Consenso
Número 3 de la revista Número 5 de la revista
ESPACIO DE REFLEXIÓN Y DEBATE DEL PENSAMIENTO PROGRESISTA CUBANO
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01. Yo soy el cubano que
quiero ser

Entrevista con Pedro Luis Ferrer
02. Notas para Utopía
Rogelio Fabio Hurtado
03. ¿Maestros emergentes: verdadero magisterio?
Juan Lázaro Besada Toledo
04. Tipo de cambio
José Pérez León
05. Páginas del movimiento sindical cubano
Roberto Simeón
06. 100 mil viviendas: ahora tampoco
Dimas Castellanos
07. Sobre crítica
M. Musa
08. Sartre centenario
Antonio José Ponte
09. En el dédalo de las Utopías
T. Avellaneda
10. Un hombre contra un pueblo
Emilio Roig de Leuchsnring
11. La censura
Pedro Luis Ferrer
.  
   
   
>En el dédalo de las Utopías (2)

T. Avellaneda



Tres fechas en la historia de Cuba marcan el encuentro de las tres Utopías: 1902, con el advenimiento de la República; 1940, con la creación de la Constitución y 1959, al llegar al poder la Revolución.

Al decir de Cuesta, fueron las oportunidades que tuvieron estos tres proyectos de futuro independientes para crear un futuro común, pero fracasaron. Después de cada una de estas oportunidades, las tres Utopías siguieron caminos contrapuestos.

“El desencuentro de los tres modelos -plantea Cuesta- es letal para el proyecto de nación globalmente entendido. Una república sin su proyecto económico, un proyecto económico sin su remate político y un proyecto cívico sin sus sujetos culturales”.

Con el advenimiento del siglo XX, se produjeron dos hechos determinantes en el ámbito político: la independencia y la República, “ambas tuteladas política y legalmente y vividas como frustración desde su nacimiento”. La Utopía emancipatoria se erigía así como futuro inconcluso. En el ámbito económico, se entroniza el proyecto autonomista sustentado en el vínculo con la economía norteamericana, en la existencia de una clase media vinculada por lazos sentimentales con la antigua metrópoli, en un proletariado agrícola y urbano “politizable” y en una incipiente “aristocracia obrera” vinculada a las empresas de capital estadounidense. Por su parte, en el ámbito cívico surgen las instituciones y centros de enseñanza destinados a la formación del ciudadano de esa república recién nacida. Pero esas instituciones carecen de una sólida pedagogía cívica, de ahí que el modelo cívico resultara incapaz de moderar entre la política y los ciudadanos.

Esta fue, groso modo, la “nación” que se enfrentó al espejismo de la Constitución de 1940 y que años después viviría la experiencia revolucionaria de enero de 1959, cuyo ideal, como bien se argumenta en el ensayo de Cuesta, no es ni novedoso ni revolucionario.

Es así que, por primera vez, uno solo de los tres modelos se instaura como futuro absoluto y convierte a los otros dos en pasado, pese a que las tres Utopías habían surgido como necesidades casi al unísono y corresponden a una cultura compartida. Y es así que los nuevos “revolucionarios” se autotitulan herederos del pasado y hacedores del futuro de la nación, negando, por ello mismo, su esencia revolucionaria.

Cuesta enuncia su percepción de este hecho a partir de las consecuencias que dimanan del acto de suprimir cualquier otro modelo ajeno al que propone la nueva utopía:

“El triunfo hegemónico de la Utopía emancipatoria asume y tiene desde ahora un inmenso desafío: la gestión total del futuro en las tres dimensiones planteadas desde la invención de Cuba: completar la independencia de la nación, desafío que es realizado; definir un proyecto económico de nación compatible con criterios integradores y de soberanía, y articular estas dos dimensiones con un ciudadano incorporado en la construcción misma de esa totalidad”
Concluye entonces que a partir de 1959, en Cuba

“no tenemos utopías de futuro, sino futuro utópico”.

Es bajo este signo que han transcurrido los últimos 46 años. Hoy el modelo de ese futuro utópico y eterno se presenta agotado y los sucesivos acontecimientos de finales del pasado siglo nos colocan de cara a un tiempo real, y no se trata ya de proponer simples cambios de modelo o penosos parches económicos. El tiempo del futuro utópico está acabado y es preciso asistir bien despiertos al reto de enfrentar los nuevos tiempos asumiendo críticamente nuestro pasado y responsablemente nuestro presente. No se trata de restaurar el pasado, sino de superarlo. Nunca hemos estado política, cívica y económicamente aptos, para lidiar con nuestras realidades, de ahí que la historia de Cuba está signada hasta hoy por esos espasmos llamados “revoluciones”, que definen un ámbito nacional marcado por la violencia, la intolerancia y las exclusiones.

Cuba: los futuros de la Isla, tiene el mérito adicional de colocarnos en perspectiva con relación a un futuro que necesariamente deberá ser plural, de alertarnos frente a los peligros actuales (el crecimiento del individualismo, la pérdida de valores morales y familiares, la corrupción, las migraciones constantes, entre otros males que corroen la sociedad cubana actual) y de comunicar -pese a todo- esperanzas cuando propone una visión optimista de futuros que da título a su ensayo:

“Es futuros porque las personas y los grupos se miran a sí mismos desde su pluralidad para definir sus opciones; pueden ser de la Isla por la posibilidad de centrarse en un espacio política y culturalmente común.”
No es posible resumir en unos pocos párrafos todos los tópicos desarrollados en el discurso de Cuesta. Acaso también la enunciación de los males de Cuba, peque en su trabajo de algunas omisiones. Sin dudas, Cuba: los futuros de la Isla es apenas una puerta abierta al debate y al consenso. Nos corresponde a los cubanos todos responder al desafío.



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T. Avellaneda. Seudónimo
Reside en La Habana
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