Consenso
Numero 1 de la revista
ESPACIO DE REFLEXIÓN Y DEBATE DEL PENSAMIENTO PROGRESISTA CUBANO
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01. Desde la Catedral
de las yaguas

Entrevista con Dagoberto Valdés
por Yoani Sánchez
02. Religión y Revolución
Rogelio Fabio Hurtado
03. Trabajadores sociales
¿el nuevo ungüento de la Magdalena?

T. Avellaneda
04. Beneficios colaterales
Reinaldo Escobar Casas
05. Las dos izquierdas
Teodoro Petkoff
06. No fueron días hermosos
Micael Ávalos
07. Lennon y Castro se encuentran en La Habana
Leonardo Calvo
08. Graham Greene regañado
Antonio José Ponte
09. Individuo y Sociedad
José R. López
10. El carácter de los cubanos
José Manuel Cortina
Lennon y Castro se encuentran en La Habana


Leonardo Calvo


Al cumplirse veinte años (8 de diciembre de 2000) de que la humanidad fuera abruptamente privada del talento artístico y la imponente personalidad del ex Beatle John Lennon, Cuba no quedó ajena a la conmemoración de tan significativo acontecimiento. Las comunidades cultural y beatleriana de nuestro país prepararon, para la ocasión, un programa de diversas actividades cuyo centro sería la develación de una estatua de bronce del connotado músico, sentado en un céntrico parque de La Habana.

Con grandes expectativas y febril entusiasmo nos acercamos a estas manifestaciones públicas oficialmente autorizadas, que serían un acontecimiento sin precedentes entre nosotros, dada la muy escasa difusión y nulo reconocimiento que se le brindó al fenómeno Beatles durante muchos años. En los ambientes previos a la conmemoración nada presagiaba anomalías ni imprevistos.

Un prócer cubano de origen extranjero que entregó su vida y la de sus hijos a la más noble de nuestras causas; quien mucho nos amaba y conocía nos definió: ¡ay criollo, si no llegas te pasas!

Y así, lo impensado sucedió la tarde de la develación. Los que creímos que aquella sería una ceremonia sencilla pero solemne, casi íntima aunque pública, fuimos increíblemente sorprendidos al verla convertida en un acto oficial de gobierno, estelarizada por el mismísimo Comandante Fidel Castro, con toda la parafernalia del caso y su conocida secuela de restricciones, prohibiciones y paranoias -no faltaron las barreras ni las consabidas invitaciones- que de paso dejaron fuera del recinto a muchos que habían bregado durante décadas para que aquel acto pudiera ser posible. Sólo el azar propició que algunos miembros del flamante Club Beatles Soul de La Habana pudiéramos ser cercanos testigos del, por muchas razones, histórico acontecimiento.

Mientras asistíamos entre emocionados y perplejos a la singular concreción del tardío reconocimiento-homenaje que por fin se les ofrecía a los genios de Liverpool, la mente de muchos volaba varios lustros atrás, al principio y devenir de su propia historia con los Beatles.

Yo no tengo una referencia anterior, pero aquella noche en que reparé en ellos por primera vez, mi espíritu y sensibilidad fueron profundamente estremecidos. Un emblemático programa radial que todavía existe y que en aquellos lejanos y agitados días descorría tímidamente el grueso velo de la censura oficial me los entregó en esas tres primeras canciones que cortaron mi aliento.

Sin dudas ellos convirtieron mi existencia en vida, acompañados en ese cometido -al pasar los años- por el amor incondicional de mis amigos, mi hija y mi apego indeclinable a la libertad; referentes y valores que se fueron entrelazando y a veces confundiendo: mi hija se llama Eleanor (como la señora Rigbi), muchas grandes amistades se forjaron y crecieron bajo la sombra y el sonido de nuestros ídolos, y mi sentido de la libertad e independencia individual se tuvo que curtir haciendo valer la legitimidad de mi predilección por ellos frente a la incomprensión y el rechazo intolerante que han prevalecido durante años entre nosotros.

Es obvio recordar que el fenómeno Beatles rompe barreras y une generaciones. De los "beatlemaniacos" mayores recogimos los testimonios de acoso y ostracismo que durante muchos años castigaban a los que se negaban a desoir el lenguaje cultural de su tiempo; y con ellos compartimos la triste vivencia del silencio a que fue condenada en Cuba una obra musical y una visión humanista y pacifista de trascendencia universal, sin comprender cómo una nación de occidente podía intentar vivir ajena a un fenómeno musical, artístico, cultural y social de tal alcance y envergadura.

Pero la grandeza inveterada de los Beatles y la convicción perseverante de sus seguidores en Cuba posibilitaron que llegara ese día en que, al decir de un alto funcionario de vista amplia, John Lennon y con él los Beatles, se insertaran oficialmente y por derecho propio en el ámbito socio-cultural de la nación cubana.

La develación presidencial de la estatua de John Lennon es la confirmación tácita, pero expresa, de que hay justicia en la fe y legitimidad en la persistencia de los que durante muchos años y sobre grandes obstáculos defendieron el derecho de los cubanos a conocer y disfrutar de las excelencias del más grande suceso cultural del siglo. Las únicas lágrimas dulces que he probado en mi vida son aquellas que derramé esa tarde en que sobrecogidos e incrédulos asistíamos a la materialización de lo anhelado; lágrimas irrepetibles del que tiene el raro privilegio de vivir en plenitud lúcida un sueño largamente acariciado y presumiblemente irrealizable.

No es raro o destacable que alguien -aunque tenga mucho poder- cambie una actitud o posición equívoca e injusta, lo que resulta inaceptable es que al hacerlo no se digne a reconocer la intolerancia y los errores, más cuando estos han causado tanto daño a la sensibilidad y el derecho ajenos.

En los rimbombantes discursos y declaraciones que altas autoridades hicieron para la ocasión, no hubo una sola palabra para desagraviar a las tantas veces incomprendidas y represaliadas víctimas de la inconsecuencia y los excesos; por el contrario se dedicaron al estéril empeño de hacer coincidir la rebeldía contestataria y el sentido humanista que caracterizaron la vida y obra de John Lennon con los postulados ideológicos y políticos que sustentan al sistema político aquí vigente.

Ese día sólo dos de los allí presentes se abstuvieron de aplaudir la participación del presidente cubano: el propio Lennon -siempre irreverente pero hoy más maduro y asentado ya cumplidos los sesenta- y otro anónimo asistente. No debe caber duda de la consideración que profesan el ex Beatle y su anónimo admirador a las autoridades oficiales, pero hay ocasiones y circunstancias en que el respeto a uno mismo debe prevalecer sobre cualquier consideración protocolar y jerárquica. >>

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