Consenso
Numero 2 de la revista Numero 4 de la revista
ESPACIO DE REFLEXIÓN Y DEBATE DEL PENSAMIENTO PROGRESISTA CUBANO
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01. No sé vivir en otra parte
Entrevista con Leonardo Padura
02. Cuba, la reconciliación nacional
Orlando Freire Santana
03. La unión europea, Cuba y la democratización
Dimas Castellanos
04. Con la hoz y el martillo
Oscar Espinosa Chepe
05. ¿Es la ética un eslabón perdido de la civilización postmoderna?
Juan Lázaro Besada Toledo
06. Habana caliente
Fernando Alba
07. Aquellos días en que fuimos libres: Evocación del mensajero
Leonardo Calvo Cárdenas
08. El país que queremos
María Cristina Herrera
09. Kabul
Wilmer G.
10. Discurso patriótico
Julio San Francisco
11. ¿Por qué consenso?
Nota de la redacción
   
   
   
¿Es la ética un eslabón perdido de la civilización postmoderna? (2)
Juan Lázaro Besada Toledo


Cuanto la persona humana quiera conseguir necesariamente deberá supeditarse a las imprescindibles e impostergables necesidades de la entidad social. No es nueva la idea de la integración social del hombre, ya expresada desde la antigüedad por Aristóteles. Cuanto nos separa del conjunto, cuanto nos individualiza y torna más egoístas contribuye a la fisura social y al desmembramiento de la eticidad, cuyas funestas consecuencias estamos pagando hoy día.

Es abundante el magisterio de la Iglesia Católica en este sentido y baste recordar que desde la Rerum Novarum hasta la fecha, mucho se ha escrito acerca de estos temas, sin que la sociedad haya llegado a adquirir una plena conciencia de esta necesidad, que ya está insertada dentro de nuestra propia estrategia de supervivencia para el futuro.

Ya que he abordado el tema de la necesaria complementariedad entre ética y cultura, deberé abundar en algunas consideraciones a este respecto, aún cuando implique aceptar los riesgos que toda reflexión de este tipo conlleva.

Con insistencia se habla de la cultura como una necesidad del hombre, pero no es fácil definirla y ni siquiera los más avezados pensadores han llegado a ponerse de acuerdo a la hora de hacerlo. Me gustaría pues ofrecer mi personal concepción de la misma.

Toda manifestación humana es para mí cultura, por lo que la misma, lejos de ser una entelequia o un concepto abstracto sobre el cual se elaboran innumerables discursos y tesis de carácter filosófico es expresión de nuestra propia humanidad. Separar la cultura de cuanta actividad o proceso emprenda el individuo es negar su base esencial. Sin embargo, para cualquier observador algo compenetrado con el tema, la cultura tiene unas implicaciones antropológicas y éticas que se complementan y ayudan mutuamente, sirviéndose e interactuando de modo tal, que seccionarlas es negarlas a cada una y minimizar los valores que aportan y que les son inherentes.

Tanta cultura existe en la sofisticada creación de los más inquietos espíritus filosóficos, como en las marginalidades propias de las grandes poblaciones de las más diversas partes del planeta. Lo que es propio al hombre es inherente a su cultura y lleva implícito la necesidad de una aceptación de su derecho a existir y la urgencia de su estudio.

De esta manera, cada comunidad e incluso cada grupo social de intereses definidos, aun cuando pertenezcan a una misma comunidad, tienen un tipo particular de manifestación de su cultura y se enriquecen mutuamente, absorbiendo rasgos unos de los otros y fundiéndose, para generar nuevas tradiciones, hábitos y manifestaciones.

Si tomásemos como ejemplo lo ocurrido en América Latina, cuando luego de la conquista y colonización española, en algunos territorios conquistados los indios fueron despiadadamente aniquilados y hubo que recurrir a la esclavitud de negros africanos, que fueron arrancados de sus tierras para venir a reforzar la necesidad de brazos para las tareas que los conquistadores se negaban a hacer, se inició un proceso de transculturación, que también lo fue de asimilación, pues si bien los africanos se vieron obligados a aceptar las costumbres que les imponían sus nuevos amos, también ellos perseveraron en conservar aquellas tradiciones que eran el basamento de su identidad y que nunca fueron destruidas, hasta el grado tal que hoy en día, el espectro de las tradiciones que conforman el gigantesco mapa cultural de la humanidad está en constante proceso de investigación y búsqueda, para hallar soluciones cada vez más urgentes a los innumerables problemas que este fenómeno plantea.

Irremisiblemente, este fenómeno cultural ha influido e influye en la ética, en cuanto la misma es parte esencial del hombre y no puede resultarle ajena una cuestión que reviste vital importancia para el desarrollo de la civilización.

Las implicaciones que la cultura tiene en el desarrollo de la ética son de tal modo insoslayables, que sentimos como la sociedad precisa de un continuo alimentarse de estas expresiones, para conformar una teoría que sirva para ofrecer mayores precisiones en este sentido.

Ahora bien, si nada de lo que antes hemos apuntado carece de una significación sustancial, resulta necesario que consideremos, que ningún individuo o grupo social puede elaborar por sí mismo un conjunto de normas éticas, sin atender a las necesidades de sus semejantes, por lo cual es altamente riesgoso pretender, arguyendo razones de índole económica, social, política o racial, dictar pautas de eticidad. Ejemplos más que elocuentes de la barbarie a que ha conducido una actitud semejante sobran a lo largo de la historia.

Hecho ya un esbozo de los más generales problemas que se suscitan alrededor de las concepciones éticas, con sus irrecusables implicaciones culturales y antropológicas, centremos nuestra atención en las consecuencias de estos procesos en esta época de postmodernidad, que parece querer ignorar cuanto el hombre precisa para construir un porvenir que se adapte a sus necesidades de existencia y supervivencia en un mundo cuyo ambiente se ve cada vez más enrarecido por una inseguridad ética y una esterilidad que amenazan con devorar al humanismo.

Hablar de la postmodernidad es siempre excitante, en cuanto la misma es hoy en día uno de los conceptos más extensamente difundidos entre los estudiosos de las ciencias sociales, pero la gama de problemas que ella plantea es inmensa, sobre todo en cuanto se refiere a la consecución de una ética que encamine a la sociedad a un mejoramiento general que parece alejarse cada día más de su eje. Resulta bastante peligroso entrar en el terreno de las especulaciones cuando los conceptos varían con tanta celeridad como lo hace el progreso de la ciencia y la técnica, pero sí resulta incuestionable que no ha habido un desarrollo parejo del humanismo y de la ciencia y la tecnología, en cuanto hemos hecho al ser humano un ente dependiente de las máquinas, lejos de ser su amo. De forma inconsciente, nos hemos convertido en esclavos de nuestras propias invenciones y no se concibe al hombre moderno si no es atado a la computadora y a los medios de comunicación que, de forma enajenante, dictan nuestros gustos y preferencias, sin tomar en cuenta cuáles son nuestras reales aspiraciones. >>

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