| 01. | Conversación con Diego
Vicente Tejera Gerardo Martí |
| 02. | Los márgenes del silencio Amir Valle |
| 03. | Querella innecesaria entre Letras del Añ
o Víctor Betancourt |
| 04. | Una familia cubana concluye el año 2006 Reinaldo Escobar |
| 05. | Reflexiones sobre el subdesarrollo Bruno Sovilla |
| 06. | Cuba, realidades y perspectivas Oscar Espinosa Chepe |
| 07. | Triunfa Venezuela Yndamiro Restano |
| 08. | Venezuela ¿Triunfo o reto? Dimas Castellanos |
| 09. | Los muchos costos del voluntarismo
paternalista Leonardo Calvo |
| 10. | Baladas y Herejías Josevelio Rodríguez |
| 11. | La maldita economía Osvaldo Rodríguez |
| 12. | AL CIERRE Consenso en la polémica intelectual Consejo de Redacción |
| 13. | Humor Carlitos |
Acopiamos toda nuestra pecunia sobre la mesa del comedor y dejamos lo imprescindible para los gastos. Con la cantidad reunida y un préstamo de la abuela, compré quinientos tabacos y los acomodé en una caja para lanzarme hacia la capital. Lo que al inicio fue una idea vaga, apenas asomada entre los resquicios de la carencia, fue tomando cuerpo en nuestras mentes: de alguna forma tendríamos que mejorar la economía. El salario de Sura era casi inexistente y para mí no aparecía el golpe de suerte que abriría las puertas de la tranquilidad, entonces decidimos que lo mejor que podíamos hacer era dejarnos arrastrar por el tsunami de mercado subterráneo que se paseaba por el país.
Me habían dado instrucciones precisas. Primero activé en La Habana el contacto para llevar la mercadería. Con una sencilla llamada telefónica pasaba a formar parte de la nómina.
A las cinco y veinte de la madrugada salía el ómnibus para la capital.
Para garantizar un número en la lista de espera necesitaba madrugar el día anterior, casi desde la media noche.
Fallaron seis viajeros y conseguí mi asiento.
La guagua partió balanceándose con aires de primer mundo, haciendo alarde con su interior refrigerado. Mi ciudad se apresuraba para vivir un día más y se alejaba de mí envuelta en la melancolía de las sombras.
Me acomodé en el asiento. La vida, el viaje, la ciudad y todas las razones dejaron de ser. Alguien quedó varado en medio de la confusión. Las tetas de Aquella se redujeron y todo dejó de existir hasta que una sacudida lo devolvió de nuevo.
El ómnibus estaba detenido fuera de la carretera. Los pasajeros se incorporaban de los asientos. Había amanecido. El sol entraba por la ventanilla y se pegaba mi cara como si pretendiera recordarme que era tiempo de estar vivo. Un policía subió. Sostenía en alto la caja con los tabacos.
– ¿De quién es esta caja?
– Mi corazón comenzó a latir a quinientos puros por minuto.
– ¿De quién es esta caja?
– Evidentemente la habían registrado porque la cinta plástica con que la sellé y la soga para usar como agarradera estaban deshechas. Sin dudas nos encontrábamos en las afueras de algún poblado que Yo no podía identificar. Desde la ventanilla podía ver un río con aguas verduscas adormecidas entre los brazos de las orillas. El río no conducía a ninguna parte. El cauce de mi vida tampoco conducía a lugar alguno, estaba varado en el interior de la guagua, fría como mis nervios. Frialdad, mucha sangre fría y nervios de acero y que no puedan descubrir tu miedo, me habían dicho. Todo eso se dice fácil y se acepta con mayor facilidad aún, pero un policía en el pasillo de la guagua levantando el delito como un Celta que ha decapitado a su enemigo,
– ¡¿De quien es esta caja?!
Seguido de un negro antropomórfico comprimido dentro del uniforme como una salchicha, con los ojos enrojecidos, tal vez por el insomnio, pero enrojecidos al fin y lanzando miradas de fuego a su alrededor,
– ¡¿De quién es esta caja?!
– Es como para que los nervios del más traficante de los Santos Trafficante se desintegren.
Lancé la mirada hacia el exterior. Tenía miedo.
¿Y si pensaban que miraba hacia fuera para evadir la atención que requiere un asunto tan importante para ellos como el contrabando de quinientos tabacos, quinientas pulsaciones por minuto de mi corazón a punto de infartar?
¿Y si se les ocurría preguntarme?
¿Y si consideraban mi falta de atención como una burla?
– ¡De quién es esta caja?
– Mis nervios me lanzarían irremediablemente a un calabozo pestilente y los tabacos que no se fumaran los policías del punto de control irían a dar a la mesa de algún jefe que los aceptaría complacido.
Cruzó un entierro. El chofer del coche fúnebre llevaba cara de trabajador resignado. En el compartimento trasero, el difunto, sin que nada le importara, se dejaba conducir. Ahí va mi cadáver, pensé. Miré al policía. Sentí que me observaba como a un insecto. Clavé mis ojos en los enrojecidos del mandril y de inmediato me dispuse a decirle que viajaba de incógnito, para cumplir una importante misión en la capital, que las quinientas sacudidas de mi esperanza dentro de la caja no eran otra cosa que la llave que abriría las puertas del heroísmo.
Hubiera sido fatal porque Alguien está en todas partes.>>