| 01. | Qué es la Comisión Progreso Global Felipe González |
| 02. | Veinte de mayo. Por una nación de todos, con todos y para todos Dimas Castellanos |
| 03. | Dejando atrás la razón cínica Manuel Cuesta Morúa |
| 04. | Para un diálogo entre cubanos: el país de los difuntos T. Avellaneda |
| 05. | Después de Castro ¿qué? Luis Yáñez-Barnuevo |
| 06. | El soldado, el monje, el ciudadano Reinaldo Escobar |
| 07. | ¿Acaso no somos responsables? Luxas Canovas |
| 08. | Un mundo dividido: la enajenación en la obra de Cristina García Paula Coral |
| 09. | Releyendo a Mañach Rogelio Fabio Hurtado |
| 10. | Evocación de un antepasado Rafael Artime Medina |
| 11. | Confesiones desde el umbral de los cincuenta Juan Lázaro Besada |
Reflexionar es siempre excitante. Sobre todo cuando el hombre busca enfrentarse con su propia historia, la personal y la del tiempo en que le ha tocado vivir. Y pensar en Cuba hoy, pensar en cubano y con amor por la tierra donde se ha nacido y vivido, es un reto. Exige una gran dosis de valentía y de serenidad, para no ser víctima de los extremismos, conducentes a críticas acerbas y odios incapaces de ayudar a la claridad del pensamiento. He vivido, como tantos y tantos habitantes de esta isla, inmerso en un proceso social único, que ha sido -y es- cuestionado por unos y admirado por otros. Pertenezco, y ojalá la expresión no resulte ofensiva, a una generación que quedó atrapada en las redes de una tela de araña bien espesa, porque no pudo en su momento disfrutar a plenitud de muchas de las modas de sus años mozos. La Cuba revolucionaria de finales de los años sesenta y setenta, era un país dogmático, totalmente cerrado a la cultura occidental, donde resultaba peligroso declararse admirador de los Beatles, los jeans marca Lee o Levy Strauss, o tener el pelo largo (la tan manipulada melena) por considerarse un símbolo del capitalismo decadente y una declaración de peligrosidad social. ¿Cuántos nos vimos obligados a dejar de vestir las ropas de moda o llevar el cabello a nuestro gusto so pena de ser considerados elementos nocivos para la sociedad, como si el cabello largo o el vestir a la moda indicaran cuáles eran nuestras verdaderas ideas y sentimientos?
No todo era negro en esos años recordados con nostalgia. El país se transformaba. Muchas de las lacras heredadas de la dictadura de Batista se iban borrando de la faz de la ciudad. Los prostíbulos habían desaparecido; los casinos de juego, la mendicidad en la calle, las escuelas exclusivas, las clínicas para los pudientes, el desempleo y los barrios marginales cedían su lugar a nuevas concepciones que beneficiaban a la gran mayoría de la población. Pero nosotros, los nacidos en los primeros años de la década del cincuenta, estuvimos sometidos a restricciones que no podían gustarnos, pues nos mantenían al margen del flujo de la juventud mundial.
Había carencias. Cierto, pero eran compartidas por igual. No se apreciaban grandes diferencias sociales y todos creíamos haber emprendido un camino que nos llevaría a conquistar la anhelada y hasta aquel momento desconocida en nuestro país, justicia social. Sin embargo, para la juventud de aquellos años, algunas cosas estarían vedadas.
Quien tenga bien despierta la memoria comprenderá y recordará los excesos cometidos en nombre del socialismo y de la seguridad nacional, las limitaciones a la libertad de información y el flujo de las ideas, contrarios a la dignidad del ser humano. Aún recuerdo las innumerables ocasiones en que algunos de los jóvenes de aquellos tiempos fueron impedidos de acceder a estudios superiores por manifestar abiertamente sus creencias religiosas. Fuimos excluidos por querer ser lo que éramos, simplemente jóvenes. No se nos permitió manifestarnos como queríamos, aun cuando tuviésemos las ideas claras y estuviéramos dispuestos a trabajar por el bienestar de la nación, apoyando a una revolución que en muchos sentidos también nos había marcado por dentro y enseñado que le interesaba la dignidad del hombre.
Lentamente, la sociedad fue cambiando. Pero estos cambios ya pertenecían a las “nuevas generaciones”, aquellas que conocieron la escuela al campo y las becas -ya en nuestra época las había, pero no gozaban de nuestra preferencia.
La implantación del Servicio Militar Obligatorio devino otro de los deberes cumplidos penosamente, pues no entendíamos para qué era necesario si en definitiva nosotros queríamos ser estudiantes universitarios, trabajadores de la ciencia o de la cultura, pero en modo alguno teníamos vocación militar. Sí, comprendíamos la necesidad de defender al país, pero no queríamos vernos obligados a abandonar nuestros hogares y nuestros círculos de amistades para servir con las armas por tres años. ¡Y aún hoy no lo entendemos, aunque muchos tuvimos que pasar por esa experiencia! Ahí comenzó la famosa “resolvedera” de certificados médicos para presentar enfermedades que nos liberasen de ir al “verde” y convertirnos en “siete pesos”.
Bueno, muy bueno fue, que pudiéramos tener tantos lugares donde distraernos y con unos precios hoy prehistóricos, o cuando menos, pertenecientes a otra galaxia. Cafeterías, restaurantes, círculos sociales donde ir a disfrutar de la playa y bailar, heladerías como “Copppelia”, símbolo de la juventud, y muchísimos cines que estrenaban películas buenas todas las semanas. Fue una época bella, tan bella como para calificarla, con perdón de Shakespeare, como el sueño de una noche de verano.
Sin embargo, se nos quedó en la piel la amargura de no poder escuchar la música que queríamos o leer los libros tan deseados, pues cierta literatura estaba prohibida por ser “desviación ideológica”. Nos enseñaron a pensar con “cabeza tipo cohete”, esto es, teledirigida. Y eso sí resultaba bien desagradable.
Cuando pasaron los años, ya bien entrados los ochenta, casi a comienzos de los noventa, nos dimos cuenta -tarde, lamentablemente- de que las cosas comenzaban a cambiar. Ya no estaban prohibidos los Beatles (habían desaparecido hacía más de una década), usar jeans no era sinónimo de diversionismo ideológico, ver filmes producidos en los Estados Unidos no era tan peligroso, ni siquiera el delito mayor, por el cual muchos fueron a parar a la cárcel -la posesión de dólares- era ya delito. Habían sido puestos oficialmente en circulación y muchos que cumplieron condena por su posesión ilícita, al salir de prisión se encontraron con que aquello por lo cual habían perdido su libertad era ahora algo tan común como darle un beso a la novia de turno.
Entonces comenzaron las verdaderas frustraciones. ¿Sería posible que quienes antes eran traidores, apátridas, agentes del imperialismo por el simple hecho de haberse marchado del país, regresaran ahora como turistas, con los bolsillos repletos de “moneda dura” y nos restregaran en la cara cuánto eran capaces de comprar y regalarnos a quienes, porque amamos a nuestro país y lo queremos, aunque no pensemos del modo oficial, nos habíamos mantenido dentro de él, trabajando y viviendo como simples ciudadanos? ¿Qué había sucedido? ¿Merecimos esta suerte?>>