Consenso
Numero 2 de 2007 Numero 3 de 2007
ESPACIO DE REFLEXIÓN Y DEBATE DEL PENSAMIENTO PROGRESISTA CUBANO
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01. Conversación con Diego Vicente Tejera
Gerardo Martí
02. Los márgenes del silencio
Amir Valle
03. Querella innecesaria entre Letras del Añ o
Víctor Betancourt
04. Una familia cubana concluye el año 2006
Reinaldo Escobar
05. Reflexiones sobre el subdesarrollo
Bruno Sovilla
06. Cuba, realidades y perspectivas
Oscar Espinosa Chepe
07. Triunfa Venezuela
Yndamiro Restano
08. Venezuela ¿Triunfo o reto?
Dimas Castellanos
09. Los muchos costos del voluntarismo paternalista
Leonardo Calvo
10. Baladas y Herejías
Josevelio Rodríguez
11. La maldita economía
Osvaldo Rodríguez
12. AL CIERRE
Consenso en la polémica intelectual

Consejo de Redacción
13. Humor
Carlitos
Venezuela ¿triunfo o reto?
Dimas Castellanos


Los siglos de injusticia social en América Latina, antes y después de la independencia del colonialismo hispano, generaron un cuadro caracterizado por la carencia de democracia política y económica, el desconocimiento de la pluralidad de sectores e intereses, caudillismo, el populismo, la violencia, la ausencia de ética y la corrupción administrativa. Un panorama agudizado por el fracaso de los proyectos que más tarde intentaron dar respuestas desde el desarrollismo, el neoliberalismo y el malogrado intento cubano de socialismo real.

Ese cuadro permite entender por qué en la actualidad –desde el momento en que algunos partidos de izquierda tomaron distancia respecto al socialismo real y comenzaron a modernizar sus doctrinas en busca de la justicia social y de la democracia para amplios sectores– un sector de esa izquierda ha devenido alternativa para el electorado de la región.

Sin embargo confundir una tendencia que tiene sus causas y su historia con un triunfo electoral es muy peligroso. El ascenso al poder de partidos de izquierda en Uruguay, Brasil, Argentina, Chile, Panamá, Dominicana, Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua, más que un triunfo refleja el fracaso de los modelos y gobiernos precedentes. Ello ha llevado a decenas y decenas de millones de hombres y mujeres a colocar sus esperanzas y expectativas en esa izquierda. Eso significa simplemente que las aspiraciones de justicia social y democratización no han sido resueltas hasta ahora. Por esa razón, para la izquierda el triunfo electoral no significa otra cosa que un reto y una oportunidad, la cual, de no concretarse, dará paso a otros proyectos.

En ese sentido considero apresurada la afirmación de Yndamiro al afirmar: “Triunfa Venezuela y al mismo tiempo, triunfa la América toda y triunfa la Humanidad. Porque lo que se está debatiendo en Venezuela no es el triunfo de un libro ni de una doctrina sino el derecho a vivir y a vivir con dignidad que tiene cada ser humano”.

¿En qué radica el triunfo? ¿Es que el triunfo electoral de un candidato presidencial es el triunfo de la nación?

Si es cierta la tesis de que el avance de la izquierda tiene sus cimientos en el fracaso de los modelos anteriores, entonces el triunfo de Venezuela o de cualquier otro país de la región hay que entenderlo como tal y medirlo a partir de los cambios estructurales que los nuevos gobernantes sean capaces de realizar para resolver la deuda acumulada de justicia social y democracia participativa. En ese sentido Chávez tendría que mostrar la voluntad política para transformar el populismo revolucionario en hechos permanentes; lo que implica democratización, libertades y garantías verdaderas y no teatro de temporada, pues los venezolanos, a favor o en contra de Chávez, han aprendido a hacer uso de los mecanismos democráticos institucionalizados, lo que representa una fuerza de progreso que tendrá a la larga un efecto positivo sobre el presente y el futuro del país sudamericano.

Los candidatos electos y sus programas –lo fueron, lo son y lo serán– están acotados por el tiempo, la voluntad política y por las limitaciones del conocimiento de la humanidad sobre sí misma. Con independencia del amor a la silla presidencial y de los históricos intentos de reelecciones, el arribo al poder de por sí no significa sino el reto de iniciar los cambios estructurales encaminados a transformar los siglos de atraso cultural de su sociedad. En ese sentido, el derecho a vivir con dignidad es una meta no un resultado alcanzado. Para plantear lo contrario habría que demostrar lo indemostrable, a saber, que en Venezuela se han producido los cambios estructurales requeridos para tal afirmación.

Contar con los enormes recursos financieros del petróleo es un factor importantísimo pero insuficiente por sí solo para el desarrollo. Parafraseando a Bruno Sovilla, la faceta económica del subdesarrollo es sólo una de ellas; se requiere además de un grado mínimo de participación consciente de la colectividad, al fin de asegurar el uso productivo y socialmente útil de esos recursos. Es decir, se requiere de un tipo determinado de individuo. No es posible poner en marcha un proceso virtuoso de crecimiento económico repartiendo la riqueza nacional a favor de los pobres, sin antes involucrarlos en actividades productivas que generen mayor valor agregado. Si a eso le añadimos la tesis del ingeniero José R. López acerca de que las propiedades de un sistema están determinadas por las propiedades de sus componentes y los vínculos entre ellos, se deduce que ninguna sociedad puede ser mejor que sus componentes y que de su diseño. Es decir, sin cambios estructurales encaminados a transformar al hombre y a las relaciones de poder y de participación no es posible hablar de triunfos.

Chávez, es cierto, ha planteado públicamente el tema de la pobreza y de la lucha contra ella. El punto es que más allá de los programas sociales conocidos no hay ninguna política que apunte a modificar las causas estructurales. Aquí reside el talón de Aquiles de su proyecto de transformación social. El chavismo es una fuerza popular, sostenida a base de quitar riqueza a los poseedores para redistribuir a los desposeídos; pero una cosa es distribuir y otra crear los cimientos políticos, económicos y culturales para que los ciudadanos armados de derechos y libertades puedan participar como sujetos en los procesos de crecimiento social.

Brasil, por ejemplo, dio un giro al proponerse la justicia social mediante el aumento de la producción y no mediante la redistribución de lo que ya tiene dueño, un proyecto de modelo basado en el fortalecimiento de la soberanía popular, la participación efectiva de los ciudadanos y proyectos inteligentes para producir sin necesidad de despojar a los propietarios.

La amenaza del curso poco democrático y estatizante que va tomando el proceso chavista con los recientes cambios anuncia su condena al fracaso. Desde el caudillismo populista no se puede proyectar la solución del atraso latinoamericano. Mucho menos cuando se empiezan a asomar las manifestaciones de limitaciones a la libertad de prensa y a los derechos de los que no comparten su modelo, dos pilares sin los cuales es imposible el progreso en la modernidad. Los resultados electorales así lo advierten. Desde 1998 en las diferentes consultas electorales, a pesar de la fuga chavista hacia los sectores más marginados, de los regalos estatales, de los millones de venezolanos alfabetizados y atendidos por el programa de salud Barrio Adentro, así como de otros planes sociales, cuatro de cada diez ciudadanos continúan expresando en las urnas sus preferencias por otro tipo de gobierno.>>

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