Consenso
Número 4 de 2006 Número 6 de 2006
ESPACIO DE REFLEXIÓN Y DEBATE DEL PENSAMIENTO PROGRESISTA CUBANO
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01. Las espinas del dinero
Reinaldo Escobar
02. Cosme de la Torriente: la oportunidad de una fecha
Dimas Castellanos
03. Constitución: apuntes para su historia
Wilfredo Vallín
04. Revolución, llena eres de gracia
Leonardo Calvo Cárdenas
05. ¿Hacia dónde va la ética en la sociedad cubana actual?
Juan Lázaro Besada
06. Socialismo real: síntesis dialéctica de lo trágico-social y lo socio-cómico
Andrés Barrios
07. Martí, el fin de un mito
Jorge Camacho
08. Acerca del José Martí de hoy
Rogelio Fabio Hurtado
09. Sacerdotisas y Brujas
Maybell Padilla Pérez
10. "Soy" y "Plegaria a la Virgen de la Caridad" (poemas)
Tomás Burgos
11. Nota al cierre
Fallecimiento del Dr. Rafael Cepeda Clemente
   
Revolución, llena eres de gracia
Leonardo Calvo


Las revoluciones son el proceso de transformaciones profundas que con mayor o menor violencia provocan trascendentales cambios en las estructuras sociales. Generalmente esos cambios se producen en medio de conmociones, enfrentamientos y polarizaciones, la revolución como acontecimiento político de impacto social, económico y cultural concluye cuando se han cumplido los objetivos transformadores o llega a establecerse un orden político institucional más o menos estable y definitivo.

Solo una en la historia -la cubana- siguió llamándose para siempre revolución. Por obra y gracia de la voluntad de sus lideres, para utilidad del poder que detentan fue traicionada en sus inicios, puesto que no se restableció la Constitución de 1940, no se restauraron las correlaciones democráticas, nunca se realizaron aquellas prometidas elecciones dieciocho meses después del triunfo, no se respetó la libertad de palabra, movimiento, empresa y creencias.

Los líderes de la revolución “interminable” no se molestaron siquiera en rescatar algunas de las virtudes que Fidel Castro reconoció a la Cuba republicana en su alegato de defensa durante el juicio por los sucesos del asalto al Cuartel Moncada en 1953:

“Os voy a referir una historia. Había una vez una republica, Tenía su Constitución, sus leyes, sus libertades, todo el mundo podía reunirse, asociarse, hablar y escribir con entera libertad. El gobierno no satisfacía al pueblo pero el pueblo podía cambiarlo y ya solo faltaban unos días para hacerlo. Existía una opinión pública respetada y acatada y todos los problemas de interés colectivo eran discutidos libremente. Había partidos políticos, horas doctrinales de radio, programas polémicos de televisión, actos públicos y en el pueblo palpitaba el entusiasmo. Este pueblo había sufrido mucho y si no era feliz deseaba serlo y tenia derecho a ello...”
La revolución finalmente no resultó ser verde como las palmas, mas bien era, como advirtió aquella minoría preclara, un meloncito (sandia) verde por fuera y roja por dentro. A pasos escalonados pero ininterrumpidos se fueron implantando estructuras y métodos comunistas, proceso que incluyo toda forma de adoctrinamiento y la eliminación del escenario político - por todas las vías posibles- tanto de los que habían hecho la revolución y no eran proclives a abrazar esa ideología extraña y útil como de los comunistas que no estaban dispuestos a supeditarse incondicionalmente al poder absoluto del alto liderazgo.

Esas estructuras y métodos comunistas implantados por personas comunistas que demostraron poca fe y casi nula participación en la lucha insurreccional, pero que a fin de cuentas fueron los que pusieron su talento, experiencia, capacidad organizativa, su falta de patrones éticos y sensibilidad humana para convertir en lo que ha sido a aquella revolución humanista de Martí y de Chivas , por cierto tres referentes que tienen muy poca identidad con el comunismo como doctrina y poder.

La revolución como proceso radical de transformaciones esenciales pudo haber concluido en abril de 1961 cuando se declaró oficialmente el carácter socialista que ya se hacia patente en las estructuras políticas y económicas del país o a mas tardar en 1976 fecha en que se concretizó la institucionalización del sistema totalitario; pero el poder instaurado y el sistema político que lo sustenta continuaron durante décadas llamándose revolución.

En una muy sui géneris y útil subversión del concepto la revolución se convirtió en un poder inamovible e incontestable armado de una especie de patente de corzo santificada a perpetuidad por esa supuesta legitimidad original para controlar a libre antojo los destinos de toda una nación. A partir de esta nueva definición ser revolucionario en Cuba no significa buscar la transformación profunda y positiva de lo existente sino respaldar, defender y sobre todo obedecer incondicionalmente todo lo que dimane de ese poder.

Los hombres se equivocan la revolución es infalible; si el fracaso o el error son muy grandes entonces la revolución es capaz de hacer lo que reza en ese slogan patético y absurdo: “Convertir el revés en victoria”, algo muy fácil por cierto, puesto que la revolución también es la dueña del merito y la critica.

En ese camino la justicia, la policía y hasta la conciencia, entre muchas otras cosas, se convirtieron en revolucionarias para actuar siempre a favor de ese poder absoluto e incontestable. A los creadores e intelectuales se les advirtió o amenazó que “dentro de la revolución todo, fuera de la revolución nada” sin aclarar nunca cuales eran los limites y quien los determinaba.

Hace mas de cuarenta años en Cuba no es el gobierno sino la revolución la que decide, distribuye y despoja. Los que se enfrentan a un gobierno tradicional son opositores, los que se oponen a la revolución son traidores y contrarrevolucionarios. Ser contrarrevolucionario significa oponerse a los valores y principios originales y legítimos de la revolución y no a la actuación reprobable de los que ejercen el poder, aunque estos últimos en su andar largo y deplorable por la historia hayan pisoteado con saña esos valores y principios.

Al lograr confundir en el discurso y en las percepciones los conceptos de revolución, patria, nación y Estado ha sido relativamente fácil para los gobernantes cubanos anular los derechos y las referencias cívicas, en fin privar a los ciudadanos de espacios y voz. Aun cuando cada vez estamos mas lejos de los principios y promesas originales, aun cuando el discurso este tan divorciado de los hechos, la revolución sigue siendo ese ente omnipresente e inasible, perfecto e infalible que siempre actúa de buena fe, madre de todos los éxitos e incapaz de asumir alguna responsabilidad.

Solo la incorporación de una sólida cultura cívica y política, fundada en la libertad, el libre albedrío y la diversidad de los individuos, sin imposiciones ni manipulación, podrá salvarnos. Solo esa cultura nos hará capaces de colocar a la revolución en su lugar para valorarla en su dimensión histórica, con sus sombras y sus luces, al gobierno en capacidad de asumir prerrogativas, obligaciones y responsabilidades, y a los ciudadanos plenos de dignidad como protagonistas de su propia historia.

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