| 01. | Conversación con Diego
Vicente Tejera Gerardo Martí |
| 02. | Los márgenes del silencio Amir Valle |
| 03. | Querella innecesaria entre Letras del Añ
o Víctor Betancourt |
| 04. | Una familia cubana concluye el año 2006 Reinaldo Escobar |
| 05. | Reflexiones sobre el subdesarrollo Bruno Sovilla |
| 06. | Cuba, realidades y perspectivas Oscar Espinosa Chepe |
| 07. | Triunfa Venezuela Yndamiro Restano |
| 08. | Venezuela ¿Triunfo o reto? Dimas Castellanos |
| 09. | Los muchos costos del voluntarismo
paternalista Leonardo Calvo |
| 10. | Baladas y Herejías Josevelio Rodríguez |
| 11. | La maldita economía Osvaldo Rodríguez |
| 12. | AL CIERRE Consenso en la polémica intelectual Consejo de Redacción |
| 13. | Humor Carlitos |
Miedo, marginalidad, mutismo social e intelectualidad en la Cuba de hoy
A modo de proemio
Cierto escritor amigo, director de una importante revista literaria cubana de internet, me comentaba hace poco que había recibido un grupo de críticas, que consideraba honestas, acerca de cómo permitía en las páginas de su publicación algunos criterios que consideraban “políticos”, por ser contrarios, tímida o totalmente, al pensamiento político-cultural de la Revolución. Sin embargo, notaba mi amigo, esos críticos no habían dicho una sola palabra cuando la revista recogió opiniones, obras y comentarios, curiosamente más “políticos”, pero en sintonía con lo que promueven nacional e internacionalmente los ideólogos de la misma Revolución.

Sin ponernos a conversar mucho sobre el tema, llegamos a una misma conclusión: la izquierda (o sería mejor decir, “ciertos intelectuales de rosca izquierda” pues nada tienen que ver con la originaria izquierda) ha establecido como estrategia la permisibilidad de la crítica a favor y el ataque rabioso y frontal hacia la crítica en contra. He ahí, aunque no se diga, su primera traición a los postulados originarios de la izquierda: no hay cabida al diálogo, se apuesta por el monólogo militante y, aún peor, se convierten en soldados de un imperio que hizo mucho daño desde las posiciones extremas del silenciamiento humano en muchas naciones, a mediados del siglo pasado (leáse: todos los ismos derivados del fascismo); imperio que hoy se traslada a los supuestos gobiernos y movimientos de izquierda que han llegado al poder político: el imperio del silencio. O lo que es igual, del aniquilamiento de la voz humana independiente, e incluso, de la subordinación de la voz humana (incluidas las voces de quienes creen en los presupuestos de ese imperio) a un grito callado de mentiras o verdades manipuladas.
Acercando ese fuego al caso cubano, un par de preguntas se hacen necesariamente imprescindibles: ¿qué mecanismo curioso obliga a los intelectuales latinoamericanos y de algunas otras partes del mundo, que condenaron (y condenan) a todas las dictaduras de América, a todos los fascismos y a todos los totalitarismos (incluidos los del campo socialista), a defender el sistema totalitario y coartador de libertades implantado en Cuba?, ¿qué ocultos resortes los obligan a traicionar los presupuestos reales de la izquierda para apoyar a un gobierno que, bajo la cuestionable pretensión de construir ese mundo mejor que la izquierda internacional sueña, ha violado (y viola soberanamente) todos los derechos por los que dice estar luchando?
Es imposible, si se pretende ser honesto, silenciar o no querer notar los mecanismos de represión del pensamiento social implementados en la isla, cada vez con métodos más cercanos a la exclusión fascista. Anteponer los viejos sueños de la izquierda (aquellos que, si acaso, alguna vez la Revolución Cubana enarboló) a la realidad dictatorial y de corte falangista que hoy sufre el pueblo cubano, además de ser un crimen de lesa humanidad y de constituir la prueba más evidente de la traición a esos propios sueños de la izquierda, significa hacerse partícipe del siniestro proceso de concientización social del miedo que el gobierno ha ido engranando y perfeccionando en las últimas tres décadas.
El miedo
Basta un simple análisis de la realidad cotidiana en la Cuba actual para echar por tierra uno de los argumentos de los defensores del actual sistema cubano: el supuesto posicionamiento del pueblo al lado de lo que los políticos llaman “su Revolución”. A partir de la ya conocida estructura piramidal del poder en la isla (Fidel en la punta y el resto en orden descendente, con cuotas de poder que disminuyen según la pirámide ensancha), las instituciones y dependencias del Partido y del Estado, fueron estableciendo mecanismos muy aceitados que garantizaban el control y el encauzamiento de la participación social. No puede olvidarse una curiosa coincidencia que demuestra que esta estrategia no es una influencia puramente soviética, ni tampoco una idea original del tan cacareado “socialismo cubano”: la estructura piramidal fue una invención del tenebroso Stalin (cuando supo que debía eliminar aquel “Concilio de cerebros políticos” establecido por Lenin como método de dirección del país) buscando centralizar su poder, y el concepto de control y encauzamiento de la participación social nació como “método” (aunque existía de manera más libre y menos pensada) cuando, a fines de la Primera Guerra Mundial, un joven llamado Adolf Hitler Pölzl comienza su carrera política en el Partido Obrero Alemán y empieza a mencionar la necesidad de “encauzar a la desilusionada población, enaltecer su espíritu y llevar a la Nación a un futuro luminoso”.
Pregunta: ¿Qué se deriva, incuestionablemente, de ese análisis de nuestra realidad?
Respuesta: la existencia de un proceso controlado de concientización social del miedo, como método de control de las libertades individuales propiciando la subordinación del individuo.
Veamos las más notables técnicas de ese proceso.
Creación de mecanismos de dependencia social
Las leyes generales, las resoluciones y circulares internas de las instituciones del Estado, las normativas establecidas por el Partido Comunista como máximo rector de la vida social coinciden en un modus operandi único que establece los cauces (inviolables) mediante los cuáles la población puede acceder al trabajo, la educación, los estudios superiores, la promoción cultural y profesional, etc. Intentar moverse fuera de esos cauces conlleva a la aniquilación del ser humano al no existir otras vías y modos de desarrollo social que no sean los determinados (y controlados, es obvio) por estos cauces.>>