Consenso
Numero 2 de la revista Numero 4 de la revista
ESPACIO DE REFLEXIÓN Y DEBATE DEL PENSAMIENTO PROGRESISTA CUBANO
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01. No sé vivir en otra parte
Entrevista con Leonardo Padura
02. Cuba, la reconciliación nacional
Orlando Freire Santana
03. La unión europea, Cuba y la democratización
Dimas Castellanos
04. Con la hoz y el martillo
Oscar Espinosa Chepe
05. ¿Es la ética un eslabón perdido de la civilización postmoderna?
Juan Lázaro Besada Toledo
06. Habana caliente
Fernando Alba
07. Aquellos días en que fuimos libres: Evocación del mensajero
Leonardo Calvo Cárdenas
08. El país que queremos
María Cristina Herrera
09. Kabul
Wilmer G.
10. Discurso patriótico
Julio San Francisco
11. ¿Por qué consenso?
Nota de la redacción
   
   
   
Habana caliente (2)
Fernando Alba


En su recorrido por las etapas posteriores a 1959, Amir afirma que “el comercio del cuerpo de la mujer fue eliminado casi totalmente con el triunfo revolucionario de 1959”. Esto es cierto con respecto a la forma más clásica de la prostitución, combatida entonces como cualquier otro tipo de negocio particular. Entre las mutaciones del oficio durante el proceso revolucionario, incluye la Titimanía, pero la suaviza al presentarla como un simple interés del varón adulto por la hembra juvenil, y excluir del tema el “derecho de dirigente”, ejercido abusivamente por administradores y funcionarios sobre el personal femenino al alcance de sus disposiciones, para sancionar o conceder beneficios materiales a cambio. Nunca he olvidado el graffiti visto en una habitación de la posada de 11 y 24: "Aquí me templé al administradol pá cogel la labadora Hay que resolvel". Ni la historia de una gran amiga ya desaparecida, profesora de español en una escuela del Ministerio del Interior, forzada a escoger entre su aula y la litera de un oficial de guardia, que la acosaba. Muchas veces estas extorsiones han sido silenciadas por el pudor de las mujeres víctimas. No recuerdo ninguna alusión al asunto en la prensa, ni las hallé en Habana-Babilonia.

Otra etapa inexplicablemente omitida es la de las muchachas que se prostituían con los marineros griegos durante los años 70. Ellas, menos sofisticadas que las contemporáneas, brindaban este servicio a los marineros que rompían el bloqueo norteamericano transportando mercancías a Cuba. Se ocupaban por toda la estancia del barco en La Habana y generalmente eran novias de los mismos tripulantes. Mantenían relaciones fijas con cubanos, quienes tampoco aspiraban a ser sus explotadores. Las más bisoñas cobraban en especie: pañuelos de cabeza, medias, cigarros americanos o franceses, perfumes baratos: cualquier cosita que las diferenciase como personas. El igualitarismo social impuesto y no escogido, que es calificado por sus defensores como sobriedad es una carencia, no una virtud y engendra a la larga avidez de consumo.

Entre los riesgos que asume este libro está el de resultar, pese a las intenciones del autor, una promoción de la Isla como destino idóneo para satisfacer cualquier lujuria o perversión con un máximo de garantías para la salud y a un costo mínimo: “En Cuba se goza de lo lindo en cualquier rincón, la gozadera es genial”. (¿No es esa frase, atribuida a la más espectacular de sus testimoniantes una invitación?). Testimonios como el de la jinetera estudiante de secundaria invaden lo porno. Asimismo, la minuciosa descripción erótica de otros episodios densifica innecesariamente la lectura. Los brillantes regodeos lingüísticos de sus testimoniantes homosexuales, que recuerdan páginas de Reinaldo Arenas, constituyen logros literarios que debilitan el carácter de denuncia social del texto. Es cierto que lo sazonan, pero también lo es que el mucho picante hace daño. Hablando de Reinaldo, hay que decir que sus febriles narraciones del mundillo gay habanero, donde el sexo, festivo o angustioso, siempre es gratuito, contrastan con la fanfarria comercial de los pingueros descrita por Amir.

Amir ha intentado abordar todas las aristas y los recovecos del tema, y en gran medida lo consigue, pues explora el centro y la periferia, y no oculta verdades desagradables para las autoridades. Sin embargo, cuando valora su propio material se esfuerza innecesariamente para salvar la imagen oficial, si bien sus conclusiones toman distancia de las planteadas por el fiscal general de la República. Cuando argumenta que “al mayor porciento de mujeres cubanas razones morales le impiden prostituirse”, está formulando un juicio que vale igualmente para la Cuba republicana y para cualquier otro país, pues no existe sencillamente ninguno donde las mujeres de la vida sean la mayoría. Presentar eso como “un logro de la parte más pura del proceso revolucionario” es sólo retórica higiénica.

A todo lo largo del libro, los testimonios narrados y los comentarios valorativos del autor entablan un contrapunto desafiante. Para beneficio de los lectores, el Amir narrador prevalece sobre el ideólogo, y los hechos desmienten a menudo a las ideas. ” Uno de los proxenetas afirma: “comparto una de las verdades que este paisito defiende: los niños nacen para ser felices”. Con frecuencia se desmiente la existencia de prostitución infantil, pero el testimonio de la inquietante Lolita estropea esas excusas.

Hay una sola referencia colateral a “los grupitos de derechos humanos”, quienes aparecen culpados de haberle creado dificultades indirectas a una de las muchachas. Tampoco el Héroe de la República de Cuba Arnaldo Ochoa le merece mayor consideración: “Tronaron a un comemierda ahí -dijo- a un general que traficaba con drogas y esas mierdas.” Este tratamiento contrasta con la reiterada idealización del periodo del mal llamado socialismo real: “la comida, el petróleo y todo nos llegaba por tuberías desde la URSS.”

Entre las causales del auge de la prostitución, Amir pasa por alto el paradójico éxito obtenido contra los valores burgueses que, al asociarse con el subsiguiente fracaso del sistema para sustituirlos, crea un vacío ético, al que vienen a sumarse el generalizado destape sexual de la segunda parte del siglo XX y el predominio del más mediocre materialismo consumista, para propiciar que las jóvenes más dotadas redescubran el viejo oficio. El cantautor Pedro Luis Ferrer lo expresa en su milonga Marucha, la que se acuesta por un poco de elegancia...

No obstante estos detalles, Habana-Babilonia es un libro encomiable, que merece ser leído y debatido en Cuba y entre cubanos, porque nos incumbe y nos pertenece a todos la responsabilidad y la obligación de reconocernos como realmente somos. Agradezcámosle a Amir Valle por crear para nosotros este espejo.


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Fernando Alba
Seudónimo
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