Consenso
Número 3 de la revista Número 5 de la revista
ESPACIO DE REFLEXIÓN Y DEBATE DEL PENSAMIENTO PROGRESISTA CUBANO
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01. Yo soy el cubano que
quiero ser

Entrevista con Pedro Luis Ferrer
02. Notas para Utopía
Rogelio Fabio Hurtado
03. ¿Maestros emergentes: verdadero magisterio?
Juan Lázaro Besada Toledo
04. Tipo de cambio
José Pérez León
05. Páginas del movimiento sindical cubano
Roberto Simeón
06. 100 mil viviendas: ahora tampoco
Dimas Castellanos
07. Sobre crítica
M. Musa
08. Sartre centenario
Antonio José Ponte
09. En el dédalo de las Utopías
T. Avellaneda
10. Un hombre contra un pueblo
Emilio Roig de Leuchsnring
11. La censura
Pedro Luis Ferrer
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>Un hombre contra un pueblo (2)

Emilio Roig de Leuchsenring



Lo autocrático en él aumenta progresivamente día tras día. De cuantos le rodean y le adulan, se expresa en privado en los términos más despectivos, cuando no le sirven inmediatamente, o se equivocan o le causan conflictos o dificultades. Como a muñecos utiliza a sus súbditos, con mayor desprecio cuanto más fama de notables o sabios tengan, recreándose al ver a estos ilustres, postrados a sus plantas, por miedo, por servilismo o por interés.

Tiene fe viva en el absolutismo y en el destino. Se cree elegido por la divinidad para regir y salvar a su pueblo, con misión sagrada que no puede eludir, se juzga continuador y hasta engrandecedor de los fundadores de la patria, cuyos nombres constantemente invoca en sus discursos.

"Su carácter era más voluble que lo que suele ser en ningún hombre... Signos del voluble estado de sus nervios son sus dos ocupaciones favoritas: viajes y discursos. El constante viajar, símbolo del que huye de sí mismo y de un corazón que no ama el silencio, así como el hablar en público, en alguna ocasión, hasta cuatro veces en un día, era medios para calmar sus insaciables nervios.”

Otra de las manifestaciones de su naturaleza era la afición a las zarandajas. Su juguete preferido era el ejército. Le encantaba recibir y dar condecoraciones en ceremonias a las que asistían los cortesanos y en las que solía pronunciar, conmovido, algún discurso de tonos heroicos; o concurría frecuentemente a fiestas o actos militares, que se convertían en paradas teatrales.

"Una forma aún más descarada de su farandulería son los discursos. Todo en ellos era falso: su emoción, sus afirmaciones, sus promesas, sus juramentos, su cacareado patriotismo... porque era, por encima de todo, un gran comediante.

Lo mismo que ve en el ejército apariencia, apostura y uniforme, así ve en todas partes con sus ojos de comediante, las escena que se debe representar.

Sus afectaciones proceden de este afán de teatralidad. No son solo las expresiones de la cara, siempre compuesta y dispuesta para la fotografía, que pasa de la expresión profundamente seria a la risueña, y por última a la francamente alegre, pero sin dejar nunca de ser dominante, sino también otras farsas que resultan casi simbólicas.

El arte de actor, de borrarse a sí mismo para representar a una persona extraña, lo demuestra también el distinto modo de tratar a cada uno, presentándose como obrero entre los obreros, industrial con los industriales, soldado con los soldados... Por eso encanta la primera vez a casi todos... se asimila con la mayor rapidez una noción superficial de cualquier tema, sea el que sea, en tal forma que es capaz de hablar de ella como si él mismo la hubiese descubierto, de esta manera engaña a las personas, que admiran sus conocimientos, su admirable capacidad de trabajo y su fenomenal capacidad de comprensión.

La tercera y más intensa de las formas de su nerviosidad es el miedo, contradicción flagrante con la pose de Atila.”

Sus alardes de valor, de guapería, no son en el fondo sino la manera de disimular el miedo. Ve enemigos que quieren matarlo, en todas partes, y toma para impedirlo mil precauciones, rodeándose constantemente, donde quiera que va, de tropas y policías.

Tenía delirio por codearse con los poderosos del dinero o de la aristocracia y alternar con ellos: “aceptaba regocijado las invitaciones de las gentes ricas".

La adulación de todos y en todo, es abrumadora.

“De todos los círculos y clases, de todas las regiones, en la alegría y la tristeza, en días de fiesta y en días de trabajo, fueron innumerables las corrientes de adulación de sus súbditos que llegaron hasta él. Ministros y empleados, embajadores y otros representantes diplomáticos, intelectuales, profesores universitarios, periodistas, gente de sociedad, todos le adulan servilmente, hasta lo inconcebible, todos se adelantan a admirar y satisfacer sus deseos, sus caprichos, su voluntad. Como aduladores figuran en los primeros lugares los militares y a su cabeza los generales y jefes, todos estos con su magnífica disculpa: la obediencia, pero la adulación, más allá de la obediencia, llega al rebajamiento.

En este ambiente de falsedad, de hipocresía, de mentira, hay una gran mentira de fatales consecuencias para el país. Estando todo como está en manos del autócrata: fiebre de trabajo. ¡Mentira! Aunque el autócrata pregone a diario que trabaja incansable tantas horas al día, es mentira, mentira!

“Lo que causa mayor preocupación a todos los que tienen que trabajar con él es que no tiene ninguna gana de trabajar... Distracciones, juegos con el ejército y la marina, viajes, cacería, pescas, son para él lo principal: así es que apenas si le queda tiempo para el trabajo. Lee muy poco, apenas si escribe, y considera como el mejor informe o expresión o memorando el que termina más pronto. Es verdaderamente escandaloso como los informes oficiales engañan al gran público sobre la actividad del autócrata; según ellos está ocupado desde la mañana hasta la noche.

Nada se estudia y todo se resuelve imprevisoramente, según el capricho o los intereses particulares del autócrata y su camarilla, y en contra, desde luego, del país. >>

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