
| 01. | No sé vivir en otra parte Entrevista con Leonardo Padura |
| 02. | Cuba, la reconciliación nacional Orlando Freire Santana |
| 03. | La unión europea, Cuba y la democratización Dimas Castellanos |
| 04. | Con la hoz y el martillo Oscar Espinosa Chepe |
| 05. | ¿Es la ética un eslabón perdido de la civilización postmoderna? Juan Lázaro Besada Toledo |
| 06. | Habana caliente Fernando Alba |
| 07. | Aquellos días en que fuimos libres: Evocación del mensajero Leonardo Calvo Cárdenas |
| 08. | El país que queremos María Cristina Herrera |
| 09. | Kabul Wilmer G. |
| 10. | Discurso patriótico Julio San Francisco |
| 11. | ¿Por qué consenso? Nota de la redacción |
Si me preguntaran por lo más significativo del proyecto “Cuba, la reconciliación nacional” coordinado por la profesora Marifeli Pérez-Stable al frente del grupo de trabajo Memoria, Verdad y Justicia, y patrocinado por el Centro para América Latina y el Caribe (LACC) de la Universidad Internacional de la Florida (FIU), diría que es el hecho de ser una propuesta venida en lo fundamental del exilio cubano, y que concibe una Cuba futura donde todos los cubanos vivan en paz y armonía sin haberse producido antes un ajuste de cuentas entre ellos.
Lamentablemente el proyecto apenas ha tenido difusión entre los que habitan en el interior de la Isla -ellos debían de ser, sin embargo, el destinatario principal-, y sucede así debido a que desmiente la versión del oficialismo insular acerca del contenido y las intenciones de cualquier proyecto que más allá de nuestras fronteras abogue por la transición hacia una Cuba democrática.
Tanto a los jerarcas como a los intelectuales orgánicos del castrismo solo les conviene divulgar ofrecimientos de transiciones que provengan del gobierno de los Estados Unidos o de la que ellos denominan “mafia cubana de Miami”. En el primer caso -argumentan- se pone de manifiesto el interés norteamericano por apoderarse de Cuba, o en el mejor de los lances situar en el gobierno de la Isla a dóciles instrumentos que garanticen el predominio yankee. En el otro se acomodaría la hiperbolizada sentencia de “tres días de licencia para matar en Cuba”. O sea, sería la patente de corso para despojar a las gentes de sus casas, de sus trabajos, a los jubilados de sus pensiones, a los niños de las escuelas, así como otras trasnochadas consideraciones. Ambas propuestas, indudablemente, sirven para justificar el inmovilismo de nuestros gobernantes.
Uno de los aspectos centrales del proyecto es el referido a la interrogante de ¿cómo encarar el pasado cubano cuajado de violaciones de los derechos humanos y otras acciones abusivas y violentas? Los autores del documento se limitan a mostrarnos las experiencias de países donde hubo transiciones, una veces con la creación de Comisiones de la Verdad que juzgaron y sancionaron a los autores de semejantes fechorías, y otras mediante leyes de punto final que optaron por un borrón y cuenta nueva en aras de librar de rencor a las sociedades. No obstante, el texto deja entrever la preferencia de los autores por una solución cercana a la segunda de las experiencias mencionadas.
Particularmente estimo que acciones de uno u otro bando como la voladura del avión cubano en Barbados, el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate, el hundimiento del remolcador 13 de Marzo, ataques desde el mar a ciudades indefensas, los crímenes en el Escambray y los maltratos a los presos en las cárceles no deben quedar impunes. Sería preciso identificar a sus autores y juzgarlos con la severidad que los hechos requieren. Pero de ahí a practicar una política de exclusión -como aconteció en algunas naciones de Europa oriental- hacia aquellos que militaron en el Partido Comunista o pertenecieron a los institutos armados, va un trecho. Si se obrara de esa manera, la Cuba futura se construiría sobre la base de vencedores y vencidos, y con ese legado difícilmente sobrevendría una reconciliación verdadera. Además, es poco ético hacerles a los demás lo que no nos gusta que nos hagan a nosotros. Las intolerancias son las intolerancias aunque vengan disfrazadas de signo contrario.
Los autores de “Cuba, la reconciliación nacional” decidieron no tomar en cuenta el bloqueo norteamericano ni las expropiaciones llevadas a cabo por las autoridades cubanas. En el caso específico del bloqueo, algunos pudieran pensar que la omisión apoca el alcance del documento debido a que esas sanciones económicas son una de las causales que esgrime el gobierno de la Isla para mantener la intransigencia frente a cualquier intento reformista. Sin embargo, estimo que ahí radica uno de los principales méritos del proyecto, puesto que no desvía la atención hacia el diferendo cubano-norteamericano, sino que la centra en el convite entre cubanos, eje principal de esta reconciliación política.
El propio gobierno castrista reconoce que la política del gobierno norteamericano hacia Cuba es rehén de los intereses de la extrema derecha del exilio cubano radicado en Miami. De acuerdo con esa óptica, ninguna administración estadounidense podría normalizar las relaciones con la Isla mientras una parte de las personas nacidas en Cuba -y por tanto deseosas de participar en el futuro de Cuba, no importa donde residan actualmente- se vean excluidas por motivos político-ideológicos. En consecuencia, si se resolviera primero el conflicto entre cubanos y esa porción del exilio miamense participara en la vida política y económica de la Isla, no habría motivos para que persistiera la hostilidad de Washington. Ello también explica el porqué de las relaciones actuales de Estados Unidos con China y Viet Nam al propio tiempo de la enemistad con Cuba.
La situación me lleva a rememorar el dilema que se nos presentó en el tratamiento de la figura de Martí, cuando en el año 2003 dedicamos un ciclo de la revista Espacios a conmemorar el sesquicentenario del nacimiento del Apóstol. Allí debimos tomar partido ante la siguiente interrogante: “¿Qué Martí necesitamos los cubanos, el de con todos y para el bien de todos, o el de la carta inconclusa a Manuel Mercado que pedía la independencia de Cuba para evitar que los Estados Unidos se lanzaran con esa fuerza más sobre las tierras de América?”. En esa ocasión expresé que ambos nos eran necesarios, pero si debíamos establecer una primacía en el tiempo, no dudaba en inclinarme por el primero.
Por otra parte, el alcance de la reconciliación nacional llega hasta un asunto tan recurrente y sobremanera importante para nosotros como lo es el establecimiento de la nación. Si nos atenemos a una opinión muy autorizada en la materia, la del pensador Jorge Mañach, la nación es la forma más definida de los pueblos, y cobra forma en la medida en que ellos adquieren, por la cohesión y la concordancia internas, un carácter y una conciencia colectiva. Para, a renglón seguido, definir que una nación solo se constituye cuando existe una comunión de recuerdos y aspiraciones. >>