
| 01. | Yo soy el cubano que quiero ser Entrevista con Pedro Luis Ferrer |
| 02. | Notas para Utopía Rogelio Fabio Hurtado |
| 03. | ¿Maestros emergentes: verdadero magisterio? Juan Lázaro Besada Toledo |
| 04. | Tipo de cambio José Pérez León |
| 05. | Páginas del movimiento sindical cubano Roberto Simeón |
| 06. | 100 mil viviendas: ahora tampoco Dimas Castellanos |
| 07. | Sobre crítica M. Musa |
| 08. | Sartre centenario Antonio José Ponte |
| 09. | En el dédalo de las Utopías T. Avellaneda |
| 10. | Un hombre contra un pueblo Emilio Roig de Leuchsnring |
| 11. | La censura Pedro Luis Ferrer |
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M. Musas
En cierto sentido el presente es un adelanto del pasado. Nos empeñamos en trabajar los hechos que conforman la materia actual, pero jamás podemos ir a la velocidad del objeto (en nuestro caso, la escritura literaria) que pretendemos reflejar, circular, analizar; toda aproximación puede ser, casi de inmediato, contestada y cualquier cosa definida envejece a velocidad. Aún así, dado que necesitamos habitar circunstancias de algún modo delimitadas, insistimos en querer encontrarle un sentido al presente. En cambio, el trabajo con el pasado adquiere su sentido, puesto que ya no podemos convertirnos en habitantes de él, cuando sus resultados se insertan dentro del presente que sí vivimos; en sentido general, lo que se consigue (mediante descubrimientos o reformulaciones) es siempre la revisión de alguna noción establecida o la trayectoria de un proceso de la historia literaria. Sin embargo, quién sabe si por comodidad o temor, casi nunca atendemos al futuro, sino que damos por hecha su existencia al tiempo que su incognoscibilidad; los dos datos son ciertos, pero también que construimos desde ahora tanto el camino para las voces como los silencios que habrán de ser superados en las próximas décadas.
Lo que trato de expresar es que me interesa más el futuro que cualquiera otra posibilidad temporal y entonces me gustaría fijar las que, imagino, serán algunas de las tareas de la crítica en las décadas venideras. No se me escapa que mucho de esto tiene las debilidades, es decir, que proyecta las fantasías, de un proyecto personal, pero creo encontrar en la vida vivida, en la existencia concreta cotidiana, suficientes elementos como para dar algún tipo de asidero posible a esto que supongo. Lo primero es que nuestra crítica tendrá que abandonar los estrechos marcos del análisis textual para extender su objeto hacia la totalidad de la cultura; es decir, abandonar la filología para avanzar hacia una noción multilateral de la cultura donde lo textual no sea sino un elemento del complejo de acciones que conforman el ser en el mundo de los sujetos. Obviamente esto implica tanto la renovación como la ampliación del arsenal teórico para el análisis, episodios en los que se impone el salto a la interdisciplinariedad; por otro lado, quizás también implique un cambio en cuanto al centrar nuestra reflexión en el marco clasificatorio, de género literario, a que nos lleva el uso de las palabras “crítica” y “crítico”. A decir verdad, apenas conozco a alguien que pueda ser definido como un crítico, si consideramos la existencia de una división entre tal género y el ensayo, sino que –más bien- nos movemos entre ambos campos y sus intersecciones; por tal razón es que me parece menos relevante el caso de la crítica literaria que el de los estudios literarios o, ampliando el campo todavía más, estudios culturales.
Creo que esto se explicaría si analizamos una proposición que hiciera Northop Frye según la cual debemos entender por crítica “la totalidad de una labor de erudición y gusto que atañe a la literatura como parte de los que de diversos modos suele llamarse educación liberal, cultura o estudio de las humanidades.” Por tal motivo es que prefiero hablar, antes que de crítica misma, de algo que se me ocurre llamar pensamiento sobre la literatura, el conjunto de opiniones –formalizadas o no- sobre las diversas operaciones que se dan alrededor de la existencia de los textos. Dado que semejante conjunto lo mismo incluye reflexiones valorativas de los textos en sí que opiniones sobre sus modos de circulación y consumo, el sentido de la vida grupal de los autores, las realidades y mitos que sostienen su organicidad dentro de un campo, las relaciones jerárquicas entre los textos, la constitución de cánones y su ruptura, los límites de representación que una sociedad o época vigilan, esto y tantísimas otras cuestiones que le confieren un “ser” a la literatura, por tal motivo, es que el pensamiento sobre la literatura es una forma de razón continuamente contaminada con el pensamiento global sobre la cultura y con la razón como tal.
Tal, o tanta, ampliación de universo es lógico suponer que desestabilice –en este caso por la magnitud de los sobreañadidos- eso que, digamos, medio siglo atrás era aún reconocido como la crítica y estudio de la literatura. Hoy, la operación de lectura de un texto o contexto primario (aquellos que se pretende analizar), se ve complicada por la introducción de valoraciones procedentes de campos tan variados como la filosofía, la antropología, la semiótica, la sociología, la teoría literaria, etc. Se trata de una apuesta por la ampliación de las fronteras del conocimiento, en los casos mejor logrados de una feliz muestra de interdisciplinariedad, en otros de intentos de abandonar las constricciones de una particular disciplina.
En este punto, una de las recuperaciones más urgentes será aquella que se proponga desentrañar las lógicas según las cuales operan, en el socialismo, las dinámicas de producción, circulación y consumo de las culturas popular y de masas; por otra parte, y en el caso especial de un sistema centralizado de producción simbólica como el cubano, igual implicará lo anterior la obligatoriedad de convertir en objeto de análisis las estrategias retóricas de producción y distribución de ideología. Hablamos de un inmenso territorio que lo mismo abarca las dinámicas de la moda, que las prácticas de consumo de la música ligera, las estrategias de construcción de viviendas populares que las nuevas conductas en el espacio público que nos propone el circuito de divisas.
Uno de los procesos más visibles hoy –lo hallamos en la literatura, aunque sin ser privativo de ella- es la definición de tres escrituras relacionadas con sujetos específicos: homoerótica (gay y lesbiana), femenina y “negra”. Escasamente, aunque con mejores resultados en el caso de la escritura femenina, ha sabido nuestra crítica lidiar con estas nuevas realidades, que parecen haberla tomado por sorpresa. De entre las cosas que todavía quedarán por ser trabajadas estará una noción de sexualidad (identidad, a fin de cuentas) que traspase oposiciones finalmente simplificadoras; pienso en abrir el abanico de las búsquedas hacia los problemas de subjetividad de que son portadores el sadomasoquismo, el trasvestismo y la bisexualidad, conductas cuya inclusión enriquecería cualquier análisis. En cuanto a la literatura que presenta algún reclamo o representación racial (en el caso cubano relacionada con el tema de nuestro peculiar racismo), habrá que elaborar las preguntas, más que nada, a partir de los silencios del texto y las disonancias entre realidad y representación. Pero en cualquiera de los casos, y esto es lo fundamental, la crítica deberá de comprender que sus acciones resultan en la construcción de sujetos cívicos, que sus debates son modos de contribuir a procesos de autoidentificación que trastornan el sentido de lo humano en sus receptores; se trata de una conexión que abre el juicio crítico, más allá del mero debate académico (por relevante que este pueda ser), hacia las dinámicas de la hegemonía y dominación en la sociedad toda, a un espacio donde la crítica se generaliza como juicio crítico y se hace peligrosa. >>