Herejía de identidad
Como una cicatriz está
la Habana Vieja
y una botella de aguardiente
flotando en la Bahía.
Nadie puede quitarte
las cosas que crecieron en las pupilas
y que se mueven en la sangre
a la velocidad de las mareas:
somos el Parque de la Fraternidad
con sus agentes y las perseguidoras,
mientras nos escondíamos
en un submarino amarillo (clandestino e hipnótico).
Conmigo habitan
los libros prohibidos,
el Lecuona de las catacumbas
y las miserias de la sabiduría,
con un traje de miliciano
que te vigila desde el closet.
A la altura de mis ojos
está tu rostro hermoso
y aquella película rusa
horrorosa y tierna,
que usamos para enamorarnos
(nunca supimos ni el título)
solo recuerdo la nieve de la Siberia
y tu mano caliente en mi carné de identidad.
Balada, como la tarde
A Reynaldo Arenas
Ignoró las noticias de la tierra,
siempre a una distancia
natural de sus jardines,
(sin lastimar el oído de los bosques)
recogía las hojas secas
para abreviarles la agonía,
dormía sobre la bandera
de un país desconocido,
sin distinguir los colores
por la prisa y la neblina,
interpretaba el canto de otros pájaros
como una señal de salvación,
por el olor de sus axilas
aprendió a nadar
a la velocidad de los delfines.
En el río, las corrientes
danzaban sobre su cuerpo,
voluptuosas e irreverentes,
adivinaba los aguaceros
las lunas, deshojando una margarita,
en un acertijo nupcial
entre la noche y su oponente.
Se sabe que pudo ser feliz cuando cantaba
y cantaba para detener
los tornados y las desolaciones,
siempre cantaba para espantar
a sus verdugos de los libros
y las metáforas,
aquejado por las fiebres de la belleza
aliviaba sus pupilas, en las playas,
entre las multitudes,
sobre la hierba,
apenas convencido
de que la belleza sobrevive
(como la tarde)
en la gramática
y en la voz del ruiseñor.
Herejía a la sombra de un ala
Un hombre condenado a muerte
pidió su última voluntad:
“Quiero que me lean algún poema de Martí.”
Sus verdugos discutieron durante horas;
al final accedieron.
Cuando la lectura terminó,
el hombre ya estaba libre de su cuerpo:
en su rostro estaba toda la luz.