
| 01. | Comentarios
a una resolución Antonio Martínez |
| 02. | Tristes
por el tigre Rogelio Fabio Hurtado |
| 03. | Cultura sin
fronteras Leonardo Calvo Cárdenas |
| 04. | César Leal
a sí mismo César Leal Jiménez |
| 05. | La responsabilidad
de ser libres Raúl Antonio Capote |
| 06. | Una propuesta
electoral Reinaldo Escobar |
| 07. | Bocadito
de croqueta sin pan José Prats Sariol |
| 08. | El linaje
masónico de la enseña nacional Eugenio Leal |
| 09. | ¿Como en
Irak? Cristina lobo |
| 10. | SOS El racismo
que se lleva dentro Manuel Cuesta Morúa |
| 11. | Manifestaciones
del racismo en Cuba: varias caras de un viejo mal T. Avellaneda |
| 12. | La vivienda
en Cuba Rogelio Fabio Hurtado |
| 13. | Respuestas
a Felipe Ifaláde Víctor Omolófaoró |
Ahora bien, si la identidad está en la comunidad, el cuartón y el barrio, donde viven o a donde van incluso nuestros descendientes hispánicos, la matriz está en problemas... y muy graves, como muy bien saben los más serios antropólogos cubanos. Monseñor de Céspedes, sin ser antropólogo, lo sabe. Pero donde él ve un retroceso o una involución, aquellos ven una manifestación del modelo de nuestra identidad: el permanente trasiego de valores, elementos, gestos y maneras de expresarnos que conforman la cultura cubana. La moralización de la identidad es un mal camino para entender qué pasa en Cuba y quiénes somos los cubanos.
Esto me lleva a un punto central. La nación cubana no es una prolongación política de una nación étnica. No es la reunión de etnias germanas en una entidad política llamada Alemania ni expresa la continuidad de los nipones del Japón. Ningún descubrimiento, por cierto. Pero no nace tampoco ni siquiera de la confluencia pacífica o forzada de la diversidad como en el caso mismo de España. En España la diversidad fue trabajada durante siglos por el catolicismo y tuvo y continúa teniendo el obstáculo y la riqueza de que esa diversidad, forjada también durante siglos, tiene una expresión territorial: la Vascongada, Catalunya, Galixia, etc. Lo segundo es decir, el catolicismo, facilitó la unidad por encima de lo primero es decir, la diversidad; todo lo cual permitió el nacimiento de lo Hispánico. A la larga, de la unidad en la mente y en la fe, nace España. Sin embargo, se llegó a un pacto por el cual la nación política, identificada no solo en la fe, asume a las diversas naciones étnicas expresadas en la cultura.
El nacimiento de Cuba es político a secas, en lo que tiene que ver primero con su nacionalidad y después con la nación. Cuando este esfuerzo de darnos una nación se topa con las cuestiones de identidad no tiene un problema de política, sino de cultura: el de cómo abrir las puertas de acceso a la diversidad nacional y no el de cómo convertir en nacionales a la diversidad étnica. Para entonces ya la identidad nacional está cuajada en las tardes o noches del barracón, en las prácticas múltiples de la religiosidad, en la penetración silenciosa del indígena ausente, en el pragmatismo como filosofía de vida, en la adaptabilidad frente a referencias históricamente adversas para nuestra realización individual y colectiva, y en muchas cosas más que todo el mundo sabe, y sobre todo, vive.
Concediendo, en una hipótesis extravagante, que lo hispánico expresara alguna continuidad étnica, esto sólo se conecta en Cuba con el esfuerzo de la metrópolis de construir su vasto imperio y para el cual éramos una mera provincia. El catolicismo, en su expresión múltiple, tiene un fuerte significado para este esfuerzo de hispanismo universal respaldado por el Universo de la Iglesia católica. Pero para cuando Cuba despunta como nación, lo hispánico está saboteado en todos sus niveles por lo indígena y lo africano. Cuba simplemente no podía ser desde el incesto étnico. La función centrípeta de la matriz, de todas las matrices, desaparece. Lo hispánico y su moral, que garantizaban una isla siempre fiel a España, constituyen un espacio más, importante sin dudas, dentro del vitral que expresa la nación cubana.
Se ha hablado y teorizado poco, pero soy de los que piensa que el molde integrador de los cubanos no proviene ni podía provenir de las identidades culturales sino del ámbito político del republicanismo, que tuvo una deriva muy fuerte e históricamente perversa en el culto a las revoluciones. La pluralidad cultural logra algunos niveles de integración, sobre todo en lo estético, y desencuentros insolubles en la religión, con una que otra superposición más o menos confusa en este ámbito. En la Cuba de siempre se practican ritos diversos, religiones de casi todo el mundo, hermandades de diversa procedencia y cristianismos de múltiples interpretaciones; a veces todo entrecruzado. Hay y hubo también siempre muchos ateos ¿Qué tiene que ver todo esto con la matriz hispánica?
Frente a todo aquello sólo podía ocurrir lo siguiente: por un lado, la mutua penetración de las culturas y por otro, su mutua neutralización. El ámbito de lo político era y es el único que podía ofrecer una cierta unificación de la diversidad, a condición de disolver su matrimonio de hecho con cualquier esquema de control y dominación cultural de esa diversidad indómita. La élite hispana en Cuba necesitaba y necesita en este punto la flexibilidad de la élite Wasp que logró integrar más a su minoría negra, en niveles sociales y públicos, porque no se le ocurrió hacerla puritana. Flexibilidad que parece imposible, por supuesto.
¿Qué conectaba y conecta nuestra diversidad o fragmentación cultural? Un cemento anti-hispano que muchos en Cuba no quieren admitir como un rasgo fundamental de la identidad cubana: la combinación entre practicismo y pragmatismo. Sabemos, a pesar de nuestras resistencias, que los Usos del Espíritu es un libro que se le debe a la cultura cubana. Porque los cubanos, en sentido general, no están al servicio del Espíritu sino que ponen a todos los espíritus como gerentes del más allá, para la mejor gestión de sus vidas personales, familiares y colectivas: una lectura de la vida divorciada de su matriz hispana y que tuvo y tendrá consecuencias fundamentales para pensar nuestro proyecto de nación.
Pero en las premisas del proyecto de nación que se ha definido hasta hoy día, el negro sobra. Así sin más. El problema para estas premisas es que el negro no sobra en la nación real, esa que existe y forjó su identidad como pudo. Y la realidad siempre introduce matices que diversifican los enfoques.
Un sector de la élite, despreocupada por los asuntos históricos y culturales, pensó y piensa que los negros deben ocupar su lugar, ¿cuál?; que nada de mezclas y que se debe hacer un esfuerzo intelectual, económico y político por legitimar una supremacía de hecho en la sociedad. Un enfoque que no tiene intelectuales con coraje para asumir el desafío público necesario y que hasta ahora sólo se expresa con gestos: de autoafirmación y desprecio hacia el negro.
Otro sector de la élite, con una mínima sensibilidad cultural e histórica y algo atraído por el mestizaje, piensa que los negros deben ocupar un lugar que los haga sentirse partícipes e integrados, que para ello deben ser lavados, sin exagerar con el baño; pero que todo ello debe hacerse evitando su entrada permanente a los circuitos básicos de la élite para evitar una contaminación que debilite una dominación heredada por cultura y esfuerzo de los “padres fundadores”. Para este sector, los negros dentro de los circuitos periféricos muestran el éxito de su proyecto e ilustran el valor, funcionalidad y modernismo de su obra pedagógica. >>