
| 01. | Comentarios
a una resolución Antonio Martínez |
| 02. | Tristes
por el tigre Rogelio Fabio Hurtado |
| 03. | Cultura sin
fronteras Leonardo Calvo Cárdenas |
| 04. | César Leal
a sí mismo César Leal Jiménez |
| 05. | La responsabilidad
de ser libres Raúl Antonio Capote |
| 06. | Una propuesta
electoral Reinaldo Escobar |
| 07. | Bocadito
de croqueta sin pan José Prats Sariol |
| 08. | El linaje
masónico de la enseña nacional Eugenio Leal |
| 09. | ¿Como en
Irak? Cristina lobo |
| 10. | SOS El racismo
que se lleva dentro Manuel Cuesta Morúa |
| 11. | Manifestaciones
del racismo en Cuba: varias caras de un viejo mal T. Avellaneda |
| 12. | La vivienda
en Cuba Rogelio Fabio Hurtado |
| 13. | Respuestas
a Felipe Ifaláde Víctor Omolófaoró |
— Antes debió tener algunas señales
— Insomnio, amnesia temporal, hipertensión. Cometí el error de no darle importancia. Estaba tan consagrado al magisterio que descuidé la salud, y ya ve usted: sobrevino el accidente en el aula. Pero no me arrepiento de haber laborado más de quince horas diarias, qué va, si algo necesita el país es que la gente trabaje con espíritu de contingente, con la entrega de que dan ejemplo nuestros dirigentes.
— ¿Ah sí, no? ¿Y cómo fue lo del aula?
— Un alumno me hizo una pregunta que me pareció una provocación, una insolencia proimperialista. La noche anterior había tenido una pesadilla espantosa, apenas pude dormir. Y antes de salir para la Escuela se me olvidó dónde había dejado el Manual de la Academia de Ciencias de la URSS. Imagínese, sin eso...
— ¿Recuerda la pesadilla?
— ¡Cómo no! Me llevaban a una estación de policía, esposado, a puntapiés. Y cuando me presentaron al oficial de guardia resultó que era Federico Engels, de completo uniforme, que ni me dejó hablar, que me condenó por traición. Alta traición, me repetía. Y en ese momento desperté, bañado en sudor. Después he seguido soñando con él...
— ¿Lo había leído en esos días?
— ¡Qué va! Yo preparaba mis clases por los libros del Partido, no quería tergiversar ninguna idea, malinterpretar algún concepto. La firmeza ideológica es básica, imprescindible en la construcción del socialismo.
— ¿Y qué pasó en el aula?
— ¡Terrible!
— Si me lo cuenta le compro otra croqueta de gloriosas médulas.
— Bueno, el alumno se atrevió a dudar del Máximo Líder. Así me pareció... Teníamos instrucciones muy estrictas de salirle al paso a cualquier manifestación de diversionismo ideológico.
— ¿Y entonces, cuál fue la pregunta?
— El tema de la clase era el centralismo democrático. Según los estatutos del Partido, una vez tomado algún acuerdo todos los militantes no sólo tienen que acatarlo, también tienen que defenderlo, aunque no lo consideren acertado, correcto. La unidad de acción debe ser monolítica, sin resquebrajaduras que puedan ayudar a los enemigos. El alumno me preguntó que hasta dónde podía llegar el poder del Primer Secretario del Partido.
— ¿Y usted qué le contestó?
— Ahí vino el percance. Me obnubilé. Lo tomé como una provocación solapada. Yo, yo estaba muy tenso. No había ni desayunado...
— ¿Qué hizo?
— Lo acusé de gusano, vendepatria, quintacolumnista. Se me olvidó que era el Primer Secretario del Comité de Base de la Unión de Jóvenes Comunistas.
— ¡Coño!
— Y aquí me tiene, vendiendo croquetas.
— ¿No hubo manera de arreglar el asunto?
— Sí, me mandaron para psiquiatría.
— Déme otra croqueta, por favor, su caso me ha provocado hambre ansiosa.
— Tome, sabía que en cuanto probara una le iban a gustar, tienen su magia, su endromuria, su misterio inefable.
— ¿Tan inefable como el poder del Primer Secretario?
— Su pregunta es una broma de pésimo gusto.
— Como las croquetas de huesos prestados.
— Mis croquetas son el paradigma del movimiento de innovadores y racionalizadores, un símbolo del espíritu de lucha de nuestro pueblo. No le permito...
— Mire Tristán, aquí tiene el resto, sólo mordí la punta. Se la otorgo como si fuera una medalla. Tristán Tzaráez miró de abajo para arriba a Andrés Bretín, con un odio marxista, leninista, guerrillero. Agarró el resto de la croqueta y se la tiró a la cara. Andrés Bretín la esquivó con agilidad y se puso un pulgar en cada pómulo, movió los dedos y le sacó la lengua. Permanecieron unos segundos quietos, a la expectativa de la reacción contraria. Entonces Tristán comenzó a cantar la Internacional mientras agarraba otra croqueta de la bandeja. Andrés dio media vuelta, apresuradamente se encaminó a la puerta de la cafetería. Detrás, ahora vociferando consignas, Tristán le tiraba croquetas que le daban en el cuello, en la espalda. Andrés pasó como un avión por al lado de la pizarrita. El anuncio de bocadito de croqueta sin pan permanecía igual que siempre: inmóvil, revolucionario, listo a recibir nuevos curiosos.