Consenso
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ESPACIO DE REFLEXIÓN Y DEBATE DEL PENSAMIENTO PROGRESISTA CUBANO
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01. El fenómeno iyáonifá en Cuba
Víctor Betancourt Estrada
02. Réplica a "El fenómeno iyáonifá"
Jorge Felipe Marín
03. Cerrar el paso a la violencia
Dimas Castellanos
04. 10 de abril. Gloriosos aniversarios, retos vigentes
Leonardo Calvo
05. Los partidos políticos en Cuba
Byron Miguel
06. El proyecto revolucionario y los homosexuales
Tomás Fernández Robaina
07. Maximalismos y minimalismos en Cuba, las estrategias alternativas de transición en perspectiva
Manuel Cuesta Morúa
08. Cuba: realidades y perspectivas para un nuevo año
T. Avellaneda
09. Exigencias de un diálogo nacional cubano
María Cristina Herrera
10. La muerte de un maestro
Rogelio Fabio Hurtado
11. Novela negra a lo cubano
Raúl Antonio Capote
   
   
Los partidos políticos en Cuba
Byron Miguel



Los partidos políticos son un fenómeno reciente en la historia; ni en Grecia ni en Roma hubo partidos políticos, tampoco en la Europa medieval. Durante la Revolución Francesa destacados revolucionarios condenaron implícitamente los partidos o facciones. Condorcet afirmaba que una de las necesidades fundamentales de la República Francesa era no tener ningún partido.

No será hasta la segunda mitad del siglo XIX en que comenzarán a aparecer los partidos políticos. Los Estados Unidos fueron los primeros en reconocer este tipo de organizaciones en 1866, a pesar del tradicional temor de los “padres fundadores” por las facciones; George Washington decía que los partidos eran peligrosos y había que evitarlos. Poco tiempo después surge en Alemania el Partido Socialdemócrata Alemán, cuya organización ha servido de modelo a partidos de diferente ideología hasta nuestros días.

En España, al amparo de la constitución de 1876, ya terminada la guerra carlista y en vías de pacificación la Isla de Cuba, la competencia entre los partidos va a sustituir los pronunciamientos militares. Liberales y conservadores van a alternarse en el poder hasta la muerte de Cánovas a fines del siglo.

En 1878, siguiendo más o menos el modelo de la península, se establecen en Cuba los dos grandes partidos de la época colonial, el partido Autonomista, mayormente el partido de los cubanos, y el partido Unión Constitucional, un partido asimilista de fuerte militancia peninsular, que años más tarde se dividió y dio lugar a la aparición del partido Reformista de tendencia más moderada; durante veinte años estos partidos van a dominar la política dentro de la Isla.

En 1892 José Martí funda el Partido Revolucionario Cubano. En el preámbulo de los estatutos se expone que: “el Partido Revolucionario Cubano no se propone perpetuar en la República Cubana que aspira a fundar, el espíritu autoritario y la composición burocrática de la Colonia, sino a fundar un pueblo nuevo, capaz de vencer por el orden del trabajo real y el equilibrio de las fuerzas sociales los peligros de la libertad repentina en una sociedad compuesta para la esclavitud.”

Durante la ocupación militar norteamericana, época de apasionadas posiciones y discusiones, se establecen varios partidos, los más importantes fueron el partido Unión Democrática, el partido Nacional y el partido Republicano, éste último dividido por regiones y caudillos con políticas diferentes.

Aquellos políticos y sus partidos no estuvieron a la altura que se esperaba y la República no pudo consolidarse, el temor de Martí por los peligros de la libertad repentina quedó plenamente justificado.

Pasada la segunda intervención el partido Conservador y el partido Liberal van a dominar la escena política cubana hasta la revolución de 1933. Después de la caída de Machado aparece una gran variedad de tendencias y organizaciones que compiten en el interregno de 1933-1939. La elección de los delegados a la Convención Constituyente de 1940 culmina esta etapa.

Durante el período posrevolucionario se consolida el crecimiento de las ideologías y los partidos de izquierda. En 1932 Jorge Mañach publica Esquema histórico de pensamiento cubano, como contribución al “Número Centenario del Diario de la Marina”; en este artículo Mañach declara: Por un curioso ritmo histórico, el pensamiento cubano se encuentra ahora, como al comienzo de su evolución, oscilando entre un relativo y un absoluto nuevos. Entre un socialismo posibilista, que ajusta el grado y tempo de la innovación a la peculiaridad cubana, y un comunismo dominado por la teoría y afanoso de universalidad.

Esta tendencia se hizo patente en las últimas elecciones democráticas presidenciales que hubo en Cuba, las de 1948; en estos comicios la Alianza Auténtico-Republicana y el Partido Ortodoxo, ambos de tendencia socialdemócrata, obtuvieron el 63% de los sufragios, que sumados al 7% que obtuvo el Partido Socialista Popular, de filiación marxista-leninista, constituyeron el 70% de los votos emitidos.

Hoy, más de cincuenta años después de aquellas elecciones, se está fraguando en Cuba una nueva sociedad civil y la disidencia, como embrión de nuestros futuros partidos políticos, tiene un poder generador indudable en este importante proceso. Los partidos van a ser los encargados de coordinar las vitales relaciones entre la sociedad civil y el Estado, y debemos recordar que la fortaleza de un país depende del éxito de estas relaciones.

En la era poscastrista van a presentarse muchas de las mismas dificultades que hemos visto al principio de la República, exceptuando quizá el caudillismo regionalista. Habrán muchas agrupaciones que quieran hacer oír su voz sin que este legítimo y democrático deseo vaya acompañado de un esfuerzo para dialogar y conciliar los intereses en conflicto, esta carencia va, en muchos casos, a enmascarar un afán desmedido de protagonismo.

Cuando existen desacuerdos lo más importante no son las diferencias, sino el método con el que se aspira lograr un consenso, y en definitiva eso es la democracia: un medio para llegar a compromisos y tomar decisiones.

Hay también algo muy concreto e importante sobre lo cual es necesario comenzar a hablar desde ahora y es que, en la Cuba del futuro, el Estado debe garantizar la igualdad de oportunidades en el ámbito de la competencia partidista. En los países democráticos esto se ha tratado de conseguir primero de una forma negativa, es decir con una legislación que limita las donaciones particulares a las campañas de los candidatos y partidos, a la vez que se exige una transparente contabilidad sobre origen de los recursos financieros y los gastos. Como esto no ha sido suficiente, se han ido aprobando medidas positivas que llevan a la subvención del sistema de partidos otorgando dinero público a los mismos.>>

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