Consenso
Numero 2 de la revista Numero 4 de la revista
ESPACIO DE REFLEXIÓN Y DEBATE DEL PENSAMIENTO PROGRESISTA CUBANO
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01. No sé vivir en otra parte
Entrevista con Leonardo Padura
02. Cuba, la reconciliación nacional
Orlando Freire Santana
03. La unión europea, Cuba y la democratización
Dimas Castellanos
04. Con la hoz y el martillo
Oscar Espinosa Chepe
05. ¿Es la ética un eslabón perdido de la civilización postmoderna?
Juan Lázaro Besada Toledo
06. Habana caliente
Fernando Alba
07. Aquellos días en que fuimos libres: Evocación del mensajero
Leonardo Calvo Cárdenas
08. El país que queremos
María Cristina Herrera
09. Kabul
Wilmer G.
10. Discurso patriótico
Julio San Francisco
11. ¿Por qué consenso?
Nota de la redacción
   
   
   
Habana caliente
Fernando Alba


Acabo de leer Habana Babilonia, una historia de la prostitución habanera escrita por Amir Valle a fines del siglo XX con oficio de periodista y arte de narrador. Ha llegado a mí en formato digital, ignoro si fue publicada como libro en España. Conjeturo que tardará bastante antes que algún sello nacional la ponga a circular en Cuba como esta obra se merece.

Con abundante material, puesto a su disposición por sus protagonistas, el autor consigue captar nuestro interés y sostenerlo a lo largo de más de 300 páginas. Valle aprovecha con eficacia tanto los filos como las redondeces del tópico, porque no se anticipa a juzgar las conductas. Profundiza en busca de la realidad concreta que viven sus testimoniantes aunque esta diste muchísimo de la versión oficial de esa realidad o incluso del ocultamiento de la misma. Enseguida se percibe que no estamos leyendo a la licenciada Fulanita de Tal, ni al compañero funcionario Mengano.

Sin embargo, Amir Valle no es un periodista independiente, ni un escritor radicado fuera de Cuba. Esto sitúa a su libro en una muy prometedora aunque poco habitada tierra de nadie, plena de riesgos y de posibilidades. Su preocupación por el tema es auténtica, no le ha sido encargada ni desde afuera ni desde arriba, le sale desde adentro. Lo ha escrito como escribió el poeta Zenea sus versos en la bartolina:

Porque quise, porque quiero, porque me ha dado la gana.

Al término jinetera Amir le atribuye un origen patricio y guerrero. A mi entender, es más específicamente habanero, data de aquellos años de la década del 70, cuando los extranjeros que nos visitaban eran pocos y escogidos no por sus posibilidades económicas sino por sus preferencias ideológicas. Bastaban para albergarlos los cuatro grandes hoteles de los años cincuenta y en su mayoría eran latinoamericanos. El dólar no poseía mayor significado, -se cambiaba alrededor de los 5 pesos cubanos- estaba penalizada su tenencia, pero distaba mucho de ser el sésamo ábrete. Había bastante dinero circulando, los precios eran bajos, pero la carencia de bienes de consumo elementales ya era crónica. Los artículos de vestir que ofrecía la libreta de artículos industriales (desaparecida sin gloria en la década del 90) eran pocos y por regla anticuados, indeseables. Si en la primera década la moda revolucionaria, calzado militar y ropa de trabajo, había logrado desplazar al buen gusto pequeño burgués, esto no duró, y en los 70 reinaba el blue jeans para todas las edades, con el Levy en la cima.

Entonces, los visitantes revolucionarios eran los portadores de aquella prenda, cuya posesión significaba un mundo de posibilidades en la Isla. Los jóvenes más audaces tropezaban con ellos por las calles del Vedado y se entablaba una amistad, no necesariamente asociada al comercio sexual. El cubano se ofrecía como guía gratuito para pasear por la ciudad y compartir sus experiencias de ciudadano socialista con el visitante; al despedirse, el caballo (así designaban los jinetes al amigo extranjero) solía dejarles como regalo alguna ropa, y los cubanos le correspondían con libros. El término jinete se empleaba en el sentido de sacar a pasear al caballo. Jinetear era el verbo que definía toda la actividad desplegada por el jinete para capturar a su caballo. Estas relaciones se hacían a la vista, en el lobby de los hoteles, en los parques, y nadie veía en ellas nada funesto. Con el tiempo, fueron especializándose y corrompiéndose estos intercambios, que ya comenzaron a incluir tratos comerciales y favores sexuales; al aumentar el número de mujeres, el término adquirió el género femenino y su sentido actual. Mi amigo Raonel Mayarí, que conoció al fabuloso Loquillo al Blackie Kay y a Pedro Pablo Oña Vergara alias El Nene bueno Cachimba, le atribuye al joven pintor y poeta negro Wichy de Centro Habana la paternidad del término en un verso que él recuerda como una exhortación a “seguir cabalgando, jinetes de los corceles de la noche".

Por estos años, existían ya dos fenómenos relacionados con la numerosa colonia soviética y europea socialista presente en Cuba, que pueden considerarse precursores del actual jineterismo. Uno de ellos fue el tráfico comercial en bolsa negra, en el que eran expertos los camaradas, gracias a su acceso a los diplomercados. El otro, más dañino, era la compra y sustracción del país de obras de arte, libros y otros objetos de valor patrimonial, en el que sobresalía el personal diplomático de los hermanos países socialistas, siempre dispuestos a saciar momentáneamente el hambre proverbial de los isleños. Ya en estos años, se desarrollaban relaciones personales entre las bellas cubanas y estos relativamente poderosos foráneos, aunque permanecían veladas y, en todo caso, se trataba de una práctica no profesional. La búsqueda del matrimonio con extranjeros para abandonar legalmente sus países ya era frecuente dentro del entonces monolítico bloque socialista.

Dejemos aparte las anécdotas terribles y lujuriosas. Después del llamado desmerengamiento soviético, el régimen cubano se vio forzado, contra su voluntad política, a volver sobre el turismo, como producto de valor internacional. Entonces, las bellas cubanas descubrieron la calidad de su oferta y, tal como los mejores rincones del país fueron ofrecidos exclusivamente al extranjero, ellas también tasaron su mercancía de exportación al alcance del foráneo, y no sólo por la posesión del billete verde, sino también por la condición misma de no-cubano, vista como un privilegio, del que participa por contagio su pareja. Esta desvalorización del cubano, que no es compartida por las turistas femeninas, refleja la misma coincidencia con la conducta del aparato burocrático que controla y oferta los destinos turísticos de la Isla.

El viejo oficio no ha podido ser del todo controlado por los grandes poderes sociales, aunque al final del libro Amir recoja el más inquietante de sus testimonios, el referido por una joven modelo, Dayli, reclutada para integrar un servicio de “atención a personalidades” con total apariencia de asunto oficial. La información referente al personal colateral (chulos, proveedores de servicios, etc.) evidencia ya la presencia de una incipiente maffia, en combate con la capacidad y la voluntad represiva de las autoridades.

Sin embargo, en todos los casos se constata el evidente fracaso estratégico de las autoridades. Para la Cuba republicana, se ha considerado que las condiciones sociales de pobreza, sobre todo en el campo, fueron determinantes para arrastrar a las jóvenes hacia esa vida contraria a la dignidad y a los objetivos vitales idóneos para la mentalidad cristiana. Esta causal queda al parecer descartada para las nuevas generaciones de mujeres, nacidas bajo condiciones sociales muy diferentes, educadas para ser mujeres nuevas. ¿Qué es entonces lo que las lleva a este comercio? Amir formula con nitidez la pregunta, aunque como artista elude responderla con la misma claridad, y opta por reiterarla para inquietarnos a todos, recurso indudablemente válido. >>

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