
| 01. | No sé vivir en otra parte Entrevista con Leonardo Padura |
| 02. | Cuba, la reconciliación nacional Orlando Freire Santana |
| 03. | La unión europea, Cuba y la democratización Cecilio Dimas Castellanos |
| 04. | Con la hoz y el martillo Oscar Espinosa Chepe |
| 05. | ¿Es la ética un eslabón perdido de la civilización postmoderna? Juan Lázaro Besada Toledo |
| 06. | Habana caliente Fernando Alba |
| 07. | Aquellos días en que fuimos libres: Evocación del mensajero Leonardo Calvo Cárdenas |
| 08. | El país que queremos María Cristina Herrera |
| 09. | Kabul Wilmer G. |
| 10. | Discurso patriótico Julio San Francisco |
| 11. | ¿Por qué consenso? Nota de la redacción |
La violencia tiene hoy un efecto visible en el tejido de la sociedad cubana. Este verano la temperatura de los acontecimientos tomó grados alarmantes. Los medios oficiales no se hicieron eco de este fenómeno hasta que, en un discurso conmemorativo por la fecha del 26 de julio, el jefe de estado aludiera a los mismos.
Lo llamativo de este nuevo brote es que los hechos violentos no se reducen al escenario de las disputas domésticas en el seno del hogar o las típicas trifulcas en fiestas, ómnibus, colas, etc, sino que se escenifican ahora en el entorno de un profundo descontento popular.
No vamos aquí a reportar los hechos, entre otras razones porque no han sido todos documentados con la suficiente verosimilitud, pero ha habido de todo: pedradas contra vidrieras, volteo de autos oficiales, ataques a manifestaciones pacíficas de la oposición, sabotajes, asaltos a tiendas y colocación de carteles antigubernamentales.
El hastío y la desesperanza han sido los impulsores de esta violencia. El hastío ante las ininterrumpidas interrupciones de la electricidad, el desabastecimiento de productos alimenticios en el mercado racionado-subvencionado, la crisis del transporte público, la insostenible situación de la vivienda, los inalcanzables precios en el mercado libre, ya sea en una u otra moneda. La desesperanza frente a la carencia de un plan viable que encuentre soluciones no provisionales a estos problemas. Pero no se trata solamente de qué impulsa la violencia, sino de la ausencia de una contención, y la única forma civilizada de contenerla es la apertura de canales comunicativos que permitan sustituir la piedra con la palabra, el golpe con el argumento.
Lo más cercano a un comentario sobre todo esto ha sido el reiterado llamado de parte de las autoridades a “enfrentar las indisciplinas sociales” y resulta muy significativo que se trata de la misma voz que califica con elogios los cierres de caminos en Bolivia del cocalero Evo Morales y pone en el mismo saco de la insurgencia iraquí a los que atacan un cuartel norteamericano y a quienes ponen una bomba en un mercado. Se ha cantado demasiado a la violencia como supuesta fórmula para solucionar los conflictos, se ha descalificado mucho el camino del diálogo, hasta el punto de verlo como traición a los principios.
¿Por dónde empezar? ¿Quién es el primero que debe dar su mano franca?
Hay una lista de respuestas archiconocidas a estas preguntas. La más socorrida es que nuestra nación es una plaza sitiada y no puede darse el lujo de ceder un milímetro frente a la mayor potencia del mundo que pretende exterminarla al más leve descuido. Poner en tela de juicio esa afirmación ya puede ser entendido como una acción de la quinta columna que pretende desmovilizar las defensas de la patria. Pues bien, empecemos por asumir el riesgo de ser catalogados en esa estrecha definición. El resultado puede ser fatal, pero quizás haga comprender a los sectores bienintencionados que la etiqueta es falsa.
Lo que mejor pudiera favorecer los intereses de alguna potencia extranjera, con excesos de apetito expansionista sobre una pequeña nación, sería precisamente el caos en el que una violencia descontrolada ofrezca la apariencia de un vacío de poder o de una situación de irreversible ingobernabilidad. Ese es el lujo que no podemos darnos. Si frente a los prolongados apagones, agudizados por los fenómenos meteorológicos, los más desesperados rompen cosas, atacan los carros de la empresa eléctrica, salen a la calle a gritar y dan rienda suelta a la venganza, la solución no es el inevitable control de la policía para imponer el orden, ni la formación de brigadas de acción rápida integradas por trabajadores que salen al paso a esas “indisciplinas sociales”, pero que también atacan a los que se acercan al malecón a echar flores a sus muertos.
Se impone cada día con mayor urgencia la necesidad de favorecer un diálogo que encauce las inquietudes y busque soluciones.