
| 01. | Comentarios
a una resolución Antonio Martínez |
| 02. | Tristes
por el tigre Rogelio Fabio Hurtado |
| 03. | Cultura sin
fronteras Leonardo Calvo Cárdenas |
| 04. | César Leal
a sí mismo César Leal Jiménez |
| 05. | La responsabilidad
de ser libres Raúl Antonio Capote |
| 06. | Una propuesta
electoral Reinaldo Escobar |
| 07. | Bocadito
de croqueta sin pan José Prats Sariol |
| 08. | El linaje
masónico de la enseña nacional Eugenio Leal |
| 09. | ¿Como en
Irak? Cristina lobo |
| 10. | SOS El racismo
que se lleva dentro Manuel Cuesta Morúa |
| 11. | Manifestaciones
del racismo en Cuba: varias caras de un viejo mal T. Avellaneda |
| 12. | La vivienda
en Cuba Rogelio Fabio Hurtado |
| 13. | Respuestas
a Felipe Ifaláde Víctor Omolófaoró |
Andrés Bretín viró la cabeza como si estuviera jurando la bandera en una parada militar. El anuncio era inverosímil, por eso mismo era posible. La pizarrita colgaba a la izquierda de la puerta despintada de la cafetería Medici. Colgaba como un ahorcado. Las letras eran tan mortecinas que sólo un hambre noruega o una gula romana podrían provocar que alguien se fijara en ellas. No aparecía más nada en el menú, ni siquiera agua, ni de qué estaban hechas las croquetas. Sólo el precio. Pensó seguir de largo, pero la curiosidad fue indomable, tan fuerte como su manía de leer cuanto escrito se encontrara en la calle. Entró al ensombrecido, descascarado salón donde una sola lámpara de luz fría se bamboleaba del techo. Avanzó hacia el mostrador metálico. El empleado, con la cabeza apoyada en la mano izquierda, hojeaba una revista extranjera muy manoseada. Varias moscas revoloteaban sobre la caja contadora que permanecía con la gaveta abierta, como si el teclado no funcionara. Andrés Bretín observó que al fondo del estrecho local, tras la ventanilla de la cocina, alguien trajinaba cerca del fogón. Como era el único cliente, se acercó al camarero cajero, pensando cómo lanzarle la pregunta. Este levantó la vista fastidiada por la interrupción de la lectura:
—¿Cuántas croquetas quiere?
— No no, por favor, buenos días. Perdóneme: ¿Cómo pueden anunciar un bocadito sin pan?
— Ah, compañero. Primero, porque este mes no ha entrado el pan. De la Empresa de Croquetas y Albóndigas dicen que el horno está roto. Segundo, porque no hay error lingüístico: bocadito es bocado pequeño. Una croqueta da para varios bocaditos, salvo que usted sea un mal educado y se la meta entera en la boca. Así rompemos la falsa identificación de bocadito con emparedado, con sándwich. Y tercero, porque no incumpliremos el plan de emulación, no seremos rentables, no y no.
— ¿Podrían anunciar croquetas, simplemente?
— ¿Usted es inspector, periodista, disidente o qué?
— En el último congreso de filosofía en Freiburg no se trató el punto de la ipseidad croqueteril. Pero me parece que el pan es determinante, es la realidad radical del bocadito, cuyo significado ha sido impuesto por el uso, e implica la obligatoriedad del pan, de algo — croqueta o lasca de cualquier cosa— dentro de dos rebanadas de pan o de dos galletas.
— Error. Si ponemos croqueta así, peladas, empobrecemos la imagen pública del país, ayudamos a los que critican nuestro estado de bienestar. Y además, no podríamos cobrar el mismo precio, no contribuiríamos a la imprescindible necesidad de extraer dinero de la circulación, sanear las finanzas internas.
— ¿Entonces no es absurdo anunciar que no llevan pan?
— Casi nadie se fija en ese detallito. Sólo gente con ganas de molestar, alterar el orden establecido, lo dispuesto por las instancias superiores.
— ¿Me está acusando de subversivo?
— Por lo menos de que le gusta fastidiar, favorecer los paladares, los cuentapropistas. En fin, ¿cuántas quiere? O váyase para la cafetería de la calle Trocadero. Dicen que allí hay bocaditos de pan, pero sin croqueta. Así que la oferta nuestra sabe mejor, ¿no?
— ¿Y de qué son las croquetas?
— Usted sabe las dificultades del período especial... La verdad es que la Empresa sólo tiene harina, sal, un poco de aceite donado por Italia o por Haití para freírlas. Imagínese qué problema. Pero nuestro Director es un genio, de seguro que lo promueven hacia el sector de divisas, hacia alguna corporación de capital mixto. Se fue al matadero de la Virgen del Camino y el administrador no le pudo ofrecer ni las piltrafas porque estaban comprometidas con los asilos. Entonces le preguntó por los huesos. Pero estaban asignados a la Empresa de Jabón Cañero. Averiguó a qué hora los recogían, y como era sobre las cinco de la mañana, acordó llevárselos a las doce de la noche, hervirlos un poco y retornarlos enteritos a las cuatro y media...
— ¿Quiere decir que las croquetas son de huesos prestados?
— Así mismo es. En el tuétano está el alma de la carne, la sustancia primigenia, la programación genética, la mónada de Leibniz. Verdad que se pegan un poco al cielo de la boca, pero como no hay chiclets en moneda nacional... Y muy sanas, mejores que las de averigua que venden los particulares. Las nuestras ni gato por liebre ni liebre por gato: huesos, médulas ardientes. El pueblo merece siempre lo mejor, es un deber mantenerlo sano y fuerte, listo para el trabajo.
— Me da una, por favor.
— ¿Nada más que una?
— Para probar, estoy intrigadísimo por el sabor.
— Tome.
— ¿Pero cuándo las frieron? Está helada. Y además, así con la mano, ni siquiera un pedacito de papel.
— Estamos en plan de ahorro, se fríen de cien en cien. Y usted debe saber que el índice y el pulgar determinaron el desarrollo de la mano, del más sofisticado instrumento de trabajo. Estos dos dedos garantizaron el progreso del homo sapiens, nos bajaron del árbol. Cójala sin pena.
— Sabe como a... No sé... a...
— Aquí cae mucha gente sin imaginación, sobre todo aquellos cuyo origen de clase es burgués, feudal, esclavista, y sus derivados reaccionarios de hoy. ¿Por qué no relaciona el sabor de nuestra croqueta con alguna delicadeza asiática? Mao, en su célebre Libro rojo, decía que el pato laqueado de los mandarines sabía a pato laqueado de los comunistas.
— No entiendo bien ese pensamiento de Mao. Pero además la croqueta se estira, tiene algo elástico, se pega.
— Otra de sus propiedades. Gracias a eso llena más, se demora más en tragársela y la digestión es más sana, favorece el trabajo de los jugos gástricos.
— Voy a tener que meterme el dedo en la boca para desprenderla, perdóneme la grosería.
— Adelante, esa es la caballerosidad proletaria. Use el meñique, es el dedo ideal para las operaciones bucales, se lo recomiendo a todos los usuarios.
— Usted posee un nivel cultural distante de un simple trabajador gastronómico. ¿Siempre estuvo en el giro?
— ¡Qué va! Yo era profesor de marxismo-leninismo en la Escuela Nacional de Cuadros. Lamentablemente me enfermé de los nervios, van a hacer ya dos años. Aquí me entretengo hasta que pueda regresar a la docencia.
— Permita que me presente: Andrés Bretín. Soy psicólogo en el Hospital Contrainsurgente. Tal vez pueda ayudarlo.
— Tristón Tzaráez. Gracias.
— No deseo ser entrometido, irrespetuoso, pero me gustaría saber cuáles fueron los síntomas, qué le dice su psiquiatra.
— Tuve una crisis. Lo peor que me pudo suceder es que fue en plena clase, delante de cuarenta alumnos. Una verdadera desgracia. >>