Consenso
Número 3 de la revista Número 5 de la revista
ESPACIO DE REFLEXIÓN Y DEBATE DEL PENSAMIENTO PROGRESISTA CUBANO
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01. Yo soy el cubano que
quiero ser

Entrevista con Pedro Luis Ferrer
02. Notas para Utopía
Rogelio Fabio Hurtado
03. ¿Maestros emergentes: verdadero magisterio?
Juan Lázaro Besada Toledo
04. Tipo de cambio
José Pérez León
05. Páginas del movimiento sindical cubano
Roberto Simeón
06. 100 mil viviendas: ahora tampoco
Dimas Castellanos
07. Sobre crítica
M. Musa
08. Sartre centenario
Antonio José Ponte
09. En el dédalo de las Utopías
T. Avellaneda
10. Un hombre contra un pueblo
Emilio Roig de Leuchsnring
11. La censura
Pedro Luis Ferrer
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Un hombre contra un pueblo

Emilio Roig de Leuchsenring



Ya lo dijimos hace dos semanas. Cuando un país sufre el desgobierno de un régimen dictatorial, la vida en lo interior y en lo exterior, en lo político y en lo económico y hasta en lo que se refiere a los individuos en particular, nacionales o extranjeros puede sintetizarse en esta frase gráficamente expresiva: un hombre contra un pueblo.

Así es exactamente y en todos los casos y en todas las épocas. En el país sometido al desgobierno de un déspota todo gira en torno a la voluntad y al capricho de éste. Y como siempre el déspota ha buscado y busca y buscará tan sólo el satisfacer su interés o su conveniencia, importándole poco -aunque a diario pregone lo contrario- el bien de su patria y de sus conciudadanos, patria y conciudadanos sufrirán irremisiblemente los trastornos, los males, las dificultades... la calamidad de tan calamitoso régimen.

En artículos recientes vimos como así ha ocurrido en España, la República Dominicana, Haití y Bolivia y cómo después de la caída de Primo, Vázquez, Borno y Siles, se han ido sacando a la vergüenza pública las desvergüenzas de cada uno de esos cuatro hombres providenciales que sufrieron sus pueblos respectivos y de las cuales no ha podido restaurarse ninguno de ellos.

Es la historia eterna de todos los autócratas que en el mundo han sido. Mientras está en el apogeo de su despotismo, el hombre providencial, coreado por su corte de serviles se autobombea como el salvador de su pueblo, al que está regenerando y engrandeciendo, como el más excelso de todos sus gobernantes, llegando a ponderar enfáticamente –todos los dictadores así lo declaran- que su época es la más grande en la historia del país sin términos de comparación con las épocas anteriores y él, el más grande, glorioso, de todos los ciudadanos, en el presente, en el pasado... y en el futuro; pero cuando el dictador cae, ¡cómo salen a relucir inmediatamente las mataduras de su desgobierno, cómo quedan desenmascaradas las mentiras y comprobado hasta la saciedad que durante el régimen despótico la historia del país estaba sintetizada en esta frase nuestra: un hombre contra un pueblo.

Este juicio, como dijimos, puede aplicarse exactamente a todos los dictadores de Europa y América, en repúblicas y monarquías de ayer y de hoy, porque todos los déspotas parecen hechos a medida en el mismo molde y por las mismas manos del más perverso de los dioses, obsesionado en crear únicamente monstruos y lanzarlos de cuando en cuando a la tierra para azote y castigo de los hombres, peores que las epidemias y las plagas, más dañinos que el diluvio bíblico, pues lejos de quedar después ricamente abonado el suelo, en el país donde posa su planta un dictador ni siquiera la mala yerba saldrá en muchos años, porque el dictador todo lo destruye, lo arruina, lo seca, lo aniquila. Un hombre contra un pueblo, esa es la obra de los dictadores.

Todos son iguales, decíamos. Todos constituyen un tipo criminal de caracteres inconfundibles que en todos se presentan casi idénticamente. Vamos a verlo.

En el libro, admirable libro, de Emil Ludwig sobre el Kaiser Guillermo II, hay un capítulo en el que el gran escritor alemán hace un maravilloso retrato del emperador de la mano manca. Pues bien, ese retrato, es el retrato exacto de cualquiera de los dictadores europeos o americanos de los días que corren.

Enseguida lo comprobaremos y suplicamos a los lectores que tengan presente que vamos a transcribir palabras de Ludwig y sobre el Kaiser Guillermo II, no palabras nuestras sobre alguno de los hombres providenciales que aún desgobiernan a varios países del viejo y del nuevo mundo.

Y hasta las frases de Guillermo parecen frases que mil veces hemos leído pronunciadas por el hombre providencial de la República H, o la monarquía Z:

“Yo no conozco más que dos partidos políticos: los que están por mí y los que están contra mí -esa fue la divisa propia de autócrata, de toda su política interior-.

Todo era suyo: los barcos, los soldados, los súbditos, y como suyo de todo disponía a su capricho y le extrañaba y se indignaba cuando alguien, osado, le desobedecía o no quería doblegarse a sus deseos.

Vive ciento veinte años atrasado, y considera a todas esas gentes que quieren ser algo más que súbditos, como dignos de ser fusilados, o mejor aún, colgados.

Todos tienen derecho a exponer libremente su opinión, ¡pero infeliz del que lo haga!

A los obreros, aunque en público les llamaba “mis amados hijos” no comprendía ni admitía que demandaran mejoras, aumento de jornales, y mucho menos que se agremiaran para defenderse y reclamar sus derechos yendo a la huelga. Entonces en privado, se expresaba así de los obreros: Estoy muy satisfecho del comportamiento de la policía. Pero la próxima vez no deben pegar con el plano, sino con el filo de la espada.

Eran rasgos típicos de su carácter los “innumerables caprichos, resentimientos, temores y afectaciones, su cesarismo, ligereza, encanto personal, vivacidad, amabilidad.

Por todo ello muchos lo consideran un anormal o víctima de una enfermedad interna. >>

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1. Consenso inicia con este trabajo una serie de materiales que por su importancia, vigencia o escasa difusión en los últimos años, creemos merecen ser reeditados.
Tomado de la revista "Carteles" Vol. XVI No. 31, 3 de agosto de 1930 pags. 34 y 45

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