| 01. | La libertad es el más sagrado
de los derechos Entrevista a Amir Valle por Ariadna Morales |
| 02. | Caballero de la memoria T. Avellaneda |
| 03. | Reconciliación, verdad, justicia y
magnanimidad Dagoberto valdés |
| 04. | Alternativas políticas, espacios y poder
Leonardo Calvo |
| 05. | ¿Siervos?, ¿señores?, ¡no, prójimos!
Juan Lázaro Besada |
| 06. | Mujeres latinoamericanas Paula Coral |
| 07. | La hora ¿provisional? de Raúl Castro
Reinaldo Escobar |
| 08. | Fundamentos de un gobierno del pueblo
Gerardo Martínez Solanas |
| 09. | Una noche como otra cualquiera Osvaldo Antonio Ramírez |
| 10. | Esclavitud y evangelio Dimas Castellanos |
| 11. | George Harrison in memoriam Rafael Artime Medina |
| 12. | Lezama treinta años después M. Musa |
El origen de la discordia
La Revolución Norteamericana de 1776 y la Revolución Francesa de 1789 culminan la evolución histórica del pensamiento político que postula la soberanía del conjunto de los ciudadanos por derecho propio e inalienable. Por primera vez desde la Grecia clásica se plantea la tesis de que los pueblos en su carácter soberano tienen la capacidad de gobernarse a sí mismos. Empero, el mecanismo para ese gobierno del pueblo –denominado democracia– ha derivado de estas síntesis revolucionarias en posiciones divergentes, no sólo sobre la manera de aplicarlo sino también sobre los fundamentos y principios de la idea democrática.
El énfasis de la Revolución Norteamericana se centra en las libertades, en cuya defensa justifica resultados deplorables en términos de justicia social, porque si bien apunta a un sistema que fomente las “oportunidades individuales” y la equidad ante la ley para alcanzar una calidad de vida que le proporcione felicidad y bienestar al individuo, no hace énfasis en la responsabilidad del Estado de intervenir con el propósito de mantener un mayor equilibrio social y económico. Casi simultáneamente se enfoca en Francia el concepto de igualdad, aun a costa de la libertad personal. De este concepto, proclamado por la Revolución Francesa, deriva la ideología socialista en sus diversas manifestaciones, incluido el comunismo.
Esta divergencia se acentúa en la síntesis del pensamiento económico de Marx y los planteamientos políticos del socialismo durante la segunda mitad del siglo XIX. Es la infusión del leninismo, transformado por evolución natural en estalinismo y totalitarismo, lo que determina la edificación de un sistema de gobierno centralizado y dictatorial, más conocido en nuestros días como comunismo. Empero, la idea que da origen al comunismo no es denostable en sí, puesto que plantea la democracia popular como respuesta a las deficiencias de las democracias representativas que habían evolucionado en el último siglo y trata de enfocar el concepto democrático en la premisa de constituir un genuino gobierno del pueblo como meta ulterior de una dictadura del proletariado.
Carlos Marx y Federico Engels proclaman que se accede al poder mediante una lucha de clases. Destacan que el elemento fundamental de poder es el control de los medios de producción que serían controlados exclusivamente por los trabajadores en la síntesis comunista del triunfo total del proletariado sobre la burguesía. Pero para alcanzar esa síntesis, la interpretación leninista del marxismo utilizó al Estado, dominado por la elite gobernante, para intervenir agresivamente en la lucha por el poder y acaparar en forma absoluta sus mecanismos. “No son socialistas quienes esperan que el socialismo se logrará sin una revolución ni la implantación de la dictadura del proletariado. La dictadura es el poder del Estado basado directamente en la violencia; y en este siglo XX la violencia no significa un puño cerrado ni un garrote, sino las tropas”1, afirma Lenin con férrea determinación.
La justificación a tal régimen totalitario con el eufemismo de “dictadura del proletariado” se daba por la necesidad de ejercer un poder absoluto a fin de aplastar las fuerzas de la burguesía y el capitalismo hasta que no quedase traza de ellas. Lenin no se anda con miramientos, y añade rotundamente que: “La dictadura consiste en gobernar directamente y sin restricciones jurídicas ... La dictadura revolucionaria del proletariado consiste en el poder alcanzado y mantenido por el proletariado mediante la violencia aplicada contra la burguesía; es un poder ejercido sin la restricción de ley alguna.2”
Esta teoría, que se origina en la propia Revolución Francesa, se basa en que el pueblo es soberano y, como tal, todas las leyes, y los principios jurídicos y filosóficos de los cuales éstas derivan, dependen de las decisiones irrestrictas de los ciudadanos en ejercicio de su soberanía popular. Pero la teoría marxista-leninista nos habla de un sector amorfo de los ciudadanos -el proletariado- sin preocuparse de definir su poder real y los parámetros de su aplicación ni en considerar los derechos inalienables de otros sectores no proletarios. Desemboca así en una dictadura sustentada por las tropas que ejerce de facto la elite gobernante mediante métodos de represión y con el paliativo de la promesa de que ese régimen político tiene un carácter provisional en virtud del concepto dialéctico. Por lo tanto, de conformidad con el proyecto comunista del marxismo-leninismo, no sería posible hasta el momento de alcanzar la sociedad utópica que esa elite gobernante renunciara al poder absoluto que detentaba y lo cediera buenamente a las fuerzas proletarias o, en otras palabras, renunciara a él en favor del pueblo.
La realidad histórica del siglo XX fue bien distinta, como lo atestigua el propio Mikhail Gorbachev en sus Memorias. Esa promesa no habría de cristalizar nunca, sino que se transformaría en una pugna constante por el poder, que en un sistema totalitario es con frecuencia sinónimo de supervivencia. Una testigo presencial de esta realidad, Agnes Heller, resume así esta pugna:
concord La necesidad de poder se convierte en la necesidad número uno, porque el resto de las necesidades se satisfacen en proporción directa a la posición de poder ejercida dentro de un universo político enteramente monolítico. Los pocos objetos de satisfacción restantes son asignados, exclusivamente, por los detentadores del poder central; más aún, son ellos quienes determinan las necesidades de la gente (los grupos sociales); el único criterio para tal determinación (cuantitativa) es la cantidad de objetos de satisfacción que están dispuestos a distribuir entre los distintos grupos.>>
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1. Selected Works, V.I. Lenin. Foreign Languages Publishing House, Lawrence & Wishart, London, 1960; Vol. 25, pág. 492.
2. Ibíd., Vol. 28, pág. 236.