Consenso
Numero 1 de la revista Numero 3 de la revista
ESPACIO DE REFLEXIÓN Y DEBATE DEL PENSAMIENTO PROGRESISTA CUBANO
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01. Comentarios a una resolución
Antonio Martínez
02. Tristes por el tigre
Rogelio Fabio Hurtado
03. Cultura sin fronteras
Leonardo Calvo Cárdenas
04. César Leal a sí mismo
César Leal Jiménez
05. La responsabilidad de ser libres
Raúl Antonio Capote
06. Una propuesta electoral
Reinaldo Escobar
07. Bocadito de croqueta sin pan
José Prats Sariol
08. El linaje masónico de la enseña nacional
Eugenio Leal
09. ¿Como en Irak?
Cristina lobo
10. SOS El racismo que se lleva dentro
Manuel Cuesta Morúa
11. Manifestaciones del racismo en Cuba: varias caras de un viejo mal
T. Avellaneda
12. La vivienda en Cuba
Rogelio Fabio Hurtado
13. Respuestas a Felipe Ifaláde
Víctor Omolófaoró
   
   
   
>S.O.S. El Racismo que se lleva dentro (3)
Manuel Cuesta Morúa


En términos culturales y por consiguiente de identidad:

Como un espacio que debe ser moldeado por un tipo de moral prohibitiva, rígida, paternalista, con un fuerte sentido de la culpa, regañona y reacia a la diversidad que representan los otros. Para estas élites la identidad de Cuba no se establece en base a elementos estéticos y de mentalidad. La identidad de Cuba es ética y, como tal permanecerá siempre en estado de proyecto hasta que los cubanos no seamos moldeados por la ética cristiana, en versión católica o revolucionaria: las poderosas imágenes de la moral de Cristo y de la moral del Che se contraponen en sus orígenes, desafíos, contenidos y consecuencias, pero no en su estructura ni en sus bases. Estas imágenes, que merecen todo mi respeto, poco tienen que ver con la Cuba profunda, aunque sí con la más visible. Y si la nación cubana está incompleta, lo está para estas élites porque la ética que han propuesto no puebla todas y cada una de nuestras cabezas. En este proyecto el negro tampoco es bien asimilable a menos que sea evangelizado —y esta condición ni siquiera es suficiente— por la Iglesia Católica o por la indefinible y novísima Batalla de Ideas.

Todo lo anterior requiere armar o construir, rearmar o reconstruir la identidad de Cuba; en muy pocos casos en relación a sus elementos reales; en la mayoría, desde el mero artificio político o cultural.

Si este proyecto ha de prevalecer, es necesario cuidar y proteger la matriz: moral, política e intelectualmente. Y aunque parezca contradictorio, la matriz puede protegerse igualmente del modo que propone Cuba, la que llevo dentro o del modo que critica. En ambos casos el negro es visto como ese extraño familiar que hay que lavar y domesticar, o que hay que manipular si sus resistencias culturales resultan tan fuertes como parecen ser.

La nota descollante del proyecto moral y político de nuestra historia republicana hasta hoy —proyecto cuajado desde la etapa colonial— es así profundamente racista; y en verdad que nunca había leído una defensa católico-cristiana de ese proyecto hasta que me encontré con el texto de Monseñor de Céspedes.

¿Dije racista? Sí, pero de un racismo peculiar. Un racismo interrupto por la mortificación de la carne india, negra y mulata. La traición de la libido descolocó todo el racismo hispánico.

Los españoles detestaban todo lo indígena y africano: su religiosidad, su plasticidad mental, su desconocimiento hacia el Dios Único y su politeísmo; excepto los briosos y perfilados cuerpos de las indias, negras y negros de nación. Ahora bien, la identidad de Cuba comienza en el intercambio que resulta de esta violencia del cuerpo del diferente: comienza física y simbólicamente en ese momento: con o sin parto, con o sin aborto y con ese primer mestizo o esa primera mestiza que nacen de la relación blanco-indio-negro y de la súbita aparición del mundo del otro, lo que significa una quiebra natural de las barreras entre poblaciones de raíces diversas.

Así nace la identidad en las culturas forjadas por conquista: del flujo entre mundos diferentes y de la resistencia de los dominados y conquistados. Como saben todos los antropólogos serios, la resistencia en cuestiones de cultura influye más a la larga en la formación de las identidades —asunto siempre del largo plazo— que los modelos introducidos e impuestos por las élites. Expongo una sola y sencilla razón, de psicología individual y colectiva: la imposición bloquea los mecanismos profundos de asimilación mental y construye imágenes falsas aunque muy sutiles de pertenencia, que han sido siempre el dolor de cabeza de antropólogos y sociólogos. Esto afianza, más que destruye, los rasgos culturales que reproducen los grupos. Casi cincuenta años de marxismo impuesto no lograron convertir a los cubanos a esa religión política. Casi el mismo tiempo de suprimidas las navidades, hoy son celebradas por generaciones que nacieron después de los años 60 del siglo pasado. Confundir cultura de dominación con identidad cultural ha sido siempre, y en consecuencia, el error intelectual, cultural y político de las élites de poder en Cuba; demasiado rígidas y por eso mismo incapaces para modelar nuestra identidad.

Cuba se constituye, como identidad, quebrando toda matriz. La proliferación de lo diverso es nuestro signo. En ese contexto irrumpe por ejemplo, —para referirme al mundo estricto de la religión—, la diversidad que representa el protestantismo, a fines del siglo XIX; reestructurando todo el paisaje de una dimensión tan importante en la formación de todos los pueblos de Occidente.

Nación del Occidente, Cuba tiene un molde occidental. Verdad de Perogrullo y petición de principio que me atrevo a reproducir para distinguir hispanidad de occidentalidad. ¿Cómo distinguirlos en el caso de Cuba? De muchas maneras. Para el asunto en discusión vale decir que el hispanismo aquí no ha alcanzado hegemonía sociológica en ninguna de sus dimensiones porque Cuba nace de las múltiples tensiones en la formación cultural misma de Occidente. No digo, para que no se me malinterprete, que nuestro país está en el centro de la modernidad occidental, sino que nace de sus contradicciones. ¿Explotar indios es pecado?, pues traed negros; ¿qué los negros son muchos?, pues traed más blancos; ¿que no hay brazos?, pues importad haitianos, jamaicanos y culies chinos. Demasiada velocidad histórica para que una cosmovisión Única, vinculada al catolicismo, tenga tiempo de moldear una identidad. Demasiada diversidad cultural para que la combinación entre cultura de élite y dominación lograran a la larga imponer su modelo. Digo absolutamente que el pluralismo cultural y religioso es nuestra identidad.

En este proceso veloz y diverso, ¿quién moldea a quién y quién modela la identidad? Si la identidad está en las universidades, en los centros de formación, en los lugares bien y en el sempiterno discurso de las élites, pues casi no hay discusión: nuestro molde es predominantemente hispano: su personal, blanco y blanqueado, y las bases escolásticas de su proyección cultural y pedagógica así lo testimonian. Sabemos muy bien que la presencia negra en los centros de alta cultura en Cuba dejó y deja mucho que desear. Hoy mismo, según algunos datos que debo confirmar, el 92% de los estudiantes universitarios en Cuba es de lo que aquí llamamos raza blanca. Me imagino que en los centros de formación católica —lo que no es buena noticia— la relación porcentual esté algo por encima. >>

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