| 01. | Entrevista a Rafael Alcides Reinaldo Escobar |
| 02. | Morúa y la matanza de 1912 Dimas Castellanos |
| 03. | Perfeccionarse o quedar en el intento Ana López |
| 04. | Lo dice una mariposa Miriam Celaya |
| 05. | Celebrar la vida Yoani Sánchez |
| 06. | Breve análisis sobre la historia del espiritismo Kardeciano en Cuba
Diasmel Gil Rimada |
| 07. | Refugiados 2007
José Prats Sariol |
| 08. | Textos imborrables Ignacio Agramonte |
| 09. | Reflexiones y comentarios sobre la licencia extrapenal Revaza |
| 10. | Mi calle Reinier Valdés |
| 11. | Humor Carlitos |
Este panorama desolador no es exclusivamente de la calzada en sí, las aceras no van muy rezagadas. La instalación de relojes contadores de agua al frente de cada vivienda, igualmente por trabajos de corta y clava, ha dejado rajaduras y tierra fértil propicia al nacimiento y despliegue de la oportunista mala yerba.
La maleza se hace presente en la mayoría de los parterry, que obliga a caminar con paso lento, firme so pena de enredarse en las sogas que atan chivos o caballos a la hora de la alimentación, o so pena mayor de pisar cagarrutas o moñingos que despreocupadamente depositan en cualquier cuadrante o hasta frente al portal de cualquier vecino, por supuesto ninguno dueño de los domesticados animalitos.
Hasta mediados del pasado siglo por las mañanas aparecía en la calle el universal barrendero, llevando alguno de ellos la nariz y la boca cubiertas con un trapo para protegerse del polvo y los olores extraños. Hemos tenido un sinnúmero de ellos, incluso una mujer. Duran semanas, a lo sumo pocos meses. El último lo vieron doblar la curva de la microbrigada en olvidados años. Es entonces que aparecen en las mañanas, las tardes y las noches latas vacías, jabas plásticas, papeles, cartones, algún que otro condón usado, alguna que otra brujería, en fin, basura de toda clase.
En las noches la calle queda desierta. Entre las ralas sombras de los pocos árboles puede verse algún que otro perrito flacucho, plagado de garrapatas o sarna. Sus ansiosos ojitos, llenos de tristeza, buscan en todo el día a la gente que pasa, pero nadie lo mira, y si alguien lo hiciera su rostro reflejaría rechazo. Pero hay noches en que la calle se colma de los moradores, porque el imprevisto apagón los obliga a sacar sillas, sillones, banquitos y todo tipo de asentadera a la acera para mitigar el calor acumulado en las casas. Y, aunque pudiera tomarse por un culebrón romántico radial, hay quienes tiran colchonetas en las terrazas para dormir a piernas y cuerpos sueltos bajo la luz de la Luna y el pestañear de las estrellas. Al hacerse la luz y ventiladores al rescate, la calle vuelve a quedar vacía, callada.
“Vino el café a la bodega”; “llegó la papa al agro”; “hoy no hay pan hasta la tarde”; “otra vez pollo por pescado”; “amanecimos sin agua”; “qué cara está la vida”; “lo mismito del año pasado”: son estas las frases que con mayor frecuencia escucha mi calle, de las vecinas, de los vecinos. Ella todo lo escucha, pero permanece inconmovible. Es indiferente, cruel aunque creo no mucho más que la gente que la pisa, mejor dicho, pisotea.
A menudo pienso, como un acto de misericordia, si sería bueno hacer explotar esta calle, ver sus pedazos volar por los aires, para dar fin a su muerte lenta, irreversible. Eso pienso esta noche al escribir estas notas abrigado en mi casa sosegada, mientras allá afuera la calle nuevamente queda desierta, callada y en los árboles dormitan los gorriones. Entonces imagino que el barrio, la ciudad, la isla toda se encierran en mi calle de escasos 200 metros.
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