Consenso
Número 4 de 2006 Número 6 de 2006
ESPACIO DE REFLEXIÓN Y DEBATE DEL PENSAMIENTO PROGRESISTA CUBANO
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01. Las espinas del dinero
Reinaldo Escobar
02. Cosme de la Torriente: la oportunidad de una fecha
Dimas Castellanos
03. Constitución: apuntes para su historia
Wilfredo Vallín
04. Revolución, llena eres de gracia
Leonardo Calvo Cárdenas
05. ¿Hacia dónde va la ética en la sociedad cubana actual?
Juan Lázaro Besada
06. Socialismo real: síntesis dialéctica de lo trágico-social y lo socio-cómico
Andrés Barrios
07. Martí, el fin de un mito
Jorge Camacho
08. Acerca del José Martí de hoy
Rogelio Fabio Hurtado
09. Sacerdotisas y Brujas
Maybell Padilla Pérez
10. "Soy" y "Plegaria a la Virgen de la Caridad" (poemas)
Tomás Burgos
11. Nota al cierre
Fallecimiento del Dr. Rafael Cepeda Clemente
   
Sacerdotisas y brujas
Maybell Padilla Pérez


Al comentar con mi colega y amigo Dimas Castellanos el libro Sacerdotisas y Brujas, sobre el cual trabajo, me solicitó un artículo de siete cuartillas. Pensé increíble tal proeza, donde los criterios especializados constituyen el plato fuerte. Una vez conversado el asunto con Víctor Ọmọlófaoró laboré y este es el resultado, por no poder quitar una palabra más. Esperemos que el libro vea la luz, para que aquellos con la oportunidad de leer estas líneas abarquen el trabajo en su totalidad.

Todo tiene un por qué y un por cuánto. Comenzó ante mi afán por comprender el fenómeno cubano actual en torno a la mujer Ìyáonifá (sacerdotisa de Ifá) y las miembros de la sociedad secreta Gëlèdé que rinden culto a la Òrìşà femenina Ìyámi (Mi Madre Vieja Ancestral), sobre la cual solo tenía referencias.

Por constituir las Ìyáonifá y las Gëlèdé reivindicaciones femenina en la religiosidad popular de Regla de Òşà-Ifá- cubana, se despertó mi interés en investigar, consciente de enfrentar un reto afrontado gracias a los cerca de 17 años que llevo al lado de Víctor Ọmọlófaoró, máximo líder religioso del Templo Ifá Iranlówo (Ifá es la Salvación), donde se trabaja la medicina verde tradicional, en casos de enfermedades de difícil patología y terminales, Templo donde tuvieron los acontecimientos de marras.

Tanto las mujeres iniciadas como Ìyáonifá y Gëlèdé implicaron un reto para Víctor Ọmọlófaoró, por romper el conservadurismo arraigado en el afro cubanismo y reivindicar el papel de la mujer en la tradición religiosa de la Regla de Òşà-Ifá. En este de cursar no faltaron quienes opinaron diferente y discreparon acorde a sus concepciones, lo cual Víctor Ọmọlófaoró enfrentó con sabiduría, inteligencia y la paciencia propia de un sacerdote; para, finalmente coronarse con el éxito, porque la mentira recorre miles de años, pero se desvanece en un segundo ante la verdad (refrán Yorùbá).

Desde tiempos remotos la iglesia dio por sentada la existencia del Diablo (ángel devenido en demonio), sobre lo cual el católico cristiano debía estar convencido, para no correr el riesgo de caer en herejía, ser acusado y juzgado por el tribunal inquisitorial del santo oficio y morir en la hoguera.

Unido al Maligno estaba su cortejo de brujas, sobre las que también había que creer, por formar parte de la teología católica cristiana y ser contemplada su existencia en el Canon Epíscopi, que trata sus encuentros con Satanás, entro otros aspectos que reafirmaban su existencia. Más tarde el Tratado Martillo de las Brujas se encargó de establecer los castigos, las torturas, perseguir los aquelarres orgiásticos, entre otros que fundamentaron la diablo fobia.

Sobre las mujeres consideradas brujas recayeron los más atroces crímenes, la mayoría de los cuales confesados para evitar torturas extremadamente salvajes y anticristianas. Lo mismo le arrancaban los intestinos que le metían un tizón de candela por cualquier parte del cuerpo.

A las tradiciones religiosas africanas se impusieron los conceptos medievales de bruja, brujo y brujería, aplicados a partir de la práctica y experiencia europea en actos considerados herejía por la iglesia y, por ende, contrarios a la fe católica cristiana. Los mencionados términos se atribuyeron a los africanos practicantes de sus liturgias ancestrales, creando un halo de misticismo y de hechicería donde yacía una tradición milenaria.

El culto Gëlèdé es originario de Kétu y sus inicios se ubican en el siglo XIV, centrado en la deificación del poder femenino intrínseco (Igbá Iwà), como centro generador de la vida, pero también de su destrucción y cuando los europeos llegaron al África el término bruja se aplicó a las mujeres pertenecientes a la sociedad secreta Gëlèdé, llamando brujería a lo derivado e incluido en su liturgia, dando a estas religiones una connotación similar a los actos brujeriles, donde los aquelarres orgiásticos (de mujeres y de hombres disfrazados de demonios) eran antros de perdición, mataban niños, comían su carne y bebían su sangre, en medio de las aberraciones menos imaginadas entonces y en la actualidad.

Los invasores llamaron bruja a las mujeres que entendían fuera de sus patrones medievales, denominando así a las miembros de la sociedad secreta que rendían culto a la Òrìşà Ìyàmì, que tiene entre sus objetivos el cuidado de los hijos, la familia, las mujeres y establecer la paz entre los hombres y las Ìyàmì Àjé, amén de protegerse contra las sociedades secretas de hombres y de éstos, ¿Por qué no?>>

Don Rómulo Lachatañeré y Don Fernando Ortiz tuvieron conciencia de que tales definiciones no se ajustaban a las creencias y ritos de las religiones afrocubanas. En el Capítulo Cuarto del Sistema religioso de los lucumís y otras influencias africanas en Cuba Lachatañeré se opuso a que la palabra brujería se aplicara a los practicantes de las tradiciones religiosas afrocubanas. Según él los términos brujo y bruja debían sustituirse por santería y santero, cuya etimología castiza define a las personas que rinden tributo a imágenes mediante un culto supersticioso y ajeno a los preceptos católicos cristianos,

El criterio de Rómulo fue compartido por Fernando, para quien el adjetivo brujo era aplicable a los practicantes de la brujería medieval europea, no a los militantes de las religiones autóctonas africanas; manifestó el poco cuidado de los léxicos académicos con las voces brujas y brujas, añadiendo que el artículo bruja también hacía la función adjetiva. Aporta la siguiente definición sobre la bruja: Mujer que, según la opinión vulgar (y a veces según la docta eclesiástica pudiera añadirse), tiene pacto con el diablo, y hace cosas extraordinarias (…). Este concepto no tiene que ver con los rituales de las tradiciones religiosas ni de África ni de Cuba.

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