Consenso
Numero 2 de la revista Numero 4 de la revista
ESPACIO DE REFLEXIÓN Y DEBATE DEL PENSAMIENTO PROGRESISTA CUBANO
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01. No sé vivir en otra parte
Entrevista con Leonardo Padura
02. Cuba, la reconciliación nacional
Orlando Freire Santana
03. La unión europea, Cuba y la democratización
Dimas Castellanos
04. Con la hoz y el martillo
Oscar Espinosa Chepe
05. ¿Es la ética un eslabón perdido de la civilización postmoderna?
Juan Lázaro Besada Toledo
06. Habana caliente
Fernando Alba
07. Aquellos días en que fuimos libres: Evocación del mensajero
Leonardo Calvo Cárdenas
08. El país que queremos
María Cristina Herrera
09. Kabul
Wilmer G.
10. Discurso patriótico
Julio San Francisco
11. ¿Por qué consenso?
Nota de la redacción
   
   
   
Kabul
Wilmer G.


Enfrentarse a una hoja en blanco es como naufragar o perderse en el desierto del Sahara, te invade una soledad que nada en el mundo te podrá alejar de ella, aunque comprimas al pobre cerebro hasta el límite de sus posibilidades, no podrás extraerle una diminuta letra a tu estilográfica, o a tu computadora, que para algo vivimos en el tercer milenio.

Me figuro el desconsuelo de los escritores cuando la pequeña y traviesa bruja que llaman musa se esconde en los más disímiles lugares y no quiere salir. ¡Pobres novelistas, obstinados con una idea que no tiene forma! Aunque... pensándolo mejor creo que peor la pasan los poetas, con todas sus metáforas a cuestas. Entre las disímiles formas de tortura que existen en el mundo debiera existir la tortura literaria: un solo golpe y te paraliza la diestra o la siniestra (según las preferencias del escritor).

Creo que, para ser este el inicio de una conversación con ustedes, he sido un poco brusco y patético, pero no tengo sobre mi cabeza otra idea que la de escribir un cuento, y no puedo, por el simple motivo de que no soy escritor... entonces me pregunto: ¿podré algún día volcar unas cuantas letras en esta hoja baldía? ¿tendré que renunciar a “vivir del cuento”? (no me juzguen mal, cada cual vive de lo que quiere y de lo que puede).

Permiso, alguien toca a la puerta e interrumpe esta introducción, en breve continúo con la historia de mi hoja en blanco.

Ya estoy de vuelta, las personas deberían saber cuándo interrumpen una conversación, si supieran lo que molestan no lo harían con tanta frecuencia... y total, para preguntarme si había visto la convocatoria para un concurso literario que lleva el nombre de ese escritor argentino, el de la foto con Lezama –ya sabrán de quién les hablo– como si uno tuviera tiempo para desperdiciar, ¡para concursos estoy yo!, como si no tuviera bastante con no poder sacarle ni una consonante a esta maldita hoja en blanco... Y ella continúa ahí, estoica, no quiere saber de mí, no me brinda ni la más mínima cooperación, me ha abandonado a mi suerte, si al menos pudiera escribir de ustedes, que me leen tan atentamente... o sobre mí mismo. Sé que si conocieran algo de mi vida se interesarían por mí... pero no sé por donde empezar, es como la historia de aquel fotógrafo que se empeñó en detener el tiempo con sus imágenes y siempre terminaba estropeando las fotografías. El maldito tiempo nunca se detuvo, ni por consideración al pobre hombre.

Si en las próximas dos horas no logro sacar nada me voy a dedicar a algo más simple, creo que seré mayordomo. Sí, no se asombren, que es un oficio muy digno y además: ¿en qué otro lugar voy a tener ese aire aristocrático que tienen los mayordomos, que de cierta manera lo acercan a la alta burguesía? Encima sólo tienes que hacer lo que te mandan –aunque desde este último punto de vista cualquier lugar te sirve– en cambio si fuera escritor... quisiera ver al pobre Hemingway parado frente a su máquina de escribir y que no le saliera ni una letra ¿se imaginan después de tantos años de gloria quedarse sin palabras? (claro que no es mi caso, yo me quedé mudo antes de alcanzar la gloria, con mi nuevo sistema de trasmitir mis ideas sin escribir...) Volviendo al viejo Hemingway, creo que ahora comprendo por qué era un bohemio y un alcohólico. Sólo el que ha tenido una malévola hoja en blanco delante suyo podrá comprender tal situación.

Perdón, otro intruso llama a mi puerta. Me pregunto quien será, son pasadas las once de la noche... No hay nada como molestar al prójimo, esto de vez en cuando no viene mal.

Ahora sí me demoré, les pido perdón. Pero creo que en mi lugar hubieran hecho lo mismo, era mi vecina... la del apartamento 23. Vino a buscar algo de lo cual no me acuerdo (con esos ojos nada más importa). Si tuvieran el placer de verla, quedarían hechizados, y si solo la escuchasen una vez... como me pasa a mí que cada vez que la escucho acabo en el piso. Ella cree que es el azúcar y siempre me dice que fue un descenso... ya quisiera yo (descender a ella). Sus labios me tienen atrapado, son los labios más sensuales (como bien dijera el almirante) que ojos humanos hayan visto. Si viniese más a menudo seguro me olvidaría de esta maldita hoja que no me deja moverme y que me tiene clavado a esta silla, con su estilo Louis XV y todo (cuando se lleva dos horas en ella es como si se descansase sobre una piedra).

¡Ya me acordé! El tipo ese del concurso escribió una novela que se llama Rayuela, recuerdo que me la leí dos veces porque la primera vez no pude terminar de leerla –a propósito, no me explico cómo pudo escribir tanto, a lo mejor no sufría como yo– de todas formas para qué torturarme con el concurso si yo cumplo 36 años mañana, y es hasta los 35 años... Aunque creo que si le hablo al jurado, entenderían que soy joven y puedo participar todavía (no serán tan estrictos). Lo que no sé es si aceptarán a alguien que una insignificante hoja en blanco, lo hace sentir como al hombre más solo del mundo.

¿Qué ustedes creen cuando alguien les dice: “La civilización llega hasta donde comienza el hielo” ¡No saben que decir! ¿eh? Lo mismo me pasó a mí cuando la escuché por primera vez: al principio me pareció fenomenal, después con más calma cuando pasó la primera impresión no le encontré ningún significado, más tarde, de repente, le encontré muchos, ¡ay de mí! En esos momentos hubiera querido ser Humberto Eco, qué feliz sería... y ahora acabo de entender que mi hoja es el hielo, yo soy la civilización... y de aquí no puedo pasar.

Una vez más voy a intentar seguir escribiendo, pero primero voy a hacer café, fumarme un cigarro y acabar con mis pulmones. No crean que no sé que el cigarro me hace daño pero no puedo con esta situación. ¡Y están de suerte que no tengo a mi inseparable compañero Mister Silver Dry, cuántas noches de insomnio juntos, de soledad ante esta traicionera y pérfida hoja... buen comienzo para una historia de amor, permiso enseguida regreso ¿saben qué? estoy de mala suerte, se me acabó el café. Qué estará haciendo mi vecina... si me embullo les cuento cómo la conocí, pero ahora no estoy de ánimos para hablarles de ella.

Creo que esta noche no puedo más con tanta soledad, voy a llegarme hasta el apartamento 23, ella me devolverá el libro de cuentos de Julio Cortázar que le presté (a lo mejor me pongo de suerte y me hace un café, o un té, la bebida por excelencia de los intelectuales, claro que a mí en particular me gusta acompañar el té con ron. >>

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