Consenso
Numero 3 de la revista Numero 5 de la revista
ESPACIO DE REFLEXIÓN Y DEBATE DEL PENSAMIENTO PROGRESISTA CUBANO
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01. Yo soy el cubano que
quiero ser

Entrevista con Pedro Luis Ferrer
02. Notas para Utopía
Rogelio Fabio Hurtado
03. ¿Maestros emergentes: verdadero magisterio?
Juan Lázaro Besada Toledo
04. Tipo de cambio
José Pérez León
05. Páginas del movimiento sindical cubano
Roberto Simeón
06. 100 mil viviendas: ahora tampoco
Dimas Castellanos
07. Sobre crítica
M. Musa
08. Sartre centenario
Antonio José Ponte
09. En el dédalo de las Utopías
T. Avellaneda
10. Un hombre contra un pueblo
Emilio Roig de Leuchsnring
11. La censura
Pedro Luis Ferrer
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Maestros emergentes: ¿verdadero magisterio?
Juan Lázaro Besada Toledo


Don José de la Luz y Caballero sentenció: “Instruir puede cualquiera, educar, sólo quien sea un evangelio vivo”.

Con esta cita deseo iniciar una reflexión encaminada a precisar si realmente los llamados “maestros emergentes” pueden cumplir de forma cabal con el papel que debe desempeñar el maestro en la sociedad.

El magisterio es -y espero que los lectores concuerden con esta afirmación- una de las más nobles y abnegadas profesiones existentes. Noble, sí, pero exigente, muy exigente. Quien se dedique a la enseñanza debe, no solamente transmitir conocimientos, sino también está obligado a ser espejo de todas las virtudes apetecidas para el ciudadano. Debe ser un paradigma en su ética personal, en el vestir y el habla, en los modales y la conducta. En resumen, está llamado a ser el ciudadano más imitable de todos, pues el futuro de la nación está depositado en sus manos para que, como un escultor, extraiga del mármol en bruto la obra acabada, hermosa, útil. Y la materia prima es el ser humano, el niño que mañana será el hombre con que se escribirá la historia de su patria.

Por lo tanto, un maestro, un educador, no puede ser improvisado en breve tiempo, como tampoco puede ser elegido para tan noble y elevada función cualquiera. Se requieren muchas cualidades para el ejercicio de esta profesión, que echa los cimientos más duraderos y necesarios de cualquier sociedad.

Sería una necedad o una ceguera bastante mal intencionada negar los avances que en el campo de la educación ha alcanzado Cuba a lo largo de los últimos 45 años. Es imposible para quien desee hacer un juicio objetivo, virar la espalda y hacer tabla rasa de esta realidad, pero tampoco podemos aceptar con silenciosa complacencia, ver como el futuro de nuestro país se pone en manos de jóvenes inexpertos y en multitud de casos incapaces para ejercitar con plena responsabilidad y decoro una función de tan graves consecuencias para la sociedad.

Los planes educacionales podrán ser todo lo ambiciosos que se deseen, pero es incuestionable, que no tendrán el éxito deseado si se encarga de su ejecución a quienes aún no posean la preparación suficiente para esos empeños.

Todo aquel cubano que es padre de hijos en edad escolar, conoce bien cuántas dificultades presentan los menores en el aprendizaje, pues estos “maestros emergentes” no poseen la capacidad requerida para instruir adecuadamente los contenidos a su cargo y mucho menos, la necesaria educación cívica o formal, como se le quiera llamar, para sembrar en los niños los valores éticos que les hagan ciudadanos aptos para contribuir posteriormente al progreso de la sociedad.

Por citar uno solo entre muchísimos ejemplos que podrían ilustrar lo que deseamos: la ortografía de nuestros escolares es bien deficiente, hasta el grado tal, que incluso jóvenes ya graduados de nuestras universidades escriben con faltas tales de ortografía y sintaxis que en ocasiones resultan aterradoras. A más de ello, el desconocimiento de las más elementales reglas de la psicología pedagógica y del trato hacia los niños, hace que los mismos no vean a sus maestros como un ejemplo digno de ser imitado. He presenciado, en varias ocasiones, conversaciones entre esos “maestros emergentes” y su vocabulario, las expresiones que usan en su trato diario y la absoluta carencia de unos principios éticos acordes con la dignidad del hombre a que aspira nuestra sociedad son realmente alarmantes.

No escribo una diatriba y no quisiera ser interpretado como un crítico a ultranza. Deseo provocar una reflexión más honda, que encauce las energías hacia la consecución de los niveles de educación deseados y necesitados para el país. Si en el terreno de las artes la improvisación es válida y muestra realmente el talento de los creadores, la pedagogía no es susceptible de ser improvisada. Un maestro debe ser, ante todo, una persona educada y madura, equilibrada en todos los sentidos, pero además, requiere de una cultura general que le permita conquistar a sus alumnos y guiarlos de la forma más humana y noble posible por los caminos del saber y de la formación del ser humano.

Los niños son un erial que espera por la semilla capaz de hacerlos florecer. Y si el sembrador no sabe cómo hacer uso de la semilla ni conoce siquiera los métodos idóneos para ello, por desconocimiento o inmadurez, poco o nada podrá lograr.

He sido testigo involuntario de la forma en que algunos “maestros emergentes” tratan a sus alumnos e incluso a los padres de los educandos que están bajo su custodia y he llegado a una conclusión, por demás penosa. Estos “maestros” requieren ser educados para que puedan cumplir los objetivos de la nobilísima profesión a que se han consagrado. Y si uso este vocablo es porque, en mi opinión personal, el magisterio es una profesión en la cual la consagración es imprescindible.

Y no únicamente la consagración. Todo maestro que no sienta una raigal vocación por esta profesión, que no sienta en lo más profundo de todo su ser la llamada a educar, jamás podrá serlo, en tanto en cuanto la pedagogía es una ciencia, pero además es un arte, un nobilísimo arte, tal vez el más noble de todos. >>

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