Consenso
Numero 2 de la revista Numero 4 de la revista
ESPACIO DE REFLEXIÓN Y DEBATE DEL PENSAMIENTO PROGRESISTA CUBANO
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01. No sé vivir en otra parte
Entrevista con Leonardo Padura
02. Cuba, la reconciliación nacional
Orlando Freire Santana
03. La unión europea, Cuba y la democratización
Dimas Castellanos
04. Con la hoz y el martillo
Oscar Espinosa Chepe
05. ¿Es la ética un eslabón perdido de la civilización postmoderna?
Juan Lázaro Besada Toledo
06. Habana caliente
Fernando Alba
07. Aquellos días en que fuimos libres: Evocación del mensajero
Leonardo Calvo Cárdenas
08. El país que queremos
María Cristina Herrera
09. Kabul
Wilmer G.
10. Discurso patriótico
Julio San Francisco
11. ¿Por qué consenso?
Nota de la redacción
   
   
   
Aquellos días en que fuimos libres: Evocación del mensajero
Leonardo Calvo Cárdenas


La noticia era esperada, el desenlace inminente, cuando en la noche romana del 2 de abril, el papa Juan Pablo II dejó de respirar ya todos sabíamos que el deterioro de su salud era irreversible y que la grandeza de su obra y ejemplo son inacabables. Los cubanos conmovidos en esta hora triste por lo que significó la vida y la entrega de ese hombre excepcional no podemos menos que evocar su paso por nuestra tierra.

El hombre que es modelo de sacrificio, entrega y devoción ha dejado de existir físicamente. El primer Sumo Pontífice no italiano en varios siglos, el que cambió la manera de liderar la iglesia católica, el papa peregrino, el que llevó su mensaje de paz y amor a cada rincón del mundo, el Papa del ecumenismo y la libertad, el santo padre de los derechos humanos, de los jóvenes y de los pobres tiene, también una significación trascendental para Cuba.

La visita a nuestro país, hace ya siete años, de este Papa sui géneris, que llevó su mensaje y ejemplo a casi 130 países, revistió particularidades llamativas, puesto que para esa fecha Cuba llevaba pocos años de estrenar el laicismo institucional, que en 1992 sustituyó al ateismo puro, duro y agresivo que por mas de 30 años caracterizó las proyecciones oficiales y matizó las relaciones sociales.

Lo que por muchos años parecía que nunca iba a suceder se hizo realidad en el cálido invierno de 1998, después de enormes esfuerzos y complejas negociaciones el papa viajero llegaba hasta nosotros. Las expectativas creadas por la histórica visita se caracterizaron por un polarizado extremismo: algunos observadores asumieron que el paso de su santidad por nuestra isla seria una especie de terremoto sociopolítico que estremecería en sus propios cimientos las estructuras del poder establecido, otros la valoraron como un incondicional espaldarazo político a las autoridades de La Habana. En mi criterio el impacto y trascendencia de aquel acontecimiento son mucho más esenciales y profundos que los entonces presumibles resultados políticos inmediatos.

El resonante acontecimiento nos permitió ser testigos -una vez más- de una de las prácticas habituales de las autoridades de la isla, por muchos años el gobierno cubano ha tratado, por todos los medios a su alcance, de desconocer, suprimir o desterrar fenómenos que no se avienen a sus intereses y diseños; pero cuando alguno de estos fenómenos demuestra capacidad de sobrevivencia y eventualmente amenaza con sobrepasar con su alcance y repercusión a esos intereses y diseños, entonces el alto liderazgo atrapa, capitaliza y manipula el asunto, así sucedió con el turismo, la circulación de divisas, el trabajo por cuenta propia, los mercados agropecuarios, la música rock o las tradiciones religiosas del pueblo cubano.

Ante la inminencia de la visita papal el máximo líder se convirtió en el principal promotor de la misma; sin embargo, a todas luces, el santo padre llegaba a Cuba gracias a la firmeza y entrega de los que durante muchos años enfrentaron obstáculos y avatares para que la iglesia siguiera viva y porque la crisis estructural del sistema llevó a amplios sectores de la población a reencontrarse con sus tradiciones religiosas, parcialmente pospuestas en la etapa épica-heroica de la revolución.

En los prolegómenos de la visita el presidente cubano dio su particular visión de las circunstancias vigentes y los antecedentes históricos que rodeaban el acontecimiento, llegando a decir que su gobierno nunca había tenido contradicciones con la iglesia católica, solo algunas polémicas teóricas. Acaso alguien puede pensar que hechos como la expulsión de sacerdotes, la supresión de los centros de enseñanza y las festividades religiosas, la reclusión de jóvenes creyentes -incluso sacerdotes ya ordenados- en los campos de prisioneros conocidos como Unidades Militares de Ayuda a la Producción, las tristemente célebres UMAP, y otros tantos vívidos ejemplos de exclusión y rechazo caen en el campo del mero debate intelectual.

El papa Juan Pablo II llegó a Cuba por fin el 21 de enero de 1998 y las expectativas de la visita fueron superadas con creces al menos en el ámbito de su impacto social. Si bien la visita papal no significó el por algunos esperado golpe demoledor y definitorio al poder por casi cuatro décadas arraigado en nuestro país, la apoteosis popular que desató fue la demostración de que tantos años de represión y esfuerzo ateísta no habían logrado enterrar la religiosidad del pueblo cubano y que después de tanta frustración y esperanzas derrumbadas los hijos de esta tierra volvían a encontrarse con dios.

En aquellos días inolvidables sucedieron cosas no vistas por muchos años en nuestro país y que me permiten afirmar que se puede hablar de Cuba antes y después de la visita del Papa.

En esos días por primera vez en mucho tiempo los cubanos nos volcamos masivamente a las calles y plazas de manera espontánea, libres, por un instante, de las ya acostumbradas presiones y compulsiones movilizativas.

Como si el santo padre hubiera lanzado sobre nosotros un manto mágico, protector y desinhibitorio, en aquellas jornadas, los cubanos dijimos y gritamos lo que quisimos pública y abiertamente, en las calles abordamos a los corresponsales extranjeros para contarles nuestras vivencias, verdades y frustraciones como si el miedo y la simulación no se hubieran enseñoreado nunca de nuestras mentes y espíritus.

A los cubanos, tan proclives a enfrentar los problemas y retos a partir de la violencia física o verbal, el Papa nos demostró en cada una de sus homilías e intervenciones como es posible ir a la raíz y la esencia de los más complejos asuntos con claridad, firmeza, consecuencia y convicción, pero con un lenguaje respetuoso y no confrontacional. >>

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