
| 01. | Comentarios
a una resolución Antonio Martínez |
| 02. | Tristes
por el tigre Rogelio Fabio Hurtado |
| 03. | Cultura sin
fronteras Leonardo Calvo Cárdenas |
| 04. | César Leal
a sí mismo César Leal Jiménez |
| 05. | La responsabilidad
de ser libres Raúl Antonio Capote |
| 06. | Una propuesta
electoral Reinaldo Escobar |
| 07. | Bocadito
de croqueta sin pan José Prats Sariol |
| 08. | El linaje
masónico de la enseña nacional Eugenio Leal |
| 09. | ¿Como en
Irak? Cristina lobo |
| 10. | SOS El racismo
que se lleva dentro Manuel Cuesta Morúa |
| 11. | Manifestaciones
del racismo en Cuba: varias caras de un viejo mal T. Avellaneda |
| 12. | La vivienda
en Cuba Rogelio Fabio Hurtado |
| 13. | Respuestas
a Felipe Ifaláde Víctor Omolófaoró |
El gobierno cubano, según afirma, se propone convertir a nuestro país en el más culto del mundo.
Es fácil discernir que poco futuro tiene el ambicioso propósito en un país con tan pobres fundamentos materiales y tan limitados espacios de libertad tanto para la creación, la difusión o el disfrute de cualquier producto artístico o cultural.
Pero otro fenómeno –bien lamentable por cierto– lastra cualquier alcance cultural de la nación cubana. Nuestra cultura es una sola, verdad sin dudas ni matices que en las últimas décadas ha sido coartada por la complejidad de las álgidas circunstancias políticas que ha vivido nuestro país.
Figuras cumbres de nuestra historia cultural como Heredia, Brindis de Salas, Bonifacio Byrne, Dámaso Pérez Prado o Agustín Cárdenas alcanzaron la mayor parte de sus glorias fuera de nuestras fronteras sin que ello hiciera mella en la grandeza y cubanía de sus obras. Pero en los últimos cuarenta años muchos cubanos han tenido que reubicarse, desenvolverse y triunfar lejos de su patria, presos del desarraigo y la nostalgia, sufriendo además el desconocimiento y rechazo prejuicioso de las autoridades de la Isla, que por demás han condenado a nuestro pueblo a la ignorancia de mucho de lo grande y bueno que han aportado esos artistas a la cultura universal.
En este mundo globalizado e interdependiente Cuba es la única nación de occidente donde un pueblo con considerables niveles de instrucción vive de espaldas a la obra y la gloria de muchos de sus más ilustres hijos.
El hecho lamentable de que quien controla de manera absoluta todos los espacios y medios de instrucción académica, promoción y difusión cultural solo valore, reconozca y difunda lo que se acomode a sus estrechos criterios de fidelidad política y a su esquemático referente de cultura como control ideológico, ha provocado entre otros fenómenos indeseables:
Ese monopolio excluyente de los espacios culturales además motiva que muchos talentos —principalmente jóvenes— criados y formados por la revolución, busquen en otras latitudes eso que es esencial para la creación artística: la libertad; aunque esta decisión implique romper los lazos físicos con su tierra y pasar a engrosar la lista negra de los ignorados y denigrados por el gobierno cubano.
La atrofia estructural de un sistema en crisis permanente alcanza también el sector de la cultura, porque Cuba es el país que más instituciones culturales y artísticas oficiales posee. Junto al Ministerio de Cultura, las empresas, asociaciones y demás organismos forman una extensa red que parece servir muy bien para controlar las ideas y garantizar fidelidades, afianzar la censura y el control ideológico sobre los creadores pero que muchas veces se muestra incapaz de dar espacio e impulso al talento joven o desconocido que a lo largo del país se esfuerza, en difíciles condiciones y con frecuencia en vano, por seguir aportando a nuestra cultura y lograr el reconocimiento que merece, al punto que en los últimos años productores y promotores extranjeros han tenido que venir a “descubrir” e impulsar a valiosos artistas que permanecían en el anonimato o el ostracismo.
Hace muy pocos años el previsor Ry Cooder entregó al mundo mucho del talento oculto o desahuciado por los medios de promoción y difusión de la música en Cuba y con Buena Vista Social Club –disco merecedor del premio Grammy y documental nominado al no menos codiciado Oscar- ganaron justo reconocimiento y popularidad internacionales, figuras como Rubén González que sin perder su proverbial sencillez impactó con fuerza en la pianística contemporánea, Francisco Repilado “Compay Segundo” que ya nonagenario impuso su presencia obligada en cada escenario musical de categoría universal, o Ibrahin Ferrer que pasó del desencanto, la venta de carbón y el lustre de zapatos a convertirse en uno de los cantantes más conocido de la historia del Cuba en todo el mundo.
La ola de sui géneris descubrimientos, sin embargo, llegó tarde para Carlos Embale, la voz más emblemática y genuina de la música tradicional cubana que murió en una inexplicable miseria después de desandar menesteroso la populosa y restaurada calle Obispo en La Habana, ante la incrédula perplejidad de los que lograban reconocerlo y la pasmosa indiferencia de nuestras instituciones culturales.
A saber cuántos talentos en toda Cuba esperan por el ansiado descubridor, o la necesaria liberalización cultural que les permita sin presión ni condicionamientos ser por fin profetas en su tierra.
Obviando la fatua vanidad de quien presume de algo que carece, el propósito de ampliar los horizontes culturales de nuestro pueblo es loable y plausible, pero José Martí nos enseñó que no hay separación posible entre cultura y libertad. No es la propaganda autocomplaciente lo que nos acercará al noble propósito. Solo reconociendo el pluralismo natural de nuestro pueblo y respetando el derecho de los cubanos a disfrutar con orgullo la obra y los logros de sus artistas, independientemente de cómo piensen y dónde vivan, la cultura será el maravilloso patrimonio de todos y no la bandera propagandística de un poder vacío de alternativas y horizontes.