Consenso
Numero 1 de la revista
ESPACIO DE REFLEXIÓN Y DEBATE DEL PENSAMIENTO PROGRESISTA CUBANO
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01. Desde la Catedral
de las yaguas

Entrevista con Dagoberto Valdés
por Yoani Sánchez
02. Religión y Revolución
Rogelio Fabio Hurtado
03. Trabajadores sociales
¿el nuevo ungüento de la Magdalena?

T. Avellaneda
04. Beneficios colaterales
Reinaldo Escobar Casas
05. Las dos izquierdas
Teodoro Petkoff
06. No fueron días hermosos
Micael Ávalos
07. Lennon y Castro se encuentran en La Habana
Leonardo Calvo
08. Graham Greene regañado
Antonio José Ponte
09. Individuo y Sociedad
José R. López
10. El carácter de los cubanos
José Manuel Cortina
Las dos izquierdas
Teodoro Petkoff


Después de la Guerra Fría, muchos partidos de la llamada «familia de la izquierda latinoamericana» modernizaron sus doctrinas y se alejaron del socialismo real, buscando profundizar la equidad social y la democracia. Sin embargo la izquierda no es homogénea. Hay otra corriente de inspiración radical que actúa mediante el personalismo, el autoritarismo y el control férreo de los poderes públicos, lo que la sitúa al borde de la democracia formal. Aunque el auge de la izquierda no parece coyuntural ni efímero, las diferencias de estilo y contenido que afloran frente a la hegemonía estadounidense, son una prueba para su vocación democrática y su perdurabilidad.

Con la reciente asunción del mando de Tabaré Vázquez en Uruguay, se marca un nuevo hito en el copernicano viraje hacia la izquierda que se viene dando en el continente latinoamericano y caribeño. Desde el decano de todos los gobiernos, el cubano de Fidel, hasta el uruguayo de Tabaré, con el Brasil de «Lula», la Guyana de Jagdeo, la Argentina de Kirchner, el Chile de Lagos, la Venezuela de Chávez, el Panamá de Torrijos, la Dominicana de Leonel Fernández, son ya nueve los regímenes considerados de izquierda en la región. Si a esto añadimos, como fenómeno emparentado, que en Nicaragua el sandinismo parece encaminado hacia el retorno al poder, en El Salvador el Frente «Farabundo Martí de Liberación Nacional» controla el Parlamento y la mayoría de las municipalidades, y en Bolivia, el Movimiento Al Socialismo ha devenido la primera fuerza política del país, se puede decir que estamos en presencia de una tendencia histórica, de un cambio profundo en el humor político del continente y no de episodios aislados, casi casualidades dispersas en el tiempo, como lo han sido Cuba (1959), Chile con Allende (1970) y Nicaragua con el sandinismo (1979).

Los pueblos del continente, masas urbanas y rurales que más allá de los partidos tradicionales y de las prédicas de sus dirigentes, están colocando sus esperanzas y expectativas en la casilla izquierda del espectro político. Después de décadas de dictaduras militares desarrollistas y de democracias populistas y/o neoliberales, cuyo balance, ofrecido en conjunto –rehuyendo todo maniqueísmo y sin equiparar unas y otras ni detenernos en los matices específicos–, ha sido un legado de degradación institucional, corrupción y crecimiento económico precario y contradictorio, que condujo hacia las sociedades más injustas y desiguales del planeta –en permanente crisis social e inestabilidad política.

Por supuesto que utilizamos la denominación «izquierda» de un modo genérico, deliberadamente simplificador y esquemático, puesto que en el elenco de gobiernos de izquierda que hemos mencionado los matices y las diferencias entre ellos son bastante marcados. Más adelante nos ocuparemos de este aspecto.

Paradojas falsas

Por paradójico que luzca a primera vista, este fenómeno es inseparable del colapso del imperio soviético. Desaparecido éste, y con él la lógica de la Guerra Fría, los movimientos y partidos progresistas del mundo –y en particular los de América Latina y el Caribe, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos–, ya no tropiezan con ese techo que colocaba a sus aspiraciones el implacable determinismo de las «esferas de influencia», que derivaba del «equilibrio del terror» entre la URSS y EEUU. Ambas superpotencias se cuidaban mucho de permitir en sus respectivos ámbitos geopolíticos la emergencia de gobiernos de los cuales sospecharan siquiera una mínima posibilidad de que pudieran, de un modo u otro, servir a la estrategia global del archirrival. Más aún, una regla no escrita de la confrontación era la de reducir la protesta ante los abusos de cada parte en «su» esfera a meras formalidades diplomáticas. Ni la URSS ni EEUU se mostraron dispuestos a apretar los botones nucleares por la «defensa» de Hungría, Checoslovaquia, Polonia o Afganistán, en un caso; ni por la de Guatemala, Santo Domingo, Nicaragua o Chile, en el otro. Estaba sobreentendido que cada superpotencia tenía «derecho» a impedir –e incluso a destruir si no lograba lo primero–, la instalación de fórmulas políticas en países de «su» área de influencia que no se ajustaran a sus respectivos paradigmas geopolíticos y geoestratégicos. Si bien este escenario fue perturbado por la Cuba que se declaró socialista en 1961 y se colgó de la percha soviética –como consecuencia de un proceso inesperado, que tomó por sorpresa a EEUU, colocándolo ante un fait accompli–, la crisis de los cohetes, en octubre de 1962, llevó a un acuerdo que aunque toleraba, ciertamente, la permanencia del gobierno revolucionario, cerró toda posibilidad de que el territorio cubano pudiera ser utilizado por la URSS con propósitos militares. La crisis de los cohetes evidenció, hasta un punto cuyas consecuencias asumieron tanto americanos como soviéticos, que las esferas de influencia de cada parte eran intocables. Desde luego, también estaba implícito el «derecho» de cada superpotencia a respaldar y hasta promover movimientos políticos afines en el «otro lado» –sin desmedro de que pudieran desentenderse de su suerte si ésta comprometía el equilibrio.

El mundo era dinámico y ambas superpotencias lo sabían. De lo que se trataba era de que se dinamismo no excediera los límites que cada imperio consideraba inviolables para su seguridad: EEUU invadió Santo Domingo, propició el pinochetazo en Chile y armó a la contra en Nicaragua. En parangón, la URSS invadió Hungría, Checoslovaquia y Afganistán, y auspició el golpe de Jaruzelski en Polonia. África y el Sudeste asiático constituían una suerte de «tierra de nadie», donde los dos grandes bloques se confrontaban, de manera vicaria, sin que ello afectara especialmente el balance de las esferas de influencia, cualquiera fuera el desenlace del enfrentamiento. Así, las guerras de Corea, Vietnam, Zaire, Angola, Etiopía, no alteraron el statu quo del planeta.

Todo esto cambió al desaparecer la URSS. Los policy makers norteamericanos dejaron de percibir en gobiernos de izquierda en América Latina y el Caribe una amenaza a sus intereses estratégicos. Ya no había un gran rival del cual se temiera que pudiera instrumentalizarlos. Mucho menos paranoia y menos síndrome del Dr. Strangelove predominan ahora entre quienes toman las decisiones en EEUU. Sin embargo, después de que se esfumaron las ilusiones sobre un Nuevo Orden mundial –denominación que se dio a la Pax Americana–, y sobre el hegelo-fukuyámico «fin de la historia», el mundo se complicó de nuevo. >>

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