| 01. | Las espinas del dinero Reinaldo Escobar |
| 02. | Cosme de la Torriente: la oportunidad de una fecha Dimas Castellanos |
| 03. | Constitución: apuntes para su historia Wilfredo Vallín |
| 04. | Revolución, llena eres de gracia
Leonardo Calvo Cárdenas |
| 05. | ¿Hacia dónde va la ética en la sociedad cubana actual?
Juan Lázaro Besada |
| 06. | Socialismo real: síntesis dialéctica de lo trágico-social y lo socio-cómico Andrés Barrios |
| 07. | Martí, el fin de un mito
Jorge Camacho |
| 08. | Acerca del José Martí de hoy
Rogelio Fabio Hurtado |
| 09. | Sacerdotisas y Brujas Maybell Padilla Pérez |
| 10. | "Soy" y "Plegaria a la Virgen de la Caridad" (poemas) Tomás Burgos |
| 11. | Nota al cierre
Fallecimiento del Dr. Rafael Cepeda Clemente |
En La Isabel, un ingenio matancero propiedad de su padre, nació el 27 de junio de 1872 Cosme de la Torriente Peraza, una de esas personas que nacen para la historia. Con 22 años de edad, siendo miembro de las logias masónicas, licenciado en Filosofía y Letras y estudiante de Derecho en la Universidad de La Habana, fue tocado por la sugestiva prédica del apóstol.
Incorporado a la Guerra de Independencia emigró a los Estados Unidos y regresó como expedicionario junto al General Calixto García. Por sus méritos militares alcanzó los grados de Coronel, integró varios estados mayores y fue elegido delegado a la Asamblea Constituyente de la Yaya, donde defendió la separación de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial.

En la República ocupó múltiples responsabilidades. Secretario de Gobierno; Magistrado; Senador; Secretario de Estado; Encargado de Negocios y Embajador de Cuba, primero en Madrid y después en Washington; representante en la Liga de las Naciones y Presidente de su Cuarta Asamblea; Delegado de las Naciones Unidas para América Latina; y Fundador y Presidente de la Sociedad de Amigos de la República.
De la Torriente fue una de las pocas figuras nacionales que entendió la política como servicio. Su actuación cívica, digna y ética le permitió transitar desde la violencia hasta el diálogo: una rara síntesis de virtudes entregada al mejoramiento de la cultura política cubana. Ello nos obliga, al arribar al 134 aniversario de su nacimiento, no sólo a recordar y reconocer, sino también a rescatar todo lo valioso de su copiosa obra. Una necesidad de los pueblos si no quieren desaprovechar ese tesoro que denominamos memoria histórica, tan necesaria para reflexionar, utilizar y esquivar errores.
La política –a la que dedicó 60 de los 84 años que vivió sin reposo– es el arte de convertir lo necesario en posible y lo posible en real sin el empleo de otra fuerza que no sea la de los argumentos. Un axioma utilizado por aquel General prusiano, Carl von Klausewitz, que combatió contra Napoleón en Waterloo y devino destacado teórico militar con su obra “De la guerra”, en la que afirmó: la guerra, no es otra cosa que la continuación de la política por otros medios. A lo que un siglo más tarde, Lenin, el líder bolchevique ruso, añadió: “precisamente por los medios violentos”.
La superioridad del diálogo sobre la violencia lo demuestra el hecho universal de que los conflictos, después de acarrear ríos de sangre, generalmente concluyen en la mesa de negociaciones con un apretón de manos y un brindis entre vencedores y vencidos. Esa experiencia milenaria sugiere sentarse a la mesa de negociaciones antes que la política se transmute en guerra.
Nuestra cultura de violencia cuenta con un abultado expediente: conquista, colonización, piratería, ocupaciones, esclavitud, cimarronería, conspiraciones, guerras, guerritas, masacres, dictaduras, revoluciones, contrarrevoluciones, exportación de revoluciones y envío de fuerzas regulares a otras regiones; sin mencionar los efectos negativos del nutrido arsenal de discriminaciones, vituperios, groserías, descalificaciones y ofensas verbales que tenemos siempre a disposición. Ante el reconocimiento de esa fatal herencia negativa se imponen cambios en nuestra forma de pensar, hablar y actuar, para desandar caminos, humanizar las relaciones y regresar al diálogo y a la diplomacia.
En ese propósito, el rescate de figuras como la de Cosme de la Torriente se justifica con sólo enumerar algunos ejemplos de su pensar y accionar.