
Esta calle de escasamente 200 metros se extiende desde una fábrica de herramientas hasta un edificio de microbrigada de bloques desnudos, con boquetes simétricamente cuadrados en sus cuatro costados, lo que serán ventanas o balcones. No se trata de una ruina precolombina o producto de ataques aéreos.
Mi calle la adornan por ambos lados contadísimos árboles tristes, de marchito follaje, que apenas dan sombra. Sobre las ramas semidesnudas se posan, retozan, habitan gorriones, totíes, palomas rabiches. Es una vía sorprendentemente recta, solamente rota por una curva en cada uno de sus extremos. Hace más de medio siglo que transito por ella en auto, bicicleta, mayormente a pie. Nunca le conocí un bache, una grieta. Comenzaron su aparición y se proliferaron con rapidez tres décadas atrás. La sentenció a muerte una cesárea a todo lo largo y centro mismo de su calzada para instalar tuberías nuevas en el desagüe de las fosas, que después de rellenar con hormigón armado se ha hundido, también a todo lo largo.
Durante los calores fuertes y largas sequías el polvo despedido invade las casas, que no solo invaden nuestras narices, hasta penetran en gavetas cerradas, ollas bien tapadas y al descuido se introduce en refrigeradores abiertos en segundos. Esta impetuosa avalancha de polvo la comparo con las grandes tormentas de arena en los desiertos de África. En épocas de lluvias se hace prácticamente imposible recorrerla a pie, incluso por sus aceras. Entonces creo encontrarme en plena ciénaga o pantano y me veo obligado a encasquetarme botas de goma hasta las canillas o permanecer encerrado en casa en espera de que baje la marea.
¡Cuántas calles no habré recorrido en mi vida por esta emblemática ciudad, capital de todos los cubanos! Largas o cortas, anchas o estrechas, de asfalto, concreto o simplemente de tierra y piedra; coloreadas solamente por el gris de las edificaciones o adornadas por ocujes, flamboyanes, cocoteros… imposible enumerarlas todas. Algunas me son familiares, pero ésta la conozco mejor que lo que conoce alguien a su más íntimo pariente.
Cada mañana salgo de mi casa, situada más cerca de la fábrica. A veces no regreso hasta avanzada la tarde. Así todos los días, a veces en bicicleta, muchas a pie.
Mi calle ha dejado de ser la misma. Su semblante se me antoja lleno de indiferencia y maldad, como si quisiera decirnos: “Qué me importan ustedes si nadie se preocupa por mí”. Diariamente transitan por ella cientos de personas, decenas de autos, que dejan sus huellas sobre su maltratada superficie, de apariencia torturada, algo así como padeciendo una enfermedad en fase terminal.
¿Pensará en algo? Es poco probable, ni siquiera posible. Cuántos sucesos ha presenciado en los más de cincuenta años de conocerla. Cada día ocurre algo nuevo, alegres pocos, tristes muchos, pero nadie la ha vista jamás sonreír o llorar. En su pecho de piedra, asfalto y hormigón han abierto demasiadas roturas, cual tierra arada o caída de meteoritos.
Mi calle está ubicada en las mismas coordenadas geográficas de su original localización de este a oeste, pero a su vez es otra, no por las transformaciones propias del tiempo transcurrido, mas bien sería decir que en el decursar del tiempo la indolente y destructora mano del hombre, único virus macroscópico de la naturaleza, han modificado su genoma estructural, desgraciadamente para mal.
Un parque infantil preñado de columpios, cachumbambés, tiovivos, canales, alegraba y animaba la calle en las horas en que era invadido por la algazara de los fiñes del barrio. El área, en remoto pasado protegido por un alto muro de concreto y celosías, cuidado y conservado por un guardaparque es hoy un solar yermo en el que impera la espesa maleza y que sirve como depósito de escombros y toda clase de desechos sólidos. Del muro apenas en pie pocas columnas, entrelazadas por oxidadas cabillas. Ni hablar de guardaparque, brilla su total ausencia puesto que no hay nada que cuidar o conservar.
Muchos años atrás desde cualquier punto de la calle era visible un frondoso y florecido flamboyán, justo en la esquina opuesta del parque infantil. Así de igual un robusto roble nacido a mediación de la cuadra. Ni rastro quedan siquiera de los muñones después de talarlos casi a ras de tierra. Donde dominaba el flamboyán otro terreno baldío lo suplanta y el patio de un vecino, sembrado de plátanos y hortalizas para incrementar la reducida canasta familiar controlada, ocupa el espacio del finalmente desarraigado roble.
Cuánto orgullo en aquellos días en que los vecinos pusieron manos, músculos, corazón, riñones en asfaltar por primera, y única vez, la calle. Duro y agotador trabajo para hombres y mujeres; juego, fiesta para la peña infantil. Era un placer caminar admirado aquella pista plana, negra como el carbón, reluciente al paso de las lluvias, después con el tiempo, el uso y el abuso la convertirían en una manta gris ceniza. Para los que por aquellos días disfrutamos, indolencia infantil disculpada, con saltos, bromas, risas, competencias ante el sacrificio de padres, familiares y vecinos, mirarla hoy más que nostalgia provoca dolor, rabia, ira.
El musgo se disemina a lo largo de los sumideros y, lo que es peor, un espeso moho se acumula en las aguas albañales de fosas desbordadas muy a menudo, pues es común sus reparaciones por trabajos de curita de mercuro cromo. Es permanente como el verde tropical, cual enfermedad maligna, hace metástasis hasta el mismísimo eje central de la calzada en zonas donde ha perdido hormigón o asfalto por reconstrucciones que concluyen sellándose con tierra, por demás fértil, y pare usted de contar. Y de caer un copioso aguacero, de esos que llaman localmente intenso, durante semanas una lagunilla artificial ocupa un espacio, colindante al preterido parque infantil, en la que holgadamente cabrían tres automóviles americanos de los años 50 del pasado siglo. En esas aguas pululan gusarapos, ranas, se agitan larvas, revolotean mosquitos y vaya usted a saber qué bichos raros, desconocidos y dañinos la habitan.
Este panorama desolador no es exclusivamente de la calzada en sí, las aceras no van muy rezagadas. La instalación de relojes contadores de agua al frente de cada vivienda, igualmente por trabajos de corta y clava, ha dejado rajaduras y tierra fértil propicia al nacimiento y despliegue de la oportunista mala yerba. La maleza se hace presente en la mayoría de los parterry, que obliga a caminar con paso lento, firme so pena de enredarse en las sogas que atan chivos o caballos a la hora de la alimentación, o so pena mayor de pisar cagarrutas o moñingos que despreocupadamente depositan en cualquier cuadrante o hasta frente al portal de cualquier vecino, por supuesto ninguno dueño de los domesticados animalitos.
Hasta mediados del pasado siglo por las mañanas aparecía en la calle el universal barrendero, llevando alguno de ellos la nariz y la boca cubiertas con un trapo para protegerse del polvo y los olores extraños. Hemos tenido un sinnúmero de ellos, incluso una mujer. Duran semanas, a lo sumo pocos meses. El último lo vieron doblar la curva de la microbrigada en olvidados años. Es entonces que aparecen en las mañanas, las tardes y las noches latas vacías, jabas plásticas, papeles, cartones, algún que otro condón usado, alguna que otra brujería, en fin, basura de toda clase.
En las noches la calle queda desierta. Entre las ralas sombras de los pocos árboles puede verse algún que otro perrito flacucho, plagado de garrapatas o sarna. Sus ansiosos ojitos, llenos de tristeza, buscan en todo el día a la gente que pasa, pero nadie lo mira, y si alguien lo hiciera su rostro reflejaría rechazo. Pero hay noches en que la calle se colma de los moradores, porque el imprevisto apagón los obliga a sacar sillas, sillones, banquitos y todo tipo de asentadera a la acera para mitigar el calor acumulado en las casas. Y, aunque pudiera tomarse por un culebrón romántico radial, hay quienes tiran colchonetas en las terrazas para dormir a piernas y cuerpos sueltos bajo la luz de la Luna y el pestañear de las estrellas. Al hacerse la luz y ventiladores al rescate, la calle vuelve a quedar vacía, callada.
“Vino el café a la bodega”; “llegó la papa al agro”; “hoy no hay pan hasta la tarde”; “otra vez pollo por pescado”; “amanecimos sin agua”; “qué cara está la vida”; “lo mismito del año pasado”: son estas las frases que con mayor frecuencia escucha mi calle, de las vecinas, de los vecinos. Ella todo lo escucha, pero permanece inconmovible. Es indiferente, cruel aunque creo no mucho más que la gente que la pisa, mejor dicho, pisotea.
A menudo pienso, como un acto de misericordia, si sería bueno hacer explotar esta calle, ver sus pedazos volar por los aires, para dar fin a su muerte lenta, irreversible. Eso pienso esta noche al escribir estas notas abrigado en mi casa sosegada, mientras allá afuera la calle nuevamente queda desierta, callada y en los árboles dormitan los gorriones. Entonces imagino que el barrio, la ciudad, la isla toda se encierran en mi calle de escasos 200 metros.
Reinier Valdés