Consenso
Número 3 de 2006 Número 5 de 2006
ESPACIO DE REFLEXIÓN Y DEBATE DEL PENSAMIENTO PROGRESISTA CUBANO
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01. La libertad es el más sagrado de los derechos
Entrevista a Amir Valle por Ariadna Morales
02. Caballero de la memoria
T. Avellaneda
03. Reconciliación, verdad, justicia y magnanimidad
Dagoberto valdés
04. Alternativas políticas, espacios y poder
Leonardo Calvo
05. ¿Siervos?, ¿señores?, ¡no, prójimos!
Juan Lázaro Besada
06. Mujeres latinoamericanas
Paula Coral
07. La hora ¿provisional? de Raúl Castro
Reinaldo Escobar
08. Fundamentos de un gobierno del pueblo
Gerardo Martínez Solanas
09. Una noche como otra cualquiera
Osvaldo Antonio Ramírez
10. Esclavitud y evangelio
Dimas Castellanos
11. George Harrison in memoriam
Rafael Artime Medina
12. Lezama treinta años después
M. Musa
   
Caballero de la memoria
T. Avellaneda


De mano en mano y de una máquina a otra, como suelen transcurrir hoy en Cuba las imágenes, las noticias y hasta aquellos libros que no podemos encontrar en nuestras pobres librerías, llegó a mi ordenador una memoria amable: desde una vieja fotografía tomada en la céntrica calle San Rafael de los años 50, un personaje mítico de La Habana -el Caballero de París- aparece envuelto en su capa, con su mirada de ensueño perdida en algún punto del espacio. Todos los habaneros que amamos nuestra ciudad, sus lugares y sus leyendas, y que en algunas de nuestras andanzas nos cruzamos años atrás en el camino de este melancólico y dulcemente triste personaje, tenemos en el Caballero de París unos de nuestros más nostálgicos recuerdos.

No se trata de inmortalizar la indigencia, la pobreza o el innoble abandono de una ciudad indiferente y fría para con uno de sus más populares símbolos. Se trata del recuerdo que concita esta anónima fotografía y de los sentimientos que despierta su contemplación. Ignoro quién fue el fotógrafo que atrapó tan vívidamente el espíritu y misterio del apacible orate; solo sé que me cautiva su humanismo profundo, el reflejo de la esencia fenecida de la ciudad que fue y que perdió, junto a muchos de sus males, todos sus bienes.

Es cierto que siempre ha habido enajenados, pero frente a esta imagen se me ocurre que cada época tiene también su propio tipo de locos. Al Caballero, como solíamos llamarle, podíamos encontrarlo vagando lentamente, ajeno al tráfico y a la agitación citadina, ensimismado y manso, presto a la reverencia cortesana agradeciendo cualquier obsequio. A veces sosteniendo libros viejos y sucios como él mismo, a veces con alguna flor en la mano, pensativo siempre. El Caballero era un loco hijo de épocas más gentiles, síntesis de una bondad que superaba las adversidades. De él imaginábamos historias, nadie supo mucho de su vida; tampoco hacía falta. Nacido en la fría Galicia, hizo de nuestra calurosa Habana su propia ciudad. Fueron suyos el Paseo del Prado, San Rafael, Infanta y San Lázaro, el muro del Malecón y –ya al final de sus andanzas libres- la céntrica esquina de 23 y 12 en el Vedado. Por entonces estaba viejo y enfermo y permanecía más tiempo sentado. Después supimos que estaba recluido en Mazorra, donde finalmente murió.

Ya no hay locos como él, románticos y serenos: los locos de hoy – ¡quién sabe por qué!– están siempre enojados, y gritan, y agreden. Los locos ambulantes de hoy carecen de la apacible dignidad que rodeaba al Caballero. Ya no hay tampoco una Habana como la que él conoció y de la que se apropió poéticamente, aun sin tener conciencia de ello. La ciudad también descubrió que lo amaba el día que el dulce loco desapareció de sus espacios. Creo que fue entonces que, voluble como una mujer bella, lo recogió y guardó en su memoria.

Hace pocos días, en casa de unos amigos, alguien mencionó casualmente al Caballero de París. Dos adolescentes que compartían la tertulia manifestaron una incredulidad sorprendente: ese personaje –dijeron- no existió, es solo una estatua que erigieron en La Habana Vieja para atraer a los turistas. Confieso que me angustié; tengo en tanta valía al Caballero como a las viejas fortalezas coloniales, como al escudo y a las llaves de la ciudad. El Caballero es uno de los espíritus que acompañan los latidos de una ciudad adolorida, pero viva y nuestra. Por supuesto, los que lo conocimos dimos a los jóvenes suspicaces una apasionada fe de su existencia, tan sincera que terminaron convencidos.

Ahora sé que no son solo los espacios materiales lo que estamos perdiendo los habaneros –nacidos o no en la geografía de la capital-; ya muchos de los más jóvenes perdieron el apego a la índole de su ciudad, y es así que cuando miran a la orilla opuesta de la bahía de La Habana, los muros de la cabaña no les sugieren el esfuerzo de los miles de seres que sudaron y sangraron para edificarlos, el legado de historia que encierran, el ánima invisible de la gran urbe, sino que significan para ellos el recinto de una discoteca, de restaurantes en moneda convertible, de todo lo que deriva de un consumismo inalcanzable para la mayoría y –por eso mismo- deseo y meta de su generación. El muro del Malecón, otrora confidente de cada romance habanero, les insinúa la línea de arrancada de otro destino añorado, más allá del horizonte. Pero, ¿acaso todo está perdido? No lo creo. Desde hace un tiempo he venido descubriendo a ciertos “locos”, tan románticos y dulces como el Caballero, capaces de soñar y de amar. Claro, que estos no son locos tristes, solitarios o resignados sino que apuestan por tiempos mejores y se esfuerzan por conseguirlos. Son los que rechazan la violencia, los perseguidores de utopías realizables, los orates imprescindibles para la Cuba del mañana.

Ayer caminé hasta la estatua del Caballero, que sobre una acera de la calle Oficios, junto a la iglesia de San Francisco de Asís, parece moverse junto a los transeúntes. Muchas jóvenes quinceañeras de La Habana, con disfraces de época, han hecho de este lugar el escenario obligado de sus tradicionales fotografías y suelen posar junto a la figura que evoca al popular personaje. Pero, más allá de excentricidades y modas, me conmovió un gesto sencillo y noble de algunas de ellas: al marcharse, colocan junto a la estatua una espiga de gladiolos. Al parecer, tantos años de iniquidad y olvido no han acabado por completo con aquel espíritu que continúa vagando, pese a todo, y hace guiños traviesos desde nuestras carcomidas memorias: ¡Salve a ti, Caballero, que no lo fuiste realmente de París, pero lo serás por siempre de La Habana!

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