
| 01. | No sé vivir en otra parte Entrevista con Leonardo Padura |
| 02. | Cuba, la reconciliación nacional Orlando Freire Santana |
| 03. | La unión europea, Cuba y la democratización Dimas Castellanos |
| 04. | Con la hoz y el martillo Oscar Espinosa Chepe |
| 05. | ¿Es la ética un eslabón perdido de la civilización postmoderna? Juan Lázaro Besada Toledo |
| 06. | Habana caliente Fernando Alba |
| 07. | Aquellos días en que fuimos libres: Evocación del mensajero Leonardo Calvo Cárdenas |
| 08. | El país que queremos María Cristina Herrera |
| 09. | Kabul Wilmer G. |
| 10. | Discurso patriótico Julio San Francisco |
| 11. | ¿Por qué consenso? Nota de la redacción |
El Consejo de la Unión Europea1, en reunión celebrada en Bruselas el 13 de junio de 2005, reafirmó la vigencia y validez de la Posición Común adoptada por esa institución en 1996, en ella se plantea que:
“El objetivo de la Unión Europea en sus relaciones con Cuba es alentar un proceso de transición a una democracia pluralista y al respeto de los derechos humanos y de las libertades fundamentales, así como una recuperación sostenible y la mejora de las condiciones de vida del pueblo cubano”.
Las transiciones, todas, tienen una determinada dependencia de las relaciones internacionales; dependencia que se agudiza en el caso cubano por la debilidad y atomización de los sujetos potenciales del cambio. Esa característica determina para Cuba no sólo la importancia de los factores externos sino también la necesidad de sustentar las propuestas de cambios en la legitimidad frente a la ilegitimidad de cualquier proyecto exterior en materia de derecho internacional.
La Unión Europea, la mayor organización supranacional del mundo, junto a los Estados Unidos de América, la mayor potencia económica y militar del orbe, conforman las dos fuerzas principales en la arena internacional que tienen una política definida respecto a la situación interna de Cuba. Políticas que, aparentemente semejantes por los fines declarados, guardan sustanciales diferencias en cuanto a legitimidad y métodos empleados. A las acciones e intenciones de uno muchas veces se interponen las del otro y la resultante no es exactamente lo que ninguna de esas dos potencias desea o aspira.
La Posición Común, ratificada nueve años después de su puesta en vigor, es una buena noticia para todos los que apostamos por cambios pacíficos y graduales dentro de Cuba. La misma, además de abrir una gran brecha en la hegemonía de la política de confrontación basada en presiones y proyectos elaborados desde el exterior para derribar al gobierno de la Isla, debilitó las posiciones del régimen cubano para justificar su inmovilismo con el argumento de la agresión y del enemigo externo. Una mirada serena, dos meses después de su ratificación, permite aproximarnos a algunas ideas que invitan a la reflexión y al debate.
Está fuera de discusión el hecho de que durante más de cuatro décadas, y especialmente después de la desaparición del socialismo en Europa del Este, el principal efecto de la política de los Estados Unidos –ilegítima en materia de derecho internacional– ha sido frenar eficazmente los posibles cambios. Basada en la confrontación y el aislamiento, los resultados han sido diametralmente contrarios a su propósito: un franco retroceso en materia de derechos y libertades fundamentales de los ciudadanos y el fortalecimiento del régimen de la Isla. Los que contra toda lógica defienden la continuación de esa malograda apuesta apuntalan su posición con dos argumentos principales: la negación del gobierno a dialogar y la tesis del doble fracaso.
Los que emplean el argumento de la negación gubernamental a dialogar olvidan que el diálogo es al menos bilateral y que el mismo no comienza ipso facto cuando una parte invita a la mesa de negociaciones, sino cuando una de ellas tiene la voluntad y la persistencia suficiente para proponerlo y persistir hasta variar las condiciones que posibilitan la negativa de la otra parte. En el proceso de diálogo como arte de conciliar intereses, las partes siempre tienen que ceder en algo y por razones obvias el que tiene o cree tener la fuerza suficiente para conservar una posición de ventaja –que es precisamente el caso del gobierno cubano– la primera reacción que suele tener es negarse al diálogo. Ello implica que el diálogo como proceso comprende los esfuerzos previos a la negociación. Esa es precisamente la etapa en que nos encontramos en Cuba. Tal comprensión indica la imperiosa necesidad del empleo de un lenguaje firme, pero constructivo, flexible, respetuoso y ético que coadyuve a crear climas de confianza. Y también indica la importancia del rol de las fuerzas externas interesadas en la democratización de Cuba. Sin esas características el diálogo carecería de historia y no fuera una cultura.
Los que esgrimen la tesis del doble fracaso aseguran que la política de diálogo crítico que plantea la Unión Europea tampoco ha arrojado resultados satisfactorios. Aquí el “tampoco” esconde un disimulado reconocimiento del fracaso de su apuesta confrontacional, a la vez que anuncia la tozuda disposición de continuar por esa vía. Sin embargo, la tesis del doble fracaso deviene en falsa al no tener en cuenta el factor temporal y las condiciones: una particularidad importante del diálogo como proceso. El tiempo transcurrido desde que se adoptó la Posición Común en un escenario tan complejo y enrarecido como era la Cuba de 1996 es insuficiente para arrojar resultados definitivos. Mucho menos si esa naciente política carecía y sigue careciendo de la necesaria hegemonía –que ha permanecido en manos de los vecinos del Norte–. Sin embargo, los pocos avances obtenidos en ese período van a la cuenta de los partidarios del diálogo crítico. Un ejemplo de ello es que el argumento utilizado por las autoridades cubanas para desatar en marzo de 2003 la operación represiva más meticulosa, cronometrada e intensa que jamás haya sufrido la oposición pacífica en Cuba –la cual culminó con el encarcelamiento de 75 luchadores por los derechos humanos– fue la ingerencia norteamericana en los asuntos internos de la Isla. Sin embargo, la excarcelación condicional de 14 de ellos y la “tolerancia” ante algunas actividades de la oposición, como ocurrió recientemente con el Congreso de la Asamblea para Promover la Sociedad Civil, es un resultado de la política de diálogo crítico.
En ese sentido es evidente que la política norteamericana hacia Cuba lejos de ayudar a los defensores pro-derechos humanos, nos ha perjudicado. Lejos de contribuir al fortalecimiento de nuestros espacios, los ha enrarecido. Lejos de protegernos frente a la arbitrariedad del Estado, ha colaborado al desamparo. Lejos de proveer climas de confianza apropiados para el avance de los derechos humanos, los ha enturbiado y hecho retroceder. De manera que las sanciones hacia el gobierno de Cuba no han sido sólo ineficaces, sino que han potenciado el enrarecimiento del clima interno y alimentado la lógica confrontacional. Un efecto que favorece y ha favorecido únicamente al gobierno cubano. >>
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