo para una fiesta, son bien recibidos también. Otra forma de ayudar es haciéndole saber a otros la existencia de este proyecto, como de forma continua lo hace la agencia informativa NBC desde 1998.

De una cosa podemos dar fe quienes hemos estado cerca de estas personas. Aquí las ayudan llegan a los necesitados.




Si quiere conocer, apoyar o brindar su ayuda a "Los niños de Carmen y Rey", puede entrar en contacto a través de:

Carmen Vallejo y Rey Febles
Teléfono: (0053 7) 8339236
Email: carmenrey@correodecuba.cu
___________________________________________________
Yoani Sánchez
Licenciada en Filología
Miembro del Consejo de Redacción de la Revista Digital Consenso




____________________________________________
Revista Digital Consenso
http://www.desdecuba.com
consenso@desdecuba.com