Consenso
Número 3 de 2006 Número 5 de 2006
ESPACIO DE REFLEXIÓN Y DEBATE DEL PENSAMIENTO PROGRESISTA CUBANO
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01. La libertad es el más sagrado de los derechos
Entrevista a Amir Valle por Ariadna Morales
02. Caballero de la memoria
T. Avellaneda
03. Reconciliación, verdad, justicia y magnanimidad
Dagoberto valdés
04. Alternativas políticas, espacios y poder
Leonardo Calvo
05. ¿Siervos?, ¿señores?, ¡no, prójimos!
Juan Lázaro Besada
06. Mujeres latinoamericanas
Paula Coral
07. La hora ¿provisional? de Raúl Castro
Reinaldo Escobar
08. Fundamentos de un gobierno del pueblo
Gerardo Martínez Solanas
09. Una noche como otra cualquiera
Osvaldo Antonio Ramírez
10. Esclavitud y evangelio
Dimas Castellanos
11. George Harrison in memoriam
Rafael Artime Medina
12. Lezama treinta años después
M. Musa
   
La hora (¿provisional?) de Raúl
Reinaldo Escobar


Al cumplirse ya la primera semana del retiro provisional de Fidel Castro, y en medio de una total incertidumbre, tres son las grandes variantes que se abren:

  1. Que Fidel Castro ya haya muerto o que muera en las próximas semanas como consecuencia de la delicada operación a que ha sido sometido;
  2. que no muera de eso ahora, pero que las secuelas le impidan volver a ocupar sus cargos y 3. que se restablezca en un tiempo prudencial hasta el grado de recuperar su capacidad de gobernar, como si nada hubiera ocurrido.
Con independencia del obligatorio carácter continuista de los discursos que ahora se escuchan, si ocurriera alguna de las dos primeras variantes, las cosas tendrían que cambiar, aunque está claro que habría una notable diferencia si el “eterno jefe de la Revolución,” como se le ha llamado en estos días, lo observa todo desde su retiro o desde el más allá.

Mientras pasa lo que tiene que pasar, sólo queda esperar cómo se comportan las débiles señales. De momento se suspendieron los carnavales, se impide la entrada al país de periodistas extranjeros, se realizan silenciosas movilizaciones a la reserva militar y altisonantes declaraciones de “estamos listos para repeler cualquier agresión imperialista”; se aumenta la vigilancia de los Comités de Defensa de la Revolución y apenas aparecen en público los herederos mencionados en la “Proclama al pueblo de Cuba”, donde el Máximo Líder delegó sus cargos a su hermano Raúl Castro y traspasó otras funciones a un reducido grupo de incondicionales. Paralelamente hay otras señales: continúan los vuelos y las comunicaciones internacionales, la gente acude a su trabajo y la televisión no cesa de insistir en el incondicional apoyo de las instituciones y el pueblo a “las medidas tomadas por el gobierno”. Hasta el momento ningún dirigente de la oposición interna ha sido molestado y sólo aquellos ciudadanos, que anteriormente habían hecho intentos de salidas ilegales, han sido advertidos de que deben permanecer tranquilos. El plazo dado por Fidel Castro para mostrar las señales finales expira el 2 de diciembre de este año, cuando se conmemora el 50 aniversario del desembarco del yate Granma, y del inicio de la lucha guerrillera en las montañas, fecha para la cual pospuso la celebración de su 80 cumpleaños, que debía celebrarse este 13 de agosto.

Los cubanos del exilio, sobre todo en Miami han reaccionado con júbilo. El gobierno norteamericano ha declarado que está dispuesto a “apoyar las aspiraciones del pueblo de Cuba a la democracia y la libertad” y no acepta a Raúl Castro como un interlocutor válido, aunque aclarando que no planea una invasión.

Dentro de la isla las cosas funcionan de otra forma. Las declaraciones de los principales dirigentes de la oposición coinciden en que es un momento en que se exige serenidad y cada uno aporta su matiz particular.

Pero una cosa son los actores políticos y otra muy distinta los padres de familia; me refiero a esa gente encerrada en el infeliz epíteto de “el cubano de a pie”. Estas personas, de momento, guardan silencio y sólo en estrechos conciliábulos familiares manifiestan sus auténticas inquietudes y esperanzas. Me atrevería a resumir que no desean derramamientos de sangre ni intervenciones extranjeras y que en general ven en la nueva situación la posibilidad de que se introduzcan algunos cambios para mejorar la vida cotidiana.

La fantasía popular, apoyada en intuiciones y en deseos largamente reprimidos, ha comenzado a propalar la inminente puesta en marcha de un supuesto paquete de medidas que, esperando la oportunidad, Raúl Castro había atesorado celosamente en su gaveta. Nada de elecciones libres, ni aperturas a la libertad de expresión y asociación ni cambios estructurales o amnistía a los presos políticos, como sueñan los artífices de los proyectos de transición. Para la gente común lo que cuenta son cosas tan aparentemente sencillas como que se tolere tener un motor de petróleo en un auto de gasolina, o que se flexibilice la venta de casas, que se simplifiquen los trámites migratorios, que sea posible obtener un teléfono fijo o celular, que los salarios permitan un más fácil acceso a los mercados de alimentos y de ropa o que los hijos adolescentes no estén obligados a hacer el preuniversitario internados en una escuela en el campo. ¡Ah, si bajaran un poco los impuestos y disminuyeran los controles a los particulares que tienen un restaurante, un taxi privado o que alquilan habitaciones! ¡Si autorizaran tener pequeñas empresas como en China o Viet Nam! ¡Si permitieran comprar una moto, una computadora, un aparato de aire acondicionado, un horno de micro ondas! ¡Ah, si Raúl tomara esas medidas!

La lista es enorme, pero mayor es aún la oportunidad que tiene Raúl Castro de conquistar con cuatro migajas la simpatía popular. Son tantas las carencias que el potencial de seducción se vuelve enorme, sin necesidad de poseer una magnética personalidad carismática y sin tener que cambiar nada esencial. En la mayoría de los casos no sería necesario ni siquiera dictar leyes nuevas, a lo sumo derogar algunas caprichosas disposiciones administrativas.

Una apreciación seria, científica, de la realidad actual en Cuba, no debe reducirse a los vaticinios de transición a la democracia y economía de mercado, sino que debe incluir la nada remota posibilidad de un continuismo, e incluso de un fortalecimiento de las actuales estructuras políticas. >>

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