Consenso
Numero 2 de 2007 Numero 3 de 2007
ESPACIO DE REFLEXIÓN Y DEBATE DEL PENSAMIENTO PROGRESISTA CUBANO
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indice

01. Conversación con Diego Vicente Tejera
Gerardo Martí
02. Los márgenes del silencio
Amir Valle
03. Querella innecesaria entre Letras del Añ o
Víctor Betancourt
04. Una familia cubana concluye el año 2006
Reinaldo Escobar
05. Reflexiones sobre el subdesarrollo
Bruno Sovilla
06. Cuba, realidades y perspectivas
Oscar Espinosa Chepe
07. Triunfa Venezuela
Yndamiro Restano
08. Venezuela ¿Triunfo o reto?
Dimas Castellanos
09. Los muchos costos del voluntarismo paternalista
Leonardo Calvo
10. Baladas y Herejías
Josevelio Rodríguez
11. La maldita economía
Osvaldo Rodríguez
12. AL CIERRE
Consenso en la polémica intelectual

Consejo de Redacción
13. Humor
Carlitos
Nota al cierre
Consenso en la polémica intelectual


Consejo de Redacción


"El estado de ira exaltada”, suscitado por las apariciones televisivas de Armando Quesada, Jorge Serguera y Luis Pavón Tamayo, tres funcionarios vinculados a la política anticultural aplicada en Cuba a partir de 1971, ha devenido debate y reflexión por parte de un nutrido grupo de intelectuales. No hay casualidad; los insultos y reflexiones manifiestos tienen como fundamento, además de las innumerables víctimas de la “parametración”, las palabras de Fidel Castro -dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada- convertidas en política cultural, así como la ausencia del auténtico ejercicio de debates de ideas y la consiguiente falta de entrenamiento en esos menesteres. Como expresión de un fenómeno de reflexión y debate, los hechos discutidos en este extenso intercambio de e-mails se inscriben en la razón de ser de la Revista Digital Consenso, por lo cual nos sentimos en el deber de ofrecer nuestros propios criterios al calor de tantas (y todas) las cuestiones que se exponen.

Como era lógico, el ataque –que inicialmente se dirigiera contra tres funcionarios de la cultura- tomó, en el contexto político de incertidumbres que vive Cuba y por la larga duración de éstos y otros muchos silencios, rumbos que alcanzaron hasta a los máximos responsables de tan funesta política. Al margen de unos u otros desenfrenos, reflejo de la elevada presión acumulada, los más atinados apuntaron hacia la esencia del problema: el método bautizado como pavonato, cuyas causas y consecuencias continúan presentes, como lo evidencian, entre otros, el caso de Antonio José Ponte. No obstante, una vez desahogadas las pasiones, el debate debe tener como objetivo central el bien de la Nación, que es el bien de todos. Se requiere, por tanto, de un análisis mesurado e incluyente que propicie un cambio esencial de la cultura cubana, que implica a su vez, un cambio de nuestra sociedad; un cambio en el que tienen que participar todos sin exclusión: víctimas y victimarios, gobernantes y gobernados, los de dentro y los de fuera de la Isla, testigos y enterados. Un cambio que abarque desde la élite cultural hasta la deteriorada economía doméstica.

Todos debemos aportar argumentos que tiendan puentes de encuentro. Por ello, cualquier intento de paralizar el debate, de encasillarlo o de limitarlo, debe ser rechazado. El debate, ausente hasta ahora, es una manifestación de cultura y la cultura es condición indispensable para vivir a la altura de los tiempos, como expresara Ortega y Gasset. La esencia de las cuestiones que se discuten por estos días en lo que algunos han dado en llamar “guerrita de los e-mails”, no radica en los tres programas televisivos, sino en asuntos raigales de la nación cubana cuya connotación es más profunda de lo que pareciera a primera vista. Es por eso que cualquier intento por detener el debate apunta a reafirmar aquel nocivo principio que sostiene que la política cultural represiva es irreversible.

Hoy el tiempo de compartir indignaciones pertenece al pasado, porque de lo que se trata ahora es de derribar la posibilidad de mantener los métodos que afectaron y afectan a la cultura y a la sociedad cubana en general. Por otra parte, insistir a estas alturas en las parametradas expresiones acerca de supuestos intelectuales “al servicio del enemigo”,o que las opiniones críticas de algunos de ellos responden a una “agenda anexionista” constituye en sí mismo un intento de conservar la parametración.

Los problemas que han afectado y continúan afectando a los intelectuales, son los mismos que laceran, afectan y limitan de una u otra forma al resto de la sociedad. Por ello en los procesos de cambio corresponde un lugar a todos los cubanos, intelectuales o no, revolucionarios o no; porque revolución y cambio no son sinónimos: la revolución supone una transformación violenta y radical que trae inevitablemente consigo grandes perjuicios para una significativa parte de los que se sumergen –voluntaria o involuntariamente- en su espiral. El cambio, más general, es un proceso inseparable de la dignidad humana, del amor, de la solidaridad, de la ética, de la libertad y de la reconciliación sobre la base de los mínimos que nos unen, que son asuntos de todos, aunque en la búsqueda de soluciones la intelectualidad tiene un papel determinante, porque constituye la conciencia crítica de la nación. En ese sentido, la vía de los “emilios”, con la que cuenta una parte de los intelectuales cubanos para el actual intercambio de ideas, demuestra que los otros medios les están vedados y que por tanto deben también ponerse en función de una necesidad tan vital para la salud de la sociedad cubana: el desarrollo de espacios que propicien la libre expresión del pensamiento plural.

La primera condición de la cultura –cultivo de lo humano en el hombre, modo en que una sociedad crea y recrea valores para satisfacer sus necesidades materiales y espirituales– radica en la libertad. Cuando ésta es suprimida o limitada, con independencia de las razones esgrimidas, se afecta la vida de millones de personas y constituye, por tanto, un crimen de lesa cultura. En Cuba, las carencias institucionales y éticas, las restricciones a los derechos y libertades, la intolerancia, las exclusiones, y la violencia física y verbal, condicionaron un marco propicio para atentar contra la dignidad humana. En nombre de esa dignidad mancillada se impone democratizar la cultura y los hechos que están ocurriendo son síntomas de que el tiempo de espera para tal empresa se agotó.>>

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