| 01. | La libertad es el más sagrado
de los derechos Entrevista a Amir Valle por Ariadna Morales |
| 02. | Caballero de la memoria T. Avellaneda |
| 03. | Reconciliación, verdad, justicia y
magnanimidad Dagoberto valdés |
| 04. | Alternativas políticas, espacios y poder
Leonardo Calvo |
| 05. | ¿Siervos?, ¿señores?, ¡no, prójimos!
Juan Lázaro Besada |
| 06. | Mujeres latinoamericanas Paula Coral |
| 07. | La hora ¿provisional? de Raúl Castro
Reinaldo Escobar |
| 08. | Fundamentos de un gobierno del pueblo
Gerardo Martínez Solanas |
| 09. | Una noche como otra cualquiera Osvaldo Antonio Ramírez |
| 10. | Esclavitud y evangelio Dimas Castellanos |
| 11. | George Harrison in memoriam Rafael Artime Medina |
| 12. | Lezama treinta años después M. Musa |
Amir Valle a sus 39 años es hoy uno de los más exitosos escritores cubanos. Ha publicado más de quince títulos bajo diferentes sellos editoriales, traducidos algunos de ellos a más de cinco idiomas. Su obra ha sido difundida en las principales revistas literarias nacionales, y premiada con algunos de los más importantes galardones otorgados en Cuba y otros países. Ha antologado y prologado en varios libros a la última generación de escritores de la isla, e incursionado con éxito en la televisión y la radio.
Aquí se dio a conocer al gran público en 1990 con su libro En el nombre de Dios, premio nacional de testimonio de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), que fue objeto de investigaciones para tesis, diplomados y otros estudios superiores en varias universidades del país. Ahora se le recuerda especialmente por su ya famosa Habana Babilonia o prostitutas en Cuba, leída a hurtadillas por muchos en la pantalla del ordenador, y que ha salido impresa este año con el título de Jineteras, a cargo de la Editorial Planeta.
¿Se considera Amir Valle un hombre con suerte?
No creo, en lo absoluto, en esa farsa que es la suerte. Creo, primero que todo, que existe un Dios que me ha abierto todos mis caminos, por eso, todas mis obras (como puede comprobarse en la dedicatoria de mis libros) y todos mis actos, se los dedico a ese Cristo que un día pagó mis pecados en la cruz. Toda la gloria y todos mis triunfos son porque EL lo quiso así. En segundo lugar, creo en el trabajo. A ese Dios que muchos conocen y que otros debieran conocer, jamás le he pedido dinero ni gloria; sólo le pido que me dé fuerzas para trabajar y talento para hacer bien las cosas. Y trabajo como una bestia. De eso pueden dar fe muchos colegas de mi generación. Por ejemplo, mi querido amigo Guillermo Vidal, uno de los más grandes novelistas que ha dado este país, decía en broma que Amir Valle no era una sola persona, que Amir Valle eran un consorcio de enanos, gorditos como yo: uno escribía ensayos, otro escribía cuentos, otro hacía novelas, otro daba talleres, otro atendía los trabajos oficiales, otro hacía las relaciones públicas, etc.
Todo lo que he logrado se lo debo a eso: a estar escribiendo y metido en montones de proyectos mientras otros se dedican a la farándula literaria, a las usuales comidillas y chismorreos del mundo literario, o a perder el tiempo en poner su prestigio y obra al servicio de instituciones y políticas que luego, en la intimidad, critican. Prefiero trabajar y no hacer cosas como ésas que, por cierto, me asquean. Pienso que la intelectualidad cubana ha olvidado su papel protagónico a lo largo de nuestra historia, se ha conformado con silenciar su voz y servir de marionetas. Ante esa situación, como respuesta, escribo todavía más.
Usted pertenece a las generaciones de escritores cubanos surgidos en el contexto histórico de la Revolución cubana. ¿Cómo ha influido este hecho en su obra y en su propia formación?
Nací y crecí dentro de la Revolución y, por ello, sería injusto decir que no me favorecí, como cualquier ciudadano común, con algunas cosas que ese proyecto social ofrecía (y nótese que hablo en pasado). Pero a la hora de hacer un balance objetivo, real, no creo deberle nada a la Revolución. Si tuve alguna deuda, sé que ya pagué con creces y hasta con intereses por todo lo que, dentro de esta Revolución, me ha ido faltando. Creo más bien, por ejemplo, que la Revolución me debe respuestas sobre qué ha hecho, acá en la Isla, con mis derechos de ciudadano y de intelectual. Hay quien dice: “eres un producto de los talleres literarios, que es un proyecto de la Revolución”, y yo le respondo que, si acaso, soy un producto de los esfuerzos sobrehumanos de un ser tan especial como Aida Bahr, que allá en Santiago, se empeñó en enseñarnos muchas obras, luchando contra las burocracias de la Revolución a la que le importaba un carajo que un tipo como yo quisiera escribir, excepto a la hora de poner mi nombre en un informe de cumplimientos culturales. Si acaso, le debo lo que soy a ese ángel negro que fue Salvador Redonet, que apostó por nosotros y lanzó nuestros nombres a la palestra literaria nacional. O a Eduardo Heras León, que fue mi mentor intelectual hasta que descubrí que ya no era tiempo de seguir bajo su magisterio. Tampoco, como han dicho otros, le debo mi carrera de periodista a la Revolución, porque con los tres años que estuve en Cienfuegos, pasando trabajo para trabajar en mi servicio social, rendí tanto y sufrí tanto y tuve que tragar tantos buches amargos en mis primeros choques con la palabra censura, o con las manipulaciones de información a la que nos vemos obligados los periodistas, que he pagado con creces, a precio de silencio obligado, cualquier deuda.
Puedo decir, y esa es otra de las respuestas que aún espero, que a la Revolución y a sus cegueras y modos de querer callar al periodista, le debo no haber ejercido más un oficio que me encanta. Y lo que, indudablemente, le debo es que, por haber vivido una realidad tan absurda, tan compleja, tan contradictoria, dentro de este proceso social, me he sentido en condiciones, primero, de reflexionar muy duro sobre mi pertenencia a la izquierda, a la cual no he renunciado, y segundo, de escribir con entera libertad sobre esa realidad en mis libros y mi periodismo, que sigo haciendo para mí, de modo muy independiente.>>