Consenso
Número 3 de 2006 Número 5 de 2006
ESPACIO DE REFLEXIÓN Y DEBATE DEL PENSAMIENTO PROGRESISTA CUBANO
Portada | Nosotros | Números Anteriores | Humor Gráfico | Contacto
indice

01. La libertad es el más sagrado de los derechos
Entrevista a Amir Valle por Ariadna Morales
02. Caballero de la memoria
T. Avellaneda
03. Reconciliación, verdad, justicia y magnanimidad
Dagoberto valdés
04. Alternativas políticas, espacios y poder
Leonardo Calvo
05. ¿Siervos?, ¿señores?, ¡no, prójimos!
Juan Lázaro Besada
06. Mujeres latinoamericanas
Paula Coral
07. La hora ¿provisional? de Raúl Castro
Reinaldo Escobar
08. Fundamentos de un gobierno del pueblo
Gerardo Martínez Solanas
09. Una noche como otra cualquiera
Osvaldo Antonio Ramírez
10. Esclavitud y evangelio
Dimas Castellanos
11. George Harrison in memoriam
Rafael Artime Medina
12. Lezama treinta años después
M. Musa
   
¿Siervos? ¿Señores? ¡No, prójimos!
Lázaro Besada


Abordar al hombre es un tema excitante. Más aún en estos tiempos de la postmodernidad, cuando el ser humano parece haber ignorado cuanto es y está destinado a ser para ayudar a la construcción de un entramado social apto para responder a las más íntimas necesidades de la persona.

Desde épocas muy remotas en la historia, el hombre ha padecido la terrible incertidumbre de no saber cómo obrar para alcanzar el lugar a que está llamado. La libertad inherente a cada individuo no se ha ejercido con plena conciencia y cuanto resulta aún más difícil de comprender, nos hallamos ante una encrucijada cuya duración nos enfrenta a un terrible dilema: ¿estamos capacitados para realmente hacer de nuestras vidas luz de aurora, para contribuir no sólo a nuestro bienestar, sino al bienestar común?

Recordemos la sociedad esclavista. En ella el esclavo era simplemente un objeto, privado de todos los derechos e inhabilitado de alzar su voz para reclamar los mismos, consustanciales a toda persona. Pero tristemente, esa servidumbre no ha cesado. Aún en nuestros días se encuentran hombres para quienes el ejercicio de su libertad, en la cual está implicada de igual modo su dignidad, es algo tan difícil que prefieren ¿vivir? aceptando que se les diga la manera de pensar e incluso de encaminar sus vidas. Y esta esclavitud no se debe solamente a dictámenes de orden político, sino también económicos, pues la propaganda y los mecanismos del mercado imponen formas de alimentación, vestuario y hasta de cultura que casi nunca responden a los más íntimos intereses del individuo. Ser siervo de tales dictámenes me hace pensar, que aún no conocemos cómo ejercitar una libertad responsable, la cual nada en común tiene con el desenfreno, la anarquía o la incoherencia. Por otro lado, el siervo se caracteriza por su abulia para buscar por sí mismo, por un conformismo que le lleva a aceptar cuanto le ofrecen, sin tomarse siquiera el trabajo de meditar si la propuesta formulada se acomoda a sus intereses y necesidades. Esta servidumbre, aún no ha desaparecido de nuestro planeta y es realmente muy dañina para lograr una sociedad donde el hombre sea el centro y no una mera columna de apoyo donde descansen los propósitos de quienes les dirigen.

Otro rasgo característico del individuo con mentalidad de siervo es sentirse impotente para hacer algo por cambiar o ayudar a cambiar aquellas circunstancias que le reducen como persona y de sentirse incapaz de alzar su voz para abogar por la erradicación de las injusticias de cuánto le rodea. Es realmente una persona anodina. Vive, porque biológicamente su organismo funciona, pero está espiritualmente muerto.

Del otro lado encontramos la categoría de señores, aquellos para quienes el afán de poder, de dominar, el desprecio hacia sus congéneres y la insaciable sed de imponer sus criterios a los demás, les hacen ignorar que –quiéranlo o no- esos otros son sus semejantes y tienen los mismos derechos que ellos creen su patrimonio exclusivo. No es posible aceptar, en pleno siglo XXI, estas manifestaciones de desprecio e ignorancia hacia quienes, junto con los demás hombres, tienen derecho y están convocados a construir de conjunto una humanidad más noble y justa. Si bien la servidumbre degrada a la persona humana y la sitúa en una condición de inferioridad que no se corresponde con el papel a desempeñar por el hombre como sujeto de su tiempo, tampoco la categoría de señor, ese que se coloca por encima de todos y siente que cuanto le rodea debe estar en función de servir a sus propósitos, sean estos cuáles sean, es congruente con las aspiraciones al progreso y a la plena dignificación de la persona. Quien no siente la necesidad de ayudar a sus semejantes a construir una sociedad solidaria y digna y sólo ve a su ombligo como el centro del universo es un señor, pero se ha reducido a sí mismo como persona, en tanto en cuanto desprecia la alteridad, y bien sabido es que la alteridad debe ser siempre tomada en cuenta para vivir una vida útil para todos, incluso para sí mismo.

Ejemplos harto elocuentes ofrece la historia y hasta la vida diaria. ¿Quién no ha tropezado alguna vez con uno de esos “señores”, para quienes sólo sus argumentos son válidos e ignoran que quienes les rodean, tanto como ellos mismos, tienen derecho a una existencia digna y decorosa? ¿Es lícito acaso, pensar que por el simple hecho de ocupar una posición social cualquiera, se ha adquirido el derecho de despreciar a sus semejantes e ignorar sus reclamos? Estos seudo señores son otra prueba de cuanto necesita la persona humana caminar hacia formas de entendimiento, comprensión y ayuda mutuas dignificadoras de su yo. Los tales señores, no dejan de ser meros remedos de personas humanas en la más amplia extensión de esta definición, pues olvidar a quienes nos rodean da pie al crecimiento de un egoísmo que jamás podrá hacer del hombre un ser verdaderamente digno y libre.

Sin embargo, a lo anterior podría oponerse una palabra tan hermosa, que aún cuando sea poco usada y valorada en la actualidad, tiene un significado inmenso para la realización de ese humanismo consustancial a la especie humana. Y esta palabra es prójimo.>>

REVISTA DIGITAL
1 | 2