| 01. | La libertad es el más sagrado
de los derechos Entrevista a Amir Valle por Ariadna Morales |
| 02. | Caballero de la memoria T. Avellaneda |
| 03. | Reconciliación, verdad, justicia y
magnanimidad Dagoberto valdés |
| 04. | Alternativas políticas, espacios y poder
Leonardo Calvo |
| 05. | ¿Siervos?, ¿señores?, ¡no, prójimos!
Juan Lázaro Besada |
| 06. | Mujeres latinoamericanas Paula Coral |
| 07. | La hora ¿provisional? de Raúl Castro
Reinaldo Escobar |
| 08. | Fundamentos de un gobierno del pueblo
Gerardo Martínez Solanas |
| 09. | Una noche como otra cualquiera Osvaldo Antonio Ramírez |
| 10. | Esclavitud y evangelio Dimas Castellanos |
| 11. | George Harrison in memoriam Rafael Artime Medina |
| 12. | Lezama treinta años después M. Musa |
Apareció el sueño y me fui a la cama. Sura parecía tragada por un túnel interminable de cansancio. La besé en la cabeza y ella me correspondió con un ronroneo como de gata en celo y dijo duérmete y se arropó con la sábana. El sueño me fue tragando con lentitud suficiente como para que tuviera tiempo de pensar en el libro que escribía. Pensar, más que eso, escribir en la frontera del sueño, es tarea inútil porque al amanecer casi nunca recuerdo nada y entonces escribo casi siempre algo distinto y por mucho que me devano los sesos no aparece la composición soñolienta. Es como si la psiquis se revelara para hacerme entender que escribir es mucho más que ponerse a pensar en la cama. El sueño me tragaba sin remedio por el mismo túnel que a Sura. Supongamos que es un pasadizo que ocupa el espacio de la cama y por ahí descendemos los dos hasta caer en los predios de Morfeo pero como nunca para nosotros la vida es bella sentí allá a lo lejos, antes de llegar al feudo morfeano, que el ventilador se apagó. Tal vez sea una respuesta del subconsciente que necesita el zumbido del ventilador como si fuera una canción de cuna pero el caso es que desperté en medio de una oscuridad de miedo. Tanteé la mesilla junto a la cama en busca de la linterna. Siempre dormimos con las ventanas cerradas a pesar del calor porque Sura le tiene un miedo espantoso a las cucarachas y vivir en el cuarto piso no inmunizaba nuestro apartamento. Las cucarachas subían por las paredes desde la fosa de los bajos y cuando más contentos estábamos las teníamos paseando por la casa, registrando el escaparate y alguna que otra haciéndonos compañía en la cama. Encendí la linterna y abrí las ventanas pero no entraba una gota de aire y me fui a abrir la puerta del balcón de la sala, que es la parte más fresca de la casa. Nos cagaron, se quejó Sura y más que una voz me pareció un disparo. Fue hasta la sala detrás de mí y nos sentamos en los sillones, uno frente al otro.
–¿Por qué no tiendes la colchoneta de emergencia en el piso y acuestas al niño? Si se despierta va a dar una tanda del carajo, pobrecito.
–Prefiero dejarlo tranquilo porque puede ser peor el remedio que la enfermedad y casi seguro se despierta cuando lo mueva.
Ella recostó la cabeza al espaldar del sillón. Tenía los ojos cerrados y en el rostro una expresión de resignada espera. A pesar de la oscuridad pude distinguirla ayudado por la claridad que entraba por la puerta del balcón. Me aventuré a proponerle que hiciéramos un poco de café y me contestó sin mover un ápice de las facciones que si no me acordaba que sólo quedaba polvo para la colada de la mañana, mira, todavía no he fregado la cafetera, agarra la borra y cuélala de nuevo para tomarnos aunque sea un poco de agua coloreada, no llego a mañana si no ponen la corriente, hay un calor irresistible. Me fui a la cocina auxiliado por la linterna. Para suerte tengo una linterna.
Esta es la historia de la linterna. En realidad Yo tenía la linterna, la historia que les cuento es la de las baterías:
Con esto de los apagones es del carajo. Al farol se le había roto el cristal y Sura no quería que la casa se nos llenara de humo negro, con toda razón porque una mañana amanecimos con los hoyos de las narices renegridos y por toda la casa el tizne haciendo de las suyas. Vaya usted a saber cómo tenemos los pulmones, chilló, se va a enfermar el niño. Desde aquel día decidimos que sólo usaríamos la linterna pero las jodidas usan baterías y las de mi linterna se descargaron y por mucho que me moví por esos mundos de la resolvedera no pude conseguirlas. Dios siempre aparece aunque no lo veamos, una tarde estaba Yo pensando en cómo resolver el problema de la iluminación, muy embebido en el asunto porque antes Yo lo tenía relegado a un segundo o tercer plano. El caso es que tocaron a la puerta pero no era la mano de Dios sino la de los inspectores de salud pública que andaban a la caza de mosquitos Aedes Aegipty. El mosquito, así decimos a los inspectores, me pidió revisar la casa, los tanques de agua, bajo las camas, dentro del escaparate y hasta bajo mi pantalón porque ellos son muy eficientes y la mayoría soldados de los huestes de Alguien, que registran en busca de Aedes y de intimidades y de todo cuanto les dé la gana... pero el mosquito llevaba una linterna para revisar los tanques en busca de larvas y como en mi casa no tenemos tanques, apenas dos cubos que mantenemos llenos para si falta la corriente y con ella el agua y así queda probado el viejo refrán popular, “te vamos a cortar el agua y la luz”, que es sinónimo de te vamos a hacer mierda, el inspector mosquitoso puso su linterna encima de la mesa para trabajar con mayor soltura y Yo corrí a buscar la mía y mientas él revisaba el lavadero abrí las dos linternas con velocidad sólo comparable a la de David Coperfield y en un pase de manos envidiable se las cambié, en realidad apenas tuve tiempo para cerrar su linterna porque la mía y las baterías cayeron dentro del aparador de la cocina sin tiempo para más. El tipo se fue bastante contento porque no encontró nada, ni Aedes ni otra cosa y así lo hizo saber en el papelito clavado detrás de la puerta. Apenas cerré, pram, corrí y le puse las baterías a mi linterna y la encendí, ¡maravilla!, había renacido y lanzaba hacia el techo un rayo de luz capaz de atravesar al mismísimo día. Todavía resolvemos el asunto de los apagones con las baterías pero se acerca el momento de pedirle a Dios que mande a otro inspector porque el rayo de luz ha perdido vitalidad.
En la cocina lavé la cafetera poniendo cuidado en no botar la borra. Reciclar el polvo de café requiere cierta pericia porque la cafetera lo compacta a causa de la presión del vapor y es necesario deshacer los granos para que el vapor en segundas nupcias le arranque aunque sea un poco de sabor. Me percaté de que sin corriente no podía usar la hornilla eléctrica por lo que estaba obligado a encender el fogón de kerosene y esto conlleva a que se duplica el gasto porque la cocina es de precalentamiento con alcohol y este tipo de líquido inflamable tampoco está muy abundante que digamos. Encendí el fogón, resignado, pues no me quedaba otro remedio porque había decidido tragar un poco de sambumbia caliente a cualquier precio. El niño se despertó. Cuando el niño se despierta el asunto se complica porque él no entiende de apagones y se niega completamente a dormir, no es que se niegue, es que, el pobrecito, no puede hacerlo sin ventilador. Lo llevé para la sala. El colchón estaba en el balcón y Sura me dijo que allí no lo acostara porque si el niño se pasaba la noche durmiendo afuera iba a coger una gripe. Por fin decidimos que era preferible que durmiera adentro. Armados de revistas nos dispusimos a proveer al niño de su sueño y comenzamos a aventarlo. Sentí el sonido de la cafetera anunciando que había terminado de colar. Me fui a la cocina empuñando mi linterna para poner azúcar al café. >>