
| 01. | No sé vivir en otra parte Entrevista con Leonardo Padura |
| 02. | Cuba, la reconciliación nacional Orlando Freire Santana |
| 03. | La unión europea, Cuba y la democratización Dimas Castellanos |
| 04. | Con la hoz y el martillo Oscar Espinosa Chepe |
| 05. | ¿Es la ética un eslabón perdido de la civilización postmoderna? Juan Lázaro Besada Toledo |
| 06. | Habana caliente Fernando Alba |
| 07. | Aquellos días en que fuimos libres: Evocación del mensajero Leonardo Calvo Cárdenas |
| 08. | El país que queremos María Cristina Herrera |
| 09. | Kabul Wilmer G. |
| 10. | Discurso patriótico Julio San Francisco |
| 11. | ¿Por qué consenso? Nota de la redacción |
Esta dependencia tecnológica ha convertido al hombre en un ente sometido a la dictadura de un progreso científico que en innumerables ocasiones le cosifica, limitando su capacidad de afrontar con una ética consecuente los problemas de la contemporaneidad, a más de redimensionar concepciones que tienen un valor no susceptible de ser cambiado sin que ello implique una amenaza a la evolución social e individual, en tanto que impiden una real inmersión en los problemas sociales y una efectiva cooperación en la impostergable tarea de trabajar en conjunto para la consecución de una moral planetaria, que ayude a salir de la crisis de identidad que acompaña a nuestro tiempo.
El relativismo ético es una enfermedad que está minando de forma incesante a la sociedad de hoy. Luego del fin de la Segunda Guerra Mundial y la escisión del mundo en dos sistemas políticos que durante casi cincuenta años pretendieron dominar al planeta, tras la desaparición del campo socialista, el hombre se ha encontrado ante una gigantesca crisis de individualismo y afán desmedido de consumo y bienestar personal a toda costa, que le ha hecho olvidar su papel de motor en el engranaje de la sociedad. No se puede concebir un progreso efectivo, si antes no se siente, piensa y actúa en función de la entidad a la cual se pertenece. La crisis de las ideologías ha traído aparejada una crisis de la religiosidad y de la ética, pues si en algunas partes ha aumentado el número de creyentes, esto de modo alguno significa que estos vivan de acuerdo a los preceptos de las religiones a las cuales han llegado tal vez como una forma de buscar escape a la asfixia a que les somete una sociedad que nada les proporciona en lo referente a su realización personal.
Por otra parte, el desbalance de riquezas entre los países y los individuos, divididos en ricos cada día más opulentos y pobres cada día más miserables, el egoísmo desmedido y la competencia feroz en busca de aumentar caudales que no siempre se han amasado de la forma más honesta, la drogadicción, el comercio sexual con todas sus ramas, la industria de los armamentos como medio de enriquecimiento y la incitación a odios que desencadenen nuevos conflictos, de los cuales sólo los más poderosos se aprovechan para aumentar su poder, a costa del sufrimiento de los más necesitados, la intolerancia y la exacerbación de las pasiones más innobles, constituyen un rico caldo de cultivo para que el hombre actual se sienta desarraigado en una sociedad que le niega el espacio necesario para la realización de su humanismo.
También influye en esta crisis el hecho, de que cada día más estamos inmersos en el peligro de la autodestrucción de nuestro entorno. Una mirada a las fuentes de recursos naturales y alimentación nos hace ver con claridad, que estamos corriendo de manera bastante acelerada hacia un momento en el que el deterioro de la naturaleza será causa de un empobrecimiento tal, que ni siquiera los más poderosos estarán exentos de sufrir las consecuencias de esa destrucción.
Ante todos estos problemas cabría preguntarse: ¿cree el hombre que podrá sobrevivir a una crisis que afecte por igual a todo el planeta?
No son pocas las voces que se alzan en defensa de los intereses de la humanidad, pero lamentablemente son más los oídos sordos que la fuerza de las voces que reclaman con insistencia angustiosa un cambio urgente de nuestra mentalidad. Pensar que se pueden resolver estos problemas con simples discursos y sin una voluntad real de cambio es la más grande utopía de la historia. Hace falta una concertación de voluntades prestas a la acción si no queremos que en un mañana no muy distante, paguemos todos por las irresponsabilidades de un hoy que ya está comprometiendo nuestro futuro.
Cuando nos enfrentamos a un período de aguda crisis como el que atraviesa esta sociedad postmoderna, es necesario que aceptemos la existencia del problema, pero inmediatamente se precisa, junto con la aceptación del mismo, que trabajemos de conjunto por aportar soluciones plausibles a este. Hablar de la postmodernidad sin tomar en cuenta que la misma es un fenómeno que debe ser entendido en sus complejidades, para poder erradicar aquello que nos perjudica y compromete, significa también un cambio de posiciones éticas que nos ayuden a vencer la crisis y a redimensionar nuestras actitudes, pues de lo contrario nos estamos encaminando hacia un callejón sin salida, cuyo pronóstico es un crimen contra la propia humanidad. Ya no es solamente necesario dar cabida a un renacimiento del humanismo, entendido como la pasión por el bien del hombre, es imprescindible que nos pongamos en el camino de hacer de este nuestro propio estandarte de batalla para salvar al hombre de los peligros de esta crisis que pretende cosificarle. Creo, que la cosificación del ser humano es el mayor peligro que afrontamos en la actualidad. Privar al hombre de su condición, reducirle a ser un simple objeto y no lo que es en realidad, es privarle del derecho inalienable que tiene cada ser humano a contribuir de modo efectivo al mejoramiento de la sociedad.
Asumir los riesgos de esta tarea es una urgencia que no podemos ignorar, bajo la pena de ser mañana las sombras de una civilización. Ante la decadencia del humanismo, la cosificación del hombre y la inevitable depauperación de nuestros valores éticos, sólo cabe trabajar con afán renovador para que este nuevo siglo vea renacer a ese hombre, que enfrentado a sí mismo, encuentre cuanto parece haber perdido para lograr la estabilización de un universo que ha perdido el equilibrio.
Ciertamente, la ética parece ser un eslabón perdido de la postmodernidad, pero toca a cada hombre encontrarlo, a partir de su propia inserción en los problemas del mundo que le ha tocado vivir. Apelar a nuestra propia capacidad de aceptar la necesidad de cambios cada día más urgentes, significa aceptar que somos nosotros mismos los que hemos conducido a la sociedad a este estado de crisis. Aún estamos a tiempo de salvar a nuestra sociedad y a nuestro planeta, de salvarnos a nosotros mismos y de recomenzar la obra inconclusa de un mundo mejor y más noble para todos. A la cultura de un individualismo que nada aporta al mejoramiento humano, opongamos la cultura de la cooperación, al desenfreno opongamos la mesura, a la liviandad y el hedonismo opongamos las razones de nuestro propio humanismo. Hagamos valer los dones que enriquecen nuestras vidas y logremos, que así este nuevo milenio nos ofrezca una esperanza que acabe con la degradación de un hombre que parece haber olvidado, que él y sólo él puede hacer del mundo el hogar común que nos fuese prometido.
Juan Lázaro Besada Toledo. Nacido en La Habana 1953,