Consenso
Número 3 de 2006 Número 5 de 2006
ESPACIO DE REFLEXIÓN Y DEBATE DEL PENSAMIENTO PROGRESISTA CUBANO
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01. La libertad es el más sagrado de los derechos
Entrevista a Amir Valle por Ariadna Morales
02. Caballero de la memoria
T. Avellaneda
03. Reconciliación, verdad, justicia y magnanimidad
Dagoberto valdés
04. Alternativas políticas, espacios y poder
Leonardo Calvo
05. ¿Siervos?, ¿señores?, ¡no, prójimos!
Juan Lázaro Besada
06. Mujeres latinoamericanas
Paula Coral
07. La hora ¿provisional? de Raúl Castro
Reinaldo Escobar
08. Fundamentos de un gobierno del pueblo
Gerardo Martínez Solanas
09. Una noche como otra cualquiera
Osvaldo Antonio Ramírez
10. Esclavitud y evangelio
Dimas Castellanos
11. George Harrison in memoriam
Rafael Artime Medina
12. Lezama treinta años después
M. Musa
   
Lezama treinta años después
M. Musa


El acontecimiento suele poner trampas a la comprensión. Es sabido que la muerte de José Lezama Lima, en el mes de agosto de 1976, apenas mereció una muy escueta nota de condolencia en el periódico Granma, y que desde pocos años antes, si se juzgara por las referencias que es posible extraer de las publicaciones periódicas cubanas, el escritor parecía haber desaparecido. Al año siguiente, cuando apareció la novela en la que estaba trabajando al morir, Oppiano Licario, su efecto fue menor que el desafío de una propuesta que sólo podía ser entendida en conexión con la totalidad de la obra lezamiana y, en particular, con Paradiso, su anterior novela. Hay obras que necesitan de condiciones especiales para estallar, mecanismos de relojería que explotan muchos años después de haber sido colocados en manos del lector. En el caso de Lezama, no fue sino hasta 1981, con la publicación de la compilación de su Poesía completa, que el “efecto Lezama” comenzó a extenderse por la totalidad de la literatura nacional trastornando maneras de escribir o, cuando menos, instalando en el corazón del imaginario de la literatura una serie de conceptos ante los cuales no había manera de ser indiferente. Basta comparar la escritura poética ad usum durante los 70 cubanos, marcados por una evidente vocación de transparencia comunicativa, con la escritura joven de los 80 para sentir la presencia del universo lezamiano, tanto en las palabras como en el arsenal tropológico usado, en los universos referenciales con los que trabajan los autores y, sobre todo, en el sentido del acto de escritura en sus relaciones con el tiempo, la tradición y el concepto mismo de la poesía, el poeta y el poema.

Haber sido el único de los escritores cubanos, de cualquier género, que se planteó la construcción de aquello que denominó un “sistema poético del mundo”, alcanza para concederle un lugar único en la literatura nacional. Un sistema poético de extraordinaria complejidad y entrelazamientos internos, que se desarrollaba en varios niveles simultáneos. Primero, mediante la unidad de los universos culturales de la antigüedad egipcia, china, greco-latina, el surgimiento de la cristiandad, el bajo medioevo, y finalmente, el fabuloso salto que conecta todo esto con la revolución cubana, recién triunfante en 1959, a través de la figura de José Martí. Segundo, gracias a la creación de un desarrollo de sentido paralelo, y en sus comienzos simultáneo, que transcurre en la nueva locación del espíritu que significa el encuentro del conquistador español con el “espacio americano” y el rebrote en América de una energía creadora que parecía haberse agotado en Europa. Puesto que también aquí es interpretado José Martí como la figura en la cual confluyen las diversas tradiciones americanas, no es descabellado suponer que “lo americano” alcanzaría su plena configuración con el triunfo de la misma revolución cubana que en el sistema aparecía como el momento más alto de las llamadas por Lezama “eras imaginarias”.

El tercero de los grandes aportes lezamianos está en su teoría sobre la dialéctica entre poesía, poeta y poema, entre imagen y metáfora, causalidad e incondicionado poético, origen e hipertelia, pobreza y posibilidad, escritura y resistencia, pasado y futuro; es decir, la poética como tal. Para desplegar este gigantesco edificio de pensamiento, Lezama movió una de las culturas más vastas que jamás haya tenido un cubano: citas de filósofos chinos, discusiones con Hegel O Heidegger, versos de Góngora, descripciones de obras arquitectónicas del barroco americano o europeo, libros de los cronistas de la conquista de América, del Inca Garcilaso de la Vega, los diarios de José Martí, los poemas de Julián del Casal, los místicos españoles del Siglo de Oro, la Biblia, los Padres de la Iglesia Católica, un conocimiento apabullante de la mitología greco-latina, del panteón religioso del Antiguo Egipto. En sus ensayos, novelas o poemas, las referencias se entrecruzan y superponen, el lenguaje se enrevesa hasta marear o torturar, la exigencia al lector se torna máxima porque la escritura entrega varios niveles de significado en una misma frase. Es un juego, un reto, un viaje detectivesco, un corrientazo que pone la mente en permanente tensión y, sobre todo, un interminable acto de alegría.

A treinta años de su muerte, la obra y figura del escritor continúan creciendo. De muchos de quienes lo negaron, prohibieron, odiaron o hincaron ni siquiera recordamos el nombre. Alguna vez, en una de las cartas a su hermana Eloísa, escribió: “…me entenderán dentro de treinta años”. Bueno, pues esta es la fecha.

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