
| 01. | Yo soy el cubano que quiero ser Entrevista con Pedro Luis Ferrer |
| 02. | Notas para Utopía Rogelio Fabio Hurtado |
| 03. | ¿Maestros emergentes: verdadero magisterio? Juan Lázaro Besada Toledo |
| 04. | Tipo de cambio José Pérez León |
| 05. | Páginas del movimiento sindical cubano Roberto Simeón |
| 06. | 100 mil viviendas: ahora tampoco Dimas Castellanos |
| 07. | Sobre crítica M. Musa |
| 08. | Sartre centenario Antonio José Ponte |
| 09. | En el dédalo de las Utopías T. Avellaneda |
| 10. | Un hombre contra un pueblo Emilio Roig de Leuchsnring |
| 11. | La censura Pedro Luis Ferrer |
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Abolida la magia de la Revolución bolchevique, con su profuso y cada vez menos comprensible lenguaje marxista leninista, el término utopía resurge de entre los escombros, donde había sido científicamente sepultado por los clásicos fundadores, revestido por su aureola más proteica. La utopía está de vuelta (¡Otro mundo mejor es posible!), aunque apenas se le defina.
El filósofo Abbagnano, en su diccionario de la materia, la define como “una corrección para bien de una situación política, social o religiosa determinada.” Nos advierte que la Utopía se expone al riesgo de quedar como un mero sueño irrealizable, y en tal caso funcionaría como una evasión a un plano puramente imaginario. No obstante, puede suceder que la Utopía se convierta en una fuerza de transformación de la realidad.
Comte y los positivistas la consideraron idónea para corregir y perfeccionar las instituciones políticas. Sin embargo, Marx y Engels tildaron de utopistas, en el sentido negativo del término, a las primeras formas de socialismo concebidas por Saint Simón, Fourier y Proudhon entre otros, a quienes opusieron el llamado socialismo científico concebido por ellos. Envuelto en este categórico desdén, el término llegó a nosotros convertido en sinónimo de una candidez casi cretina.
No ha sido utopía la única palabra zarandeada por los sismos que arrasaron con el llamado socialismo real y su Bloque encabezado por la invencible Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. ¿No se han fijado en que han desaparecido los partidos marxistas leninistas? Hoy todos los gatos son pardos, y el sustantivo Izquierda intenta abarcarlo todo, inclusive al estalinismo vergonzante pero subsistente, dispuesto ahora a marchar junto a los viejos demonios trotskistas, que se las ingeniaron para salir vivos de los siniestros calabozos y del inexorable ostracismo.
En este trance histórico, desmanteladas las férreas leyes de la historia, es comprensible que reaparezca la Utopía, en su carácter de “ideal político, social o religioso de difícil o imposible realización”(Abbagnano) como una fórmula anchurosa, liberada de la confrontación con lo real, apta para estimular los esfuerzos y los sacrificios que implica cualquier renovación social, política o religiosa.
Me permitiré una mínima sugerencia, sin el ánimo de perturbar a ningún soñador. Aplaudo el renacimiento de la utopía, pero no veo cómo podrá funcionar en ciertos países donde desde hace muchos años todo es perfecto por definición irrevocable. Para el infeliz resto de la humanidad, bienvenida sea la utopía, sobre todo si va precedida de una auténtica crítica del desastre real que borró al llamado Bloque socialista del mapa.
Esa pregunta espera por un concienzudo análisis marxista. Después, volveremos a soñar. Mientras, me sorprende hasta la sospecha advertir que ciertos redescubridores de la nueva utopía son los mismos que muchos años atrás defendían con tenacidad digna de mejor causa al mismo inmovilismo ortodoxo del entonces tomado por indestructible bloque socialista. Es válido subrayar que estos portavoces desde el poder no contribuyeron en nada al desmantelamiento de aquella monumental calamidad.
En nuestro país, sólo para comenzar, es imprescindible rescatar del olvido casi perfecto a figuras como los líderes sindicales Sandalio Junco y Antonio Penichet, trotskista el primero y anarquista el segundo, de quienes inexplicablemente no ha querido acordarse nunca el departamento de historia del Partido Comunista de Cuba. Comparten junto a ellos la silenciosa oscuridad una pléyade de luchadores obreros cubanos que no se plegaron al puño del camarada Stalin, cuyas directrices fueron servilmente acatadas por los rectores del comunismo en Cuba.
Con el advenimiento de la Revolución, cambiaron muchas cosas en Cuba, pero para los disidentes del kremlin nunca se hizo la luz. La fidelidad al dogma marxista leninista fue cuestionada durante la década del 60, con una línea editorial independiente que incluyó textos de Marcuse, la biografía política de Stalin y la excelente revista Pensamiento Crítico, pero tras el fracaso de la gran zafra de 1970, se volvió a entrar por el aro, al extremo de mantener inéditos durante muchos años algunos textos de Ernesto Ché Guevara que critican sin miramientos al modelo económico soviético de entonces.
Para restaurar la Utopía no basta con recetársela al resto de los países. Hay que confrontar al sueño con la realidad propia. De lo contrario, estaríamos rebajando a la utopía para usarla como propaganda fraudulenta. Tenemos derecho a soñar con un mundo mejor, pero el sueño no puede ser limitado por ningún tipo de censura previa, ni condicionada su comunicación por intereses conservadores.
La utopía es el resultado del pensamiento crítico de los hombres, inconformes con el siempre imperfecto presente donde viven, cuyas limitaciones padecen. Si ese ejercicio se rechaza y se persigue hasta hacer desaparecer toda manifestación de inconformidad, los males crecen y se ahondan. La desaparición del (mal) llamado Socialismo Real es una prueba irrefutable de esa fatal enfermedad. Al paraíso no se llega ni vigilando ni aplaudiendo.