Consenso
Numero 1 de 2007 Numero 3 de 2007
ESPACIO DE REFLEXIÓN Y DEBATE DEL PENSAMIENTO PROGRESISTA CUBANO
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01. Entrevista al Gran Maestro de la Gran Logia de Cuba de Antiguos Libres y Aceptados Masones
Eugenio Leal

02. Empezar por la ética: una necesidad insoslayable
Dimas Castellanos
03. Crisis demográfica
Oscar Espinosa Chepe
04. La vida no es un derecho
Reinaldo Escobar Casas
05. Acerca de una inexplicable ausencia
Miriam Celaya
06. La perentoriedad de las dos tareas
Orlando Freire Santana
07. Textos imborrables:
Cartas a Eloísa

José Lezama Lima
08. Premios del Concurso de Poesía del ISEBIT
Beatriz Casal
Armando Longueira Loyola
Jesús Radillo
Olivia Ávila Milián

09. Poesía
Juan Lázaro Besada
10. Humor
Carlitos
11. Nota al cierre
Consejo de Redacci ón
Empezar por la ética: una necesidad insoslayable


Dimas Castellanos


Introducción

A A casi 140 años de la crisis colonia-metrópoli que desembocó en la gesta independentista de 1868, la sociedad cubana parece encontrarse en el punto de partida. Los avances localizados en alguna que otra esfera social se han producido a precios impagables, pues lo referido a lo primario y esencial que son la libertad y los derechos para la participación en igualdad de oportunidades, hemos regresado al pasado.

Sin embargo, la interpretación generalizada acerca de una posible salida a ese estancamiento mediante cambios de líderes y/o algunas transformaciones en el campo de la política y de la economía es errónea. La experiencia de más de un siglo de República, de casi medio siglo de “revolución” y las últimas dos décadas de oposición pacífica, demuestran fehacientemente que en Cuba, tanto por su historia como por su actual situación, cualquier salida, si es verdadera, tiene que iniciarse y acompañarse desde y con la conducta ética de los que propugnan los cambios.

Si bien es cierto que a pesar de todo la nación cubana tiene futuro, no menos cierto es que el mismo depende de la honradez, las convicciones, el amor y la esperanza. El gran reto para las deseadas transformaciones radica en que en nuestro entorno social la eticidad está en falta, y por ello se impone un rearme ético de sus ciudadanos, rearme que tiene que comenzar por los animadores de los cambios; pues es inútil, además de imposible, aspirar a un mejoramiento social si los promotores de la supuesta mejoría son incapaces de cambiar ellos mismos; una tesis tan sencilla como profunda.

Generalmente las grandes obras –y la que Cuba demanda es grande– son iniciadas por minorías conscientes. Pudiera decirse, si es que tan contradictoria expresión es posible, que se trata de una utopía factible. El hecho evidente es que el realismo político, como lo ha demostrado la última centuria cubana, no tiene posibilidad de éxito al margen de la ética, pues las condiciones actuales en la sociedad cubana –libertades limitadas, represión política, lucha desesperada por la sobrevivencia económica, ausencia de cultura jurídica y democrática, escapismo y desesperanza generalizada– lo impiden.

El viaje a la semilla en busca de los factores que han impedido la realización de nuestros proyectos, ha revelado impúdicamente un hecho indiscutible: en las condiciones de Cuba, al margen de la ética, es imposible llevar a término ningún proyecto político para bien. El análisis de los diferentes episodios de nuestra historia demuestra el profundo daño que han causado no sólo la violencia, el caudillismo y el personalismo, sino también la corrupción y el uso de la política y del Estado como parcela o medio de lucro. El sucinto cuadro descrito se refleja en la prolongación de la lucha por la vida cotidiana y en el uso de la política con fines egoístas, lo que ha generado experiencias decepcionantes. Sin embargo, esas experiencias negativas se han acompañado de vivencias positivas, lo que demuestra que no todo está perdido. Y eso no es poco para seguir adelante, previo análisis de las raíces causales.

Nuestras raíces éticas

Nuestra debilidad ética hunde sus raíces en el cruce de culturas hispánicas y africanas en condiciones de colonialismo y de un sistema burgués-esclavista. Las condiciones, gracias a las cuales Cuba devino potencia azucarera a escala mundial, son las mismas que propiciaron la violencia, el egoísmo y la esclavitud, lo que explica el brote y la coexistencia de dos vertientes morales contrapuestas: una moral utilitarista y otra cívica.

La moral utilitarista sirvió de sustento a un individualismo egoísta y de vida fácil que tomó cuerpo en la corrupción, el juego, la vagancia y el empleo indiscriminado de la violencia hasta convertir la violación de todo lo legalmente establecido en norma de conducta admitida socialmente, es decir, en moral. Ejemplos de ello son: el obsequio de un ingenio a Don Luis de las Casas; el desvío de los fondos de La Cabaña, que hizo de esta la fortaleza más costosa del mundo; el garito y la valla de gallos de Francisco Dionisio, en el Castillo de la Fuerza; o el desinterés por el trabajo, de donde surgió la expresión "Aquí lo que no hay es que morirse".

Por su parte la moral cívica devino fuente de la cubanía y fundamento de la nación. Semilla sembrada por el Padre Félix Varela al pedir a los criollos de su época primero pensar, criticar a los interesados exclusivamente en las cajas de azúcar y los sacos de café e intentar corregir esas actitudes. Los exponentes de esa moral cívica en el siglo XIX participaron en el quehacer político de donde emergió la primera conspiración masiva de los intelectuales criollos.

El siglo XX cubano nació marcado por la moral utilitarista –herencia ético-moral del siglo precedente–, donde el hombre existe para el otro en tanto medio para alcanzar fines materiales, resurgió en el nuevo escenario como discurso de una élite político-económico-militar, carente de ética y de cultura democrática, hinchada de personalismo, caudillismo, corrupción, violencia y desconocimiento del diferente, y este escenario facilitó el uso de las posiciones públicas para fines individuales. Un retrato que adelantó magistralmente Carlos Loveira en su república de Generales y Doctores.

La moral cívica –discurso de minorías, conformada inicialmente por veteranos de la independencia, la élite intelectual, y la juventud sindicalista y universitaria– retomó el discurso de la Revolución desde los años 30 hasta la Generación del Centenario. Una minoría que, una vez en el poder se deslizó hacia la totalización del Estado y de la sociedad debilitando la base occidental de nuestras instituciones y con ello el discurso y la práctica de respeto a los derechos humanos.

En la segunda década del siglo XX, –como resultado de las continuadas frustraciones, del alto precio pagado en busca de la libertad de oportunidades y de participación– emergió la moral del sobreviviente, una conducta que, consolidada por su larga duración, se expresa no con la heroicidad del pasado siglo, sino con acciones concretas e inmediatas para sobrevivir. Una “lucha” que refleja las decepciones en la doble moral, el mimetismo y el choteo como armas que debilitan las relaciones de poder. >>

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